Políticas públicas fallidas

Por Héctor Pérez García (*)

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Pocas políticas públicas inciden tanto en el imaginario popular de residentes y visitantes; es decir en la percepción general, que las relacionadas con operación de restaurantes, bares, antros y demás establecimientos que lucran con el  ocio recreativo.

Para comenzar, la autoridad no cuenta con un criterio objetivo y consistente sobre los diferentes tipos de establecimientos, en cuanto a calidad se refiere. Para la Dirección de Padrón y Licencias y el Consejo de Giros Restringidos, restaurante es lo mismo un establecimiento de alta calidad que una trampa para turistas o una fonda ubicada en un callejón de la ciudad; un bar turístico tiene las mismas consideraciones que una cantina de barrio. Así, los giros se confunden, los inversionistas se aprovechan y la imagen de la ciudad se daña.

La historia reciente se dibuja sola en el espacio de los últimos lustros: se obtiene una licencia de restaurante-bar, de repente se dejan de ofrecer alimentos y el negocio se concentra en la venta de bebidas, al poco tiempo la evolución convierte el negocio en antro con ventanas abiertas a la calle, música con altos decibeles y todos los atrayentes que usa esta clase de negocios. El municipio hace su agosto cobrando “horas extra” y todos contentos, sin importar que existan leyes estatales que regulan este tipo de negocios y que la sociedad sea vulnerada en su bienestar.

Este tipo de “negocios” ha puesto su parte para el asolamiento del centro de la ciudad, que ahora es “histórico”, no por antiguo, sino porque ya no es lo que fue apenas hace tres lustros.  Los antros, que afortunadamente han ido desapareciendo hicieron su parte junto con los temidos OPC de los cuales todavía quedan algunos en restaurantes en pleno malecón.

¿Qué autoridad controla el funcionamiento de restaurantes, por ejemplo? ¿Qué oficina del ayuntamiento ofrece a los interesados una copia del reglamento municipal que exponga con claridad que pueden y que no, en cuestiones de interés público? Sobre todo cuando un buen número de nuevos establecimientos son propiedad de extranjeros que desconocen nuestras leyes.

Un residente extranjero que visita con frecuencia los restaurantes de la ciudad me escribe y pregunta: ¿Qué está pasando con los restaurantes en Puerto Vallarta? Con candidez nos refiere: “La semana pasada visitamos un restaurante nuevo ubicado en la marina, pedimos un aperitivo, vimos el menú y ordenamos una botella de vino.  Nos dijeron que no lo tenían, sugerimos una segunda opción y tampoco lo tenían. Sin embargo nos recomendaron un vino con el doble de precio de los que habíamos escogido. Pedimos la cuenta y salimos del lugar. La situación se desarrolló con un obvio intento de lucro, no de servicio. Cenamos en otro lugar”.

“En otra ocasión reciente visitamos un restaurante ubicado en el centro de la ciudad, con excelente comida, servicio eficiente y precios razonables. (Segunda visita), estábamos disfrutando nuestra cena cuando la mesa de al lado se ocupó con una pareja y tres perros. Nos quejamos y se disculparon. Pero hasta ahí. Pedimos la cuenta y pagamos dejando nuestra comida y bebida sobre la mesa. No nos gusta socializar con animales”.  Los dos casos anteriores son establecimientos propiedad de extranjeros, probablemente con poca cultura social de nuestro pueblo y que vienen a invertir aquí motivados por las ganancias fáciles.

Nuestros lectores son visitantes de la ciudad de Toronto y tienen razón; ¿Es Puerto Vallarta una ciudad civilizada? ¿Existe un reglamento que norme lo que se puede o no en un restaurante? Y es que en esa ciudad de Canadá una licencia para operar un restaurante requiere a los operadores conocimientos básicos del negocio y el conocimiento de la normatividad.

Por otra parte los pocos buenos y honestos restaurantes en Puerto Vallarta viven gracias a los residentes que se alojan en condominios, residencias y casas privadas. Los hoteles, en su mayoría bajo el sistema del todo incluido, contribuyen poco a la supervivencia de los mejores lugares de la ciudad.

Existe en Puerto Vallarta una confusión en cuanto a lo que corresponde a cada una de las varias instancias y  dependencias municipales. Hemos visto como la dirección de turismo municipal duplica o lo intenta, las funciones del fideicomiso de turismo, en cuanto a promoción, cuando su preocupación debiera ser el cuidado de los visitantes una vez que estos se encuentran en la ciudad. En otras ciudades ese cuidado de los visitantes cae bajo la tutela de la oficina de convenciones y visitantes, pero aquí, la OCV  siempre ha sido un hibrido huérfano que de vez en vez encuentra padrastros con intereses poco claros. Hasta ahora no se pueden nombrar resultados en beneficio de nuestros visitantes.

