La guerra cristera

Por Humberto Aguilar

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SINOPSIS

En el pueblo de Sayulita en aquellos años de la segunda guerra mundial nada se sabía de la guerra cristera, Daniel narra lo que escucho decir a su abuela y a su madre que fueron cosas terribles.

En una de sus charlas, mi abuela afirma que los pelones ganaron porque eran más muchos. Colgaban y colgaban gente, pero los cristeros no se daban por vencidos. Se persigna mi abuela y pide rezar por todos ellos que perdieron la vida en defensa de Cristo Rey.

Se sabe mi abuela muchas historias de esa guerra cristera. Como si ella misma hubiera estado en la bola y hasta recuerda los nombres de algunos que participaron:

-Los García Barragán, son de mi pueblo. Ahora son generales del ejército y pelearon contra los Cristeros. También un tal Cedillo, que fue  el más aguerrido entre los pelones. Fue general en la Revolución y luego combatió a los alzados en el nombre de Cristo Rey.-

En sus recuerdos, cuenta las historias de varios cristeros que conoció por la sencilla razón que fueron de su pueblo, varios de sus parientes se fueron a la guerra y murieron, otros regresaron heridos y cuando todo termino, los vio regresar flacos, muertos de hambre y muy tristes. Ninguno regresó con gloria, los que desertaron del ejército, escondiéndose en las casas de su familia hasta que su cabeza se volvió a llenar de cabello, pardo por el trajinar de la guerra que ellos no querían y los Cristeros, sin conocer tan solo cómo fue que terminó la guerra.

Simplemente los curas los llamaron, les quitaron las armas y los regresaron cada cual al pueblo de donde salieron. Los heridos, a curarse en su casa como fuera posible, algunos imposibilitados para trabajar, como “Tío Esteban” con una herida que le destrozó el hombro derecho y quedó vivo de puro milagro. No se olvidaron de la guerra ni de su grito de batalla: ¡Viva Cristo Rey!… ¡Jijos del maíz! Los heridos se quedaron con sus “recuerdos” para el resto de sus vidas, como “El Tío Esteban” con su brazo tieso por la herida en el hombro… decepcionado, pobre, pero sin perder su amor a Dios Nuestro Señor por el que pelearon hasta que les quitaron las armas.

En sus recuerdos mi abuela conserva historias que le tocó vivir en su pueblo, junto con mi madre que solo tenía 12 años. Fue cuando el papá de sus dos hijos, decidió salir del pueblo con tío Alfonso, para escapar de la Guerra Cristera, buscar además, mejor forma de vida, prometió regresar, dijo, pero no fue así.

No volvió a saber de ellos y en cambio les tocó a las dos vivir ese tiempo de guerra. Sobrevivieron con muchos sacrificios, se perdieron tiempos de cosechas, vacas y puercos se los comieron los que quedaron en el pueblo y luego los pelones y luego los cristeros que se turnaban para entrar y salir ¡en calda!… Con miedo a quedar tirados en la calle o quedar colgados de un árbol.

Hasta los animales sentían la muerte en las enancas. Al escuchar disparos se agitaban, los hombres en sus caballos, disparados al monte para esconderse o disparar al enemigo, pelón o cristero, todos sentían el mismo miedo.

Los de a pie a tirarse al monte para esconderse donde mejor podían, con los nervios corriéndoles por todo el cuerpo. De los heridos ya no hablar, se quedaban tirados sin que nadie acudiera a curarlos o a darles agua. Los que entraban y se hacían dueños del pueblo, ahí mismo los remataban, les ataban una soga en el pescuezo y los arrastraban con sus caballos para colgarlos del árbol más cercano. El horror a la guerra, mi abuela lo reflejaba en su pequeño rostro.

-Los que aún no se iban para el otro mundo, según con el grito de batalla: ¡Viva Cristo Rey!”… Así se morían estremeciéndose para soltar el último respiro. Le escuché decir una de esas veces  que contaba las historias.

A los balazos, todos en el pueblo nos tirábamos en el piso, los mirones, corrían el riesgo de una bala perdida, que no faltaba por cierto. Pagaban el precio de tratar de ver quien llegaba y quien salía, pero si eran los Cristeros, no faltaba quien le abriera la puerta para esconderlos donde se podía, a riesgo de morir también si los descubrían. No había piedad para nadie. Por las noches, era fácil escapar al monte…

-Al día siguiente, unos y otros a buscar qué comer. Todos llegaban con hambres atrasadas, no se escapaban de morir para ser alimento de los vencedores. Perros, burros y hasta los gatos se comían.

Al terminar los balazos, si por suerte quedaba un caballo, se lo jugaban en el conquián a ver quién se quedaba con una montura, siempre entre los de a pie.

Cuando no había balazos, en el pueblo todos salíamos a buscar algo para comer…eso era sufrir y sufrir…La abuela hace estos recuerdos y su carita se vuelve muy triste.

Nos acostumbramos a comer solo yerbas que crecen a orillas del río. Quelites, verdolagas y otros que engañan a la  panza. En el monte, buscábamos nopales y tunas y encontrábamos aguacates. Si no había frutos, cortábamos las hojas más verdes, se machacan en el molcajete y con un poco de sal, nos daba la sensación de comer esa fruta.