Gente PVUtopía Vainilla

Chilaquiles de Uva

Ilustración de Sio.

Por: Cristina Gutiérrez Mar

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Perla se levantó muy temprano aquella mañana de marzo, deseaba tanto empezar el día. Llevaba mucho tiempo enferma, razón por la que estuvo varios meses en cama, débil y moribunda, con un diagnostico nada agradable.

El nuevo médico de la pequeña ciudad le recetó un medicamento que le sirvió de maravilla. La medicina la elaboró el joven doctor a base de plantas, raíces y un ingrediente secreto. Además, Perla llevaba una dieta a base de caldo de pollo, arroz integral, verduras verdes y gelatina, que muy amables sus amigas se turnaban para llevar grandes recipientes cada semana.

Ese día despertó contenta, radiante y entusiasta. Sus setenta y cinco años se convirtieron en los añorados veintisiete. Se dio un baño de agua tibia y utilizó un shampoo de jazmín para el cuerpo que le había dado su sobrina hace tres navidades atrás. No había abierto el frasco, lo estaba guardando para una ocasión especial.

¡Las cosas son para usarse! – dijo en voz alta.  Así que prendió las tres  velas aromáticas que tenía hace tiempo y que sólo servían de decoración. Se rió en silencio al prender las velas a las cinco de la mañana, estaba oscuro, así que fue delicioso ese baño en regadera con notas de jazmín y fuego de canela.

Se secó con mucha calma sentada en un pequeño banco color beige, se perfumó con talco de bebé y se puso un vestido largo de fiesta. Era de color azul tormenta con algunos cristales bordados en la parte del pecho y pliegues en la parte de abajo del vaporoso vestido.  Se secó el poco cabello de nieve y se hizo un exquisito chongo.  Al final, se colocó  su fina tiara de bodas que había desempolvado la  noche anterior. ¿Hermosa?  ¡Sí, hermosa! Se veía divina a sus setenta y cinco años en aquel vestido de noche a las seis de la mañana.

Se colocó sus pantuflas y se dirigió a la cocina. Estaba un poco harta de su dieta, así que decidió preparar un desayuno digno de una reina.  Buscó y buscó en su alacena y en el refrigerador, pero no había mucho.  La hija de su mejor amiga le surtía el mandado cada quince días y todavía faltaba media semana.  Aparte de refractarios de sopa y arroz, encontró un paquete de tortillas y unas uvas perfectas. Sin más preámbulo, cocinó unos chilaquiles de salsa de uva con un toque de ajonjolí y pedazos de uva. Se preparó un café y puso la mesa para un sólo comensal en el comedor de visitas, aquél que no utilizaba desde hace quince años o más.

Colocó un disco en su viejo estéreo y comió acompañada de Johann Strauss y sus Voces de Primavera.  Recordó su primer amor, el segundo y el tercero, sus momentos sublimes y, los instantes largos y tristes que marcaron su vida y su fuerza. También recordó aquellas tardes de sábado donde venía a visitarla su mejor amigo y platicaban largas horas rodeados de té y galletas de coco.  Suspiró al recordarlo. Él había fallecido hace un par de años, casi al mismo tiempo que la enfermedad de Perla apareció.

Recogió la cocina, tendió la cama y se sentó en una silla acolchonada a leer un poco. No logró concentrarse y, en media hora, sólo leyó un párrafo.  Imágenes de su vida salieron de la nada, recordó su infancia, su primera casa, los paseos en familia, las fiestas infantiles y de nuevo, sus tres amores.

Pensó en todas las cosas que dejó de hacer y todas las veces que tropezó.  Observó sus manos arrugadas, aquellas manos que amaron y acariciaron tantas veces, que hicieron de comer, pintaron cuadros, escribieron, curaron, tocaron y acompañaron a otras manos cálidas y a otra piel. Observó sus uñas, aquellas que solían tener una manicura perfecta, y ahora sólo son transparentes y quebradizas. Las venas saltaban como si quisieran salir de la piel y las pecas parecían manchas nefastas. Sus manos temblaban, estaban frías, hace tiempo que no acariciaban y no escribían.

Una suave lluvia empezó a caer, el tiempo había pasado, la vejez había llegado, la energía se agotaba y las ganas se habían ido. Sin embargo, aún existía vida. La misma vida que  latía y retumbaba en el espíritu de Perla. Vida que aún no se frenaba, que seguía caminando y que todavía esperaba dar bellas sorpresas.

Perla se levantó de su cómoda silla y se dirigió a la calle. La lluvia caía suave y se sentía sanadora y amigable. Perla se quitó sus pantuflas en la entrada de la casa, salió y, rió a carcajadas mientras la lluvia la empapaba de caricias. Caricias tan urgidas y tan llenas de amor. Levantó la mirada al cielo, suspiró, sonrió y disfrutó del momento, del instante y de su eternidad…

 

 “Somos un instante llamado eternidad”

Cucus