Una ciudad turística con tantas carencias debería tener bien claro las funciones y responsabilidades de cada entidad oficial y privada. De esa manera sería más eficaz su intervención. Puerto Vallarta, es probablemente la única ciudad turística importante que carece de señalización turística, trasporte urbano eficiente, una verdadera policía turística bilingüe y con el perfil adecuado, módulos de información en lugares de concentración de visitantes; mercados limpios, ordenados y atractivos, entre otras tantas. Los mercados públicos son un fuerte atractivo para el turismo cultural que es el que añoramos.

Cuando en la publicidad se utilizan los slogans de “pueblito mexicano a la orilla del mar”, “Ciudad más amigable del mundo” y otros slogans parecidos, la publicidad no está siendo honesta. Nuestra ciudad es mágica porque nosotros mismos, (con la ayuda de malos gobernantes) la hemos desaparecido. El hecho de que la industria hotelera este viviendo una época de “vacas gordas” no es congruente con la realidad. No es lo importante que los visitantes lleguen, lo verdaderamente importante es que regresen. ¿Cuál es el índice de turismo repetitivo? Vivimos al lado del mayor emisor de turistas potenciales del mundo, pero no son tantos como para hacernos vivir eternamente.

En muchas ciudades del mundo los establecimientos gastronómicos son calificados, sea con tenedores o estrellas, con el fin de orientar al público que nos visita. Lo cual significa que alguien se preocupa por nuestros huéspedes. Pero cuando en una ciudad turística no se cuenta con una política que defina, norme y supervise criterios de calidad se seguirá abusando del público, continuaran ingresando perros a los restaurantes y cada quien se pondrá las estrellas que quiera.

Un gobierno municipal hizo una grande inversión para extender el malecón hacía el sur y conectarlo con las zona popular conocida como “Romántica”. Como es usual en esta ciudad, se otorgaron permisos y licencias sin normas que acotaran su funcionamiento y ese valioso espacio; ese paseo marítimo que pudiera ser un bello lugar de paseo tranquilo, de esparcimiento, de goce, se ha dejado al arbitrio de mercaderes que invaden el paso con sus mercancías baratas, contaminan con decibeles de mala música y ofrecen bebidas alcohólicas cual cantinas al aire libre. ¿Dónde está la autoridad que acote esos abusos?

Comerciantes del otro malecón; del original y ahora maquillado, intentan y han intentado sacar mesas al malecón para atraer al público transeúnte, tal como sucede en muchas ciudades del mundo.  El interés es genuino y debiera considerarse, pero…

 Alguien me preguntaba hace poco, con la intención de hacerle el trabajo a los señores regidores, preparando un proyecto de reglamento del malecón con mesas para comer al aire libre frente a los restaurantes. –El reglamento está hecho, le respondí; solo que dejen de hacer lo que se hace en la extensión del malecón hacia la zona de Los Muertos.

La función de la Dirección de Turismo Municipal es un reto para cada gobierno que llega a ocupar la presidencia municipal, como no existen políticas públicas definidas, cada director de turismo aplica sus propios y personales criterios para el desempeño de sus funciones. Así, cada uno se exprime el cerebro para crear iniciativas que muchas veces se confrontan con las de otras dependencias, o sencillamente son populistas u ocurrentes. La confusión es tremenda: ¿La dirección de turismo debe aplicar iniciativas a favor de los visitantes a la ciudad o inventar entretenimiento para la comunidad local? Los satisfactores y las expectativas son diferentes.

Hace años, cuando existía en esta ciudad una oficina de American Express, esa empresa financió una buena parte de señalamiento turístico, esfuerzo que jamás se cuidó y con el tiempo desapareció, por lo que en vez de cuidar lo que se hizo se deja destruir y no se repone. Hace años la ciudad tenía módulos móviles de información turística con folletos y personal bilingüe y preparado. Los módulos los financió la iniciativa privada, un día llegó un alcalde que ordenó quitarlos y arrumbados acabaron en un corralón.

Vinieron luego los nefastos OPC´s a tomar y multiplicar la función de los módulos: informar y confundir para vender con engaños, o sea trampas para el turismo. Eso fue el precio que la sociedad ha pagado para el éxito de los desarrolladores inmobiliarios.

Está bien que vengan extranjeros a explotar el potencial turístico de nuestra ciudad arriesgando inversiones, pero es deplorable que se instalen sin conocimiento de una norma que acote su codicia. Ellos, al fin y al cabo un día se irán si no les funciona el negocio, pero la sociedad aquí nos quedamos.

Los señores regidores que se han ganado buena fama de  poco productivos en materia de políticas públicas  tienen ahora la oportunidad de cambiar su imagen. Hay muchos problemas por resolver y muchos retos que afrontar para que nuestra ciudad se consolide como un centro vacacional de primer mundo.

(*) El autor es analista turístico y gastronómico.