Consejos de una abuelita modernaGente PV

La noche más corta de mi vida

Durante la noche más corta de mi vida, tuve la oportunidad de palpar la grandeza de Dios, disfrutar plenamente mis sentidos, presenciar colores inigualables y vivir la plenitud de un nuevo amanecer.


Por un México mejor

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De todas mis vivencias, la que más me ha impactado y dejará un recuerdo perenne, ha sido la noche más corta de mi vida.

Es tan difícil describir con palabras las cosas que en ocasiones suceden, dado a que ese sentimiento momentáneo, lentamente va desapareciendo para quedar sólo registrado en nuestro cerebro como parte del pasado.

Muchas veces quisiéramos plasmar lo acontecido para la posteridad en un pedazo de papel; de ese modo tener la posibilidad de transmitir textualmente lo sentido en lo más profundo de nuestro ser, para hacer vibrar y sentir a los lectores que no tuvieron la dicha que nos fue otorgada, y así conjuntamente, poder gozar el éxtasis de momentos inolvidables.

Durante la noche más corta de mi vida, tuve la oportunidad de palpar la grandeza de Dios, disfrutar plenamente mis sentidos, presenciar colores inigualables y vivir la plenitud de un nuevo amanecer.

Fue como iniciar una nueva vida llena de vibraciones novedosas y llamativas; despertar con un positivismo máximo; ignorar todo el pasado; vivir intensamente ese momento que me otorgaba la vida; ese presente que tal vez nunca más tendría la oportunidad de volver a percibir.

En la noche más corta de mi vida, tuve la felicidad de ver las oscilaciones producidas por el secreto íntimo de dos cuerpos celestiales; me sentí un poco profanadora de esa intimidad cuando extendí mis brazos y pude observar en ellos, las sombras ondulantes de esos dos grandes amantes que el ser humano ha confundido con Dioses, dado a su perfección… ¡Tonatiuh y Mextli! (nombres en Náhuatl), tranquilos y generosos, como implacables y crueles.

Fue indescriptiblemente maravilloso el poder verlos fusionados, envueltos en un haz de luz, en el momento en que algunas flores, por timidez o respeto cerraban sus pétalos como símbolo de candor; al mismo tiempo que parte del reino animal, se sumergía en un profundo sueño, como sintiéndose protegidos ante tanto amor celestial.

Las olas del mar se movieron inquietas para producir una música romántica y bella; simultáneamente el cielo tiñó de tonos pastel hasta convertirse en azul turquesa; los planetas brillaron alegres proyectando una luz simétrica en el espacio sideral.

En la noche más corta de mi vida, un aire invernal cubrió mi cuerpo refrescando la mente; percibí un aroma divino, purificando mis pulmones al máximo; un rayo de luz, iluminó mi espíritu y tuve una sensación nunca antes vivida… ¡Quería que jamás terminara!

De nuevo me ubiqué en la realidad, cuando pude observar en el horizonte, cómo tímidamente aparecía la luz de un nuevo amanecer y comprendí con tristeza, que todo principio, tiene tarde o temprano un fin.

Las estrellas del cielo se desvanecieron lentamente y una increíble claridad fuera de lo común, fue invadiendo el escenario natural.

Quedé bañada con rayos de esa luz y por más que quise que esos momentos perduraran para siempre…  ¡Amanecía rápidamente! Las flores comenzaron a abrir sus pétalos, los animales despertaron junto con un nuevo amanecer. Las olas dejaron de producir esa hermosa música y la luz celestial fue tornando a su color habitual.

Nunca olvidaré el 11 de julio del año de 1991 día en que se suscitó ese maravilloso fenómeno de la naturaleza, en donde se hace palpable la grandeza de Dios y la inteligencia del hombre quien, gracias a sus conocimientos adquiridos con el estudio y dedicación constante, resultaron verídicas todas las predicciones acerca del eclipse total de mi México querido.

La emoción del ser humano fue palpable. Una vez más Dios con su magnificencia, demostró que ante ese gran acontecimiento, el hombre, aunque insignificante, posee un grandioso espíritu, capaz de comprender que junto al gran poder de la Madre Naturaleza, somos pequeños, frágiles e iguales.

Sin importar razas, colores, edades, ni clases sociales, fuimos capaces de olvidar por un pequeño lapso: nacionalidades, ideologías, religiones, costumbres e idiomas, para presenciar ese gran eclipse total, como si en realidad todos fuéramos niños inocentes, llenos de amor y hermandad, fusionados en uno solo… “¡El ser humano admirando la grandeza de Dios!”, en el gran eclipse total de mi México adorado, durante… ¡La noche más corta de mi vida!

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Cariñosamente Ana I.