Eugenio, Anselmo y Leandra

El caballero de la triste figura.

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Por Humberto Aguilar

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“Don Quijote de la Mancha es mucho más que un anecdotario de las aventuras del caballero de la triste figura.

Esto que les cuento enseguida es la historia número once de la cantidad de historias que me han motivado a escribir estas Letras Vallartenses en afán que quienes me hacen el favor de leerlas se interesen por leer Don Quijote de la mancha.

No es algo fácil en primer término encontrar el libro en los pocos sitios donde puede uno hallar la obra de Miguel de Cervantes Saavedra.

Leer es de las muy graves tareas de los mexicanos que salvo quienes tienen que hacerlo en la escuela es poco el interés sobre todo por las modernas formas de comunicación que atraen a millones de seres no solamente en Puerto Vallarta, sino también en Jalisco, en México y en el mundo.

De tal suerte que esta y todas las historias anteriores podrían no interesar a nadie, sino al paso de muchos años como ocurre en muchos libros que han hecho historia. De manera pues que este es el capítulo número once de mis comentarios sobre Don Quijote de la Mancha.”

Historia de amor que desencadenó la hija de la joven Leandra. Fascinada por el mentiroso disfrazado de militar, que le motivó a causar  la casi increíble historia del cabrero y de Anselmo.

Los dos jóvenes y todos los hombres de su pueblo, decidieron perderse en el campo, unos para olvidar, otros para maldecir y todos para dar rienda suelta a su decepción causada por aquella joven que robó a sus padres joyas y riquezas para entregarla al habilidoso ladrón que no la quería como mujer, solo la robó y la abandonó desnuda en una cueva.

Es otra historia de amor que nos deleita escuchar de quien ha narrado interpretando en forma magistral el más famoso libro que yo haya leído en partes y escuchado por horas y horas sin cansancio, deleitándome con cada episodio de amor que se narra y que deleita.

Eugenio dedicado a la crianza de cabras, Anselmo, tan enamorado como Eugenio de la joven Leandra, crio ovejas  lejos de su pueblo los dos, para lamentar que esa joven, ilusa por el falso capitán y peligroso ladrón, la ha engañado.

La historia se ha repetido muchas veces en la vida. En nuestros tiempos, la mujer es víctima de los requiebros, de la vanidad del hombre desconocido y falso.

Entrega ese tesoro que cuando se pierde ya no se recupera, ni con la habilidad del que se atreve a trenzar el himen de la desdichada.

Una lección que en estos cuatrocientos años no se ha aprendido por ninguna mujer que en su juventud, actúa entregándose a la falsedad de una ilusión.