¡Qué hice!

Por Humberto Aguilar

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Pongo punto final a esta serie que me inspiró escribir sobre el contenido de don Quijote de la Mancha.

En lo personal creo que es algo digno con el detalle que me inspiró para provocar que otras personas amantes de la lectura se interesen por leer este libro tan lleno de sorpresas, admirable en todos sentidos inspirado por Don Quijote de la Mancha a Don Miguel de Cervantes Saavedra.

Mi agradecimiento a todos quienes han leído estas notas, especialmente a Ana Carina Cibrián, así como a Carlos Munguía, espero que otros vallartenses más me hayan merecido el favor de leerme.

Al final de esta historia me encontré a bordo de mi velero en la oscuridad de la madrugada, sin ver más allá que mis narices, sin más ruido que al parecer un grillo que en forma intermitente hace ruido.

Creí que se burlaba pero no hice caso, solo recordé que en un pasaje de esa historia leí: “Un hombre no es más que otro hombre, si no hace algo más que otro hombre”.

Esperé la luz del amanecer. En medio de esa oscuridad, sin más movimiento en el océano de palabras que, en donde de alguna forma habría de amanecer.

En efecto poco a poco se hizo la luz, encontré mi velero atorado en un velero muy grande, detenido por la historia, solo vi frente a mí un gigante, miré si podía ver algo más y vi otros veleros más grandes, enormes para lo que podía haber imaginado.

Hice de cuenta que estaba en una marina enorme. Tan grande que mi velero no era sino una pequeña basura a punto de ser destruida por la corriente que fluye no sé de donde que de no ser por estar recargado por aquel velero terminaría sin ser visto por nadie, arrasado por otros muchos mares de letras hacia un abismo.

Afortunadamente para mí, alcance a ver el nombre de este  velero, allí donde estaba atorado mi pequeño velero de papel, si, era el velero “Juan Mayorga”, más allá en otro velero vi el nombre de León Felipe. Recordé aquella figura del colaborador de “Siempre”, semanario que llegue a hojear en mis primeras incursiones en la lectura. León Felipe, aparecía con una gorra típicamente española, había llegado en aquella ola que escapó de los asesinos de Francisco Franco y escribía ya no recuerdo bien sobre qué, pero colaboraba con este y otros medios mexicanos.

Un velero grande más allá tenía el nombre de Antonio Huerta a quien conocí en la dirección de “ESTO”, durante mis primeras incursiones como reportero que llegaba de provincia a la capital mexicana con mis 18 años a cuestas, cargado de ilusiones. Habría de cubrir información para El Sol de Sinaloa, sobre los Juegos Juveniles de la Revolución, organizados por el gobierno mexicano en los campos de La Magdalena Mixhuca, recientemente inaugurados, además yo formaba parte del equipo de béisbol.

Llegué al edificio de “ESTO”, pregunté la forma de enviar mi nota, me identifique como periodista de Sinaloa me indicaron que tenía que hablar con el director Antonio Huerta en la redacción.

Temeroso subí al piso de la redacción, pregunté por la oficina del director, toqué la puerta y me pidió entrar. Don Antonio Huerta otro personaje emigrado de España, sentado vestía camisa larga con pantalones sujetados con tirantes corregía o leía alguna de las notas escritas por no sé quién de los reporteros.

Don Antonio me miró con indiferencia y me pregunto que deseaba, me escucho con interés, quizá recordó sus primeros años como reportero en su natal España.

De inmediato, me dijo que tomara una de las maquinas disponibles, que escribiera mi nota y la dejara en manos de la persona que se encargaba de enviar por télex la información a todos los diarios de la enorme cadena García Valseca.

No olvidé aquel momento el resto de mi vida, aquella gran figura del periodismo deportivo. Aun hoy recuerdo las portadas de “ESTO”: En la portada, los lunes, la columna de toros de Renato Leduc, de quien supe después que fue telegrafista de Pancho Villa en la toma de Ciudad Juárez durante la Revolución, después se le conoció como autor de un poema que se llama “El Tiempo”.

Agradecí a Don Antonio, cerré la puerta de su despacho y me acomode para hacer mi nota. Durante toda la semana siguiente visité esa redacción feliz de sentirme periodista en un diario de tanta importancia, regrese a mi tierra, hoy estoy en este velero de papel recargado en el enorme velero de Juan Mayorga. Me dormí acurrucado a esperar que terminara de amanecer por completo.

En el sueño me vi sonriente, abrazado de mi esposa Esperanza sonrientes los dos al ver una escena que me pareció grandiosa.

Enfrente de una gran sábana blanca, se proyectaban con luz figuras de gigantes descomunales, frente a ellos un niño de unos seis años, mi nieto Benjamín con una espada de rayos laser montado en ficticio caballo de madera amenazante a esos gigantes que solo eran sombras.

Una escena del pequeño Don Quijote con un arma moderna frente a los fantasmas de la vida. Detrás de aquella gran sabana, la figura de un molino de viento de cartón.