Atar la rataGente PV

La magia del campo

La magia de San Sebastián del Oeste está en su gente, me hizo recordar esa amabilidad que existía cuando llegué a vivir a Puerto Vallarta, la que ya no se ve tan frecuentemente.


Por Juan José Mérida Cruz
Director de Marejada.mx

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Hacía tiempo que no visitaba San Sebastián del Oeste; antes de llegar hice una parada obligada en una fonda que está despuesito del puente “El Progreso”.  Aunque se tardaron un poco en servir, la espera valió la pena: unos chilaquiles exquisitos, se notaba el toque casero y me atrevo a jurar que la crema venía de una vaca cercana; tal vez de las que estaban en la entrada del pueblo después de los lienzos de piedra.

En esta ocasión tenía la oportunidad de atestiguar la entrada de San Sebastián del Oeste al exclusivo grupo de Pueblos Mágicos. Quise visitar de nuevo la casa-museo de Doña Conchita, quien en mi primera visita me enseñó toda clase de vestigios del pueblo. Desde los triviales como planchas, cajas metálicas, juguetes; hasta los más personales, que decía de ella “cuentan la historia de mi familia y la del pueblo”.

Doña Conchita, que conservaba un ropón de bautizo de más de 100 años con el que habían recibido el sacramento más de seis generaciones de su familia, no me recibió en esta ocasión; lamentablemente, me dijeron, falleció hace varios años y ahora son sus familiares los que continúan con la memoria histórica de la familia y, a su vez, de todo el pueblo.

Quedan los antiguos retratos que explican su árbol genealógico que, según me narró en su momento, provenía de Alicante, España, y que por tradición al llegar a este país hicieron un pacto entre tres familias, los Sánchez, los Encarnación, los Aguirre, según el cual deberían casarse entre sí para no perder la ascendencia española. Tradición que su generación ya no fue obligada a cumplir.

No me quedó más que emprender la caminata por el pueblo. Comprobar que cada casa es un pedazo de historia. La mayoría de las casas están hechas de adobe y todas conservan algo artesanal. En el recorrido me iba topando con otros turistas, se podía saber que era la primera vez que estaban allí por su entusiasmo: querían fotografiar cada piedra, saludar a todos los lugareños y, sobre todo, se les reconocía por la mirada de “ya viste eso”, “ya fuiste allá”.

La magia de San Sebastián del Oeste está en su gente, que es muy amable; por ejemplo, un señor iba caminando de prisa, titubeé en preguntarle algo, y parecía que esperaba que le preguntara algo porque se detuvo y me respondió lentamente con voz afable.

Me dijo que estábamos en el Barrio del Rey, que para allá estaba el Barrio de las Garrapatas, que si quería regresar me fuera para ese lado que daba al Barrio de Las Parejas. Por lo que me contó deduje que la nomenclatura de las calles es metonimia de anécdotas ancestrales.

El señor terminó de explicarme y esperó unos segundos, aguardando otra posible duda, le di las gracias y sonrió, dijo de nada y se fue. Me hizo recordar esa amabilidad que existía cuando llegué a vivir a Puerto Vallarta, la que ya no se ve tan frecuentemente.

También rondaban entre las calles unos grupos de extranjeros, una tercia batallaba por entenderse con el señor de la carnicería, sorprendidos, repetían en un español apenas inteligible “chi-cha-rro-nes”; compraron una bolsa, apenas se alejaron y, entre risas y dudas, los probaron.

Me despedí del nuevo Pueblo Mágico con ganas de volver y quedarme un largo tiempo.