¿Qué hora es? La que usted diga, señor Presidente

Enrique Peña Nieto.


Dígase  cuanto  se  quiera,  el autoritarismo,   el  caudillismo, el  hombre  de mano dura, continúan siendo la  imagen  ideal  del poder,  ante la mayoría  de la  gente  en México.

A  la  gente  le  preocupa  que no  haya: “quién  meta orden”.  Añoran  las   manos duras  que   pacificaron  caminos  y  colgaron   a quienes  tenían  que  ahorcar, para  regresar  la  seguridad     a  la  gente  de  bien.

Gobernar  es,  ante  todo,  dar  seguridad. Para eso  aceptaron al  gobierno  las   personas.  Para  eso  les   entregan facultades  y armas.  En  países  democráticos,  los  ciudadanos no  aceptan  ser  desarmados; para  ser   libres y   poder  cumplir con  su  obligación  de proteger lo suyo y a  los  suyos, un “gobierno para el pueblo” no  desarma  a su población  mientras  los  malvados   reciben  armamento sofisticado al día.  Pero aquí  donde la  democracia no  es inquietud  generalizada,  se le   ha  enseñado  a  la  gente  a tenerle pavor a las armas, mientras  se  acepta que cualquier irresponsable  conduzca   vehículos  capaces de provocar matanzas masiva   en cuestión  de   segundos.   Absurdos  que  nos  tienen así.

Desde  Miguel  de la Madrid   se  reconoció públicamente  lo  absurdo  de  nuestro  presidencialismo  y procedieron   a  desmitificar la  figura  presidencial, a la que había  necesidad de pedirle   zapatos   escolares   para los niños  y  agradecerle  por  las  buenas lluvias, como si  de  él  hubiera  dependido  que  el  temporal  no  viniera “pinto”.

Por supuesto  que “desacralizar” la figura presidencial   hubiera  consistido en  hacer  realidad lo que dicen  las leyes,  respecto  al  sistema de  equilibrios y  contrapesos: independencia  y respeto al Poder Legislativo y  al  Poder Judicial.  No  a la  farsa de  “división  de poderes”   en que ha vivido  nuestro país.

Porque  mientras  en los hechos, nada más haya  un  poder sobre  todos que  es el Poder  Ejecutivo,  ¿cómo van a dejar   de quemarle  incienso y alabar  al Presidente?  Hasta  defender  la  teoría  de Montesquieu  es pérdida de tiempo  sin  sentido;  no  hay  utilidad  en   enemistarse con el gran  poder, cuando  la realidad no  da señales   de  corregirse.

Presidente  con  popularidad, entiendo que  desde Adolfo López Mateos no hemos  vuelto  a tener.  Dicen que  ahora Peña  Nieto  es el  de menor popularidad;  pero  tampoco  sufre los odios que  en su  momento necesitó  encarar  Díaz  Ordaz, por  poner  el  caso  más dramático.

Se dice que todos  los  presidentes de  México, arriban  al final  de su  sexenio  con  menos  de la mitad  del poder con  el cual  llegaron.  Puede  ser que  sus  órdenes ya no se  cumplan  con  la  rapidez  de  las  primeras  semanas; pero no  habiendo  quién   compita, por  más   deteriorado  que  termine el  sexenio,  cada  presidente   tiene  poder  impresionante  en  este país: es un  dictador   temporal, eso  sí,  sin derecho a  nombrar  sucesor, pero si con  la obligación  de operar un  relevo puntual  y pacífico.

¿Peña  Nieto débil?   Sí.  Pero  el sistema  es igual de fuerte  a  cuando la  dictadura  declarada   de  Porfirio Díaz  y  con  las variantes,   a  cuando  el  “neo  porfirismo”  que  el  autoritarismo  mexicano  adaptó  y  reforzó.

El monopolio  político  no  muestra   fracturas. Hay  quien  manda, los  demás  obedecen  o hacen  como que obedecen.