Crisóstomo murió de amor

Por Humberto Aguilar

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“Con emoción continua el reportaje. En mi velero de papel navego en el océano de letras que nos regaló Miguel de Cervantes Saavedra, encuentro cosas muy emotivas que despiertan y debe despertar el interés de todos para leer al insigne Hombre de la Mancha”.

Todos tenemos el derecho de morir por un amor. Ocurre, desde nuestra primera juventud. El ideal es sin duda una mujer, nos declaramos, con la duda de su respuesta, buscamos mil formas para serle agradable, en afán de una respuesta que nos llene en primer término de vanidad más si la respuesta es esquiva, nuestro cerebro se llena de historias, de hallar mil formas de insistir para lograr el ansiado objetivo de tenerla en los brazos, decirle con pasión nuestros anhelos, nuestros pensamientos cada uno por el ideal de tenerla a nuestro lado para toda la vida.

Con alientos y palpitar de nuestro corazón, hemos tomado un papel cualquiera para escribir unos versos a la mujer amada.

Todos llenos de ansiedad para rogar que nos permita estar cerca de ella.

Escribir y escribir versos y canciones, tomar un laúd, una guitarra, un pandero y crear tonos de música. El amor llega a toda intensidad, especialmente por las noches en el desvelo interminable especialmente cuando no llega esa respuesta esperada.

Idealizamos sus cabellos, sus ojos, sus formas de mujer.

Imaginamos llenarla de besos, contarle una a una nuestras cuitas por su desdén en el momento de tenerla en los brazos amorosos que tanto la esperan.

Podríamos llenar baúles, con carpetas de versos que llegan a ser amargos y duros por no encontrar la respuesta que deseamos con tanto amor, que nos brota en versos a cada momento.

Por las calles, en la esquina, en el campo encontramos mil formas de expresar lo que contienen las palabras del amor que crece todos los días, cada momento que nuestro pensamiento quiere tener el sí quiero que no llega.

Idealizada contamos a todos ese amor que nos llena el alma, compartimos hasta con el perro que agita su cola en señal de gusto por una caricia… Caricias que anhelamos con intensidad de aquella dama que de solo recordarla, agita nuestro deseo de tenerla.

La falta de su respuesta, o el desdén que nos mira, nos marca con mayor intensidad ese amor.

Se vuelca el amor y el desdén en calificativos para la mujer amada: Desdeñosa, vanidosa, perjura sin haber un motivo, mujer de corazón de piedra que no responde a los versos y las canciones que nos provoca, celos intensos por el rival que quizá la ha conquistado en secreto.

Es el amor una ola que crece y se agiganta para estrellarse en el duro corazón de piedra, el amor se convierte en la borrasca que azota las montañas, es la gota de agua que no logra perforar la piel de quien nos desvela en una ventana, en una calle, en una noche que de contar tantas estrellas, la imaginamos así perdida en el cielo, solo para volver a buscarla cada noche sin encontrarla en el sitio donde la vimos por primera vez.

Nuestros versos, nuestras canciones, nuestros desvelos de amor los compartimos con el amigo, este lo comparte con el otro, con los vecinos con el pueblo.

De pronto todos saben que nuestro herido corazón no tiene respuesta. Que la mujer amada es esquiva y que nos desvela sin una respuesta a tanto ruego, a tantos versos a tantas canciones de amor que nos ha inspirado.

Los calificativos a la mujer se llenan y si le llegan los cuentos, con mayor intensidad han llegado a despreciarla, tanto como Crisóstomo ha rogado por ese amor que no llega.

Crisóstomo decide morir por la ingrata. Poco a poco se quita la vida hasta llegar a pedir a sus amigos lo sepulten en aquel lugar donde la vio por vez primera y tantas veces le rogó que le quisiera.

El momento llega, todo el pueblo quiere estar presente, cavar la fosa en donde habrá de quedar su cuerpo. Pide Crisóstomo quemen cada uno de sus versos, de sus canciones que ahora provocan desprecio para la impiedad que ha dejado morir al ingrato corazón que tanto la deseaba.

La joven vive por su parte esos momentos. Lamenta la muerte de su enamorado, pero no le conmueven ni le hieren los insultos. Ella escuchó sus canciones, posiblemente también sus versos, sus ruegos y todo el amor que ella provocó, más nunca le dio respuesta que pudieran conservar la ilusión.

Su libertad sobre todas las cosas la ha conservado. La conservará por todo el tiempo hasta le llegue el momento de enamorarse de un varón.

Entre tanto, los demás, pueden decir lo que quieran, que a no haber respuesta, ni el menor indicio de responder a la ilusión amorosa, no se siente culpable de la muerte de Crisóstomo.

Nacerán mil formas de interpretar su desdén, habrá poesías que defiendan su voluntad de ser libre y esa inspiración nos llega de esta forma: Tú, me heriste con tu desdén, te olvidaste que yo también tengo un corazón.

Marcela es la joven del enamorado Crisóstomo, mujer de gran belleza que se sabía deseada pero en ese momento decidió ser libre, criar a su ganado y vivir en el monte todo el tiempo que le fuera necesario.

En historias modernas que otras mujeres han decidido vivir libres y solas se manifiestan incluso con este verso: Hombres necios que acusáis, a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que juzgáis.

El episodio conmueve a los lectores, solo Don Quijote observa la escena hasta el final y decide seguir a la bella que cautivó a aquel joven enamorado.

En lo personal creo que este es un gran reportaje de una historia de amor que termina fatalmente, con esa sensibilidad espero continuar el interés por leer de nuevo a Don Quijote aún a más de 400 años por Miguel de Cervantes Saavedra.