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El Código del Amor

Estoy segura de que existen pocos seres humanos que son totalmente honestos en estos tiempos. A la hora de amar, esconden sus frustraciones a través de comportamientos superfluos y banales.

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Por Marisú Ramírez

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Es curioso, pero en el tema del amor el estado de la mente que llamamos comúnmente “cordura”, es también el mismo mecanismo que nos separa de nuestro poder personal, nuestra totalidad y el recuerdo de nuestra alma, y al jugar “a lo seguro” y avenirnos al consenso de la realidad estamos tomando el mayor riesgo de nuestra vida. Constantemente lo percibimos. En el mundo es perfectamente plausible.

En el poema de Víctor Hugo “El Hombre y la Mujer” (1802-1885) existe demasiada similitud de la época en la cual se presentó y la actualidad. Es más, se podría afirmar que la energía de ese pasado y la que ahora disfrutamos en la materia no ha sido modificada en su estructura, dirían los académicos no se han roto totalmente los paradigmas.

En ese final, al interior del poema se distingue que las justificaciones descansan en simples incompetencias para realizar lo que realmente nos mueve a existir.

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Esta es la Pieza poética:

El hombre es la más elevada de las criaturas,
La mujer el más sublime de los ideales.
El hombre es el cerebro, la mujer el corazón,
El cerebro fabrica luz; El corazón el amor.
La luz fecunda; el amor resucita.
El hombre es fuerte por la razón, La mujer invencible por las lágrimas,
La razón convence; las lágrimas conmueven.
El hombre es capaz de todos los heroísmos, la mujer de todos los martirios,
El heroísmo ennoblece; el martirio sublima.
El hombre es código, la mujer evangelio,
El código corrige; El evangelio perfecciona.
El hombre es un templo, la mujer el sagrario,
Ante el templo nos descubrimos; Ante el sagrario nos arrodillamos.
El hombre piensa, la mujer sueña,
Pensar es tener en el cráneo una larva;
Soñar es tener en la frente una aureola.
El hombre es un océano, la mujer es un lago,
El océano tiene la perla que adorna;
El lago la poesía que deslumbra.
El hombre es el águila que vuela, La mujer el ruiseñor que canta,
Volar es dominar el espacio; Cantar es Conquistar el alma.
En fin el hombre está colocado donde termina la tierra,
La mujer donde comienza el cielo.

Víctor Hugo

Estoy segura de que existen pocos seres humanos que son totalmente honestos en estos tiempos. A la hora de amar, esconden sus frustraciones a través de comportamientos superfluos y banales. Por todo ello, no superan su egoísmo o hedonismo mal aplicado, no son seres que analicen y propongan, se separan del hacer cotidiano para demostrar su incapacidad para amar y razonar situaciones.

Dejamos de lado nuestra energía interna, no la entendemos, la razonamos sin llegar a comprenderla. El súper hombre avasallador, mientras la mujer no llega a descifrar ese atlas de incongruencias, trabaja con su corazón y se antepone a los silencios destructivos de esa insana actitud masculina semitransparente. El hombre dueño de la razón por cultura, la mujer emoción y corazón.

Muchos no podrán recordar cuán poderosas y penetrantes son nuestras conexiones con el código del amor. Y ahora, mientras buscamos una respuesta para el grito que está surgiendo en nuestro interior, existe la comprensión de que esos enlaces que nos conectan con este sentimiento están encriptados, con precinto de seguridad, y debemos calibrar su energía con nuestros orígenes, antes de que se extinga la capacidad de amar.

Hoy en este momento de la historia se puede encajar el poema de Víctor Hugo, de ese personaje que intercedió por Maximiliano de Habsburgo ante Benito Juárez para evitar que fuera fusilado, sin lograrlo. Poeta sensible con el don para emocionar y señalar la incapacidad que se tiene para la comprensión del código del amor en beneficio de todos. No sé cuánto tiempo pasará el ser humano señalando diferencias sin atender a las similitudes, Víctor Hugo podría ayudar en este recorrido. masryram@msn.com