No te conocía, Señor

Por Dr. en derecho Miguel Ángel Rodríguez Herrera

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Astuto Dr. Herrera:

“Me complace de sobremanera dirigirme a Ud. para descansar mi alma en sus hombros porque sé que sí me comprende. Ud. sabe bien que la humanidad estableció el culto a la Razón como único instrumento para entender la Realidad. La Filosofía, la Teología y la Ciencia quemaron incienso a los pies de ese nuevo Becerro de Oro y así millones y millones de grandes espíritus a lo largo de la Historia se fueron despeñando a ese gran abismo de error, fatalidad y perdición.

Seducidos por la mentira no atinaban a que la realidad no se puede deducir de la razón y no fue sino hasta que la filosofía alemana capitaneada por el gran pensador J. Hessen cuando se descubrió tal aserto. El sosein y el dasein fueron los elementos claves para distinguir la realidad misma y la realidad pensada. El racionalismo cerró filas y no cejó su empeño en difundir el error demoníaco a cuya causa se perdieron muchas almas al creer que la realidad pensada era la auténtica realidad.

Y entonces se desencadenó el caos cuando se creyó que la razón era la única herramienta para conocer a Dios. Se deformó la doctrina del Cristianismo creyendo que éste es una filosofía y una teología. Nada más falso. Como es natural sobrevinieron las herejías y los cismas que tanto anhela Satanás en el Hombre. En medio de los torbellinos de blasfemias que Ud. tanto conoce surgió la excelsa alma de Hessen quien ratificó una verdad irrebatible; la realidad se conoce con la experiencia, con la vida. Jamás con la razón.

Cristo no vino a enseñar filosofía, ciencia o teología algunos sino, simplemente, una manera de vivir con un solo fin: la salvación del alma que no es otra cosa que gozar de la visión de Dios por toda la Eternidad. Fue entonces, querido Dr., que me convertí al catolicismo paradójicamente cuando yo decía que era Católico pero que en realidad no lo era.

Pasé por largos estudios y profundas reflexiones en ese gran paseo de la Vida para, al final  inclinarme ante un Crucifijo y con hondísimo sollozo que brota de la oveja por el pastor hallada, exclamar con San Agustín: ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.

Me convertí al Catolicismo”.

ALMA RESCATADA: el precio fue alto pero valió la pena.