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Fuerza México

Gracias a este temblor, además de edificios, también se derrumbaron paradigmas y creencias, y rescatamos que no importa la vorágine que nos arrastre, todos buscamos lo mismo: vivir en paz y armonía.

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Por Angélica Rodríguez
@angiemzt @seryconsciencia
elserylaconsciencia@hotmail.com

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“Cuando pierdas, no pierdas la lección”. Dalai Lama.

¿Qué más se podrá decir, si todo se ha dicho? ¿Qué otras emociones más intensas se podrán vivir si se ha dormido con la muerte? ¿Qué pueden aportar mis piensos a esa ráfaga de declaraciones, opiniones, reflexiones, crónicas y cuentos del día en que la historia se repitió?

Son tantos los aspectos desde donde se puede abordar lo ocurrido el pasado 19 de septiembre en nuestro país. Cuando la Ciudad de México junto con otros estados como Puebla y Morelos se cimbraron ante el sismo de 7.1 grados que dejó cientos de pérdidas humanas, miles de personas afectadas de una u otra forma y al descubierto la grandiosidad del pueblo mexicano.

Que si las placas tectónicas, que si unas nuevas manchas solares, que si los extraterrestres, que si el impacto ambiental, que si el fin del mundo, que si el Apocalipsis… no lo sé, y no sé qué tan necesario es saberlo a estas alturas.

Lo que sé es que después de esos segundos que duró el temblor nada volvió a ser igual. Ni siquiera quien esto escribe, porque aunque no sentí la sacudida bajo mis pies, sigo conmovida por toda esa fuerza que nació de la vulnerabilidad y mi alma tocada por ese espíritu que se creció ante la adversidad.

Todo fenómeno natural impredescible y amenazante nos asusta, sin embargo, el hecho de que literal se nos mueva el piso es algo más que traumático, si logras sobrevivirlo, ya que ante el derrumbe del suelo, de la tierra donde te sostienes, donde caminas, donde arraigas tu vida, ¿qué nos queda?

Afortunadamente, los movimientos telúricos no son diario, y así me han tocado tres, pero en mi vida emocional también ha habido toda clase de temblores, desde los que nomás marean, los que casi no se sienten, los que se quedan en el puro susto, hasta los completamente destructivos, y me han dejado por semanas bajo los escombros.

Pero una vez, volviendo a ver la luz, han servido para crecerme, para reconocer mi fuerza, mi capacidad de adaptación, hacerme más conciente y rescatar mis ganas de vivir en plenitud. Justo eso de lo que hemos sido testigos todos estos días, de la magia que ocurre cuando nos volteamos a ver como iguales, cuando soltamos los juicios y logramos conectar con el alma; cuando no importa si eres naco, negro, hipster, chavoruco, gay, feminista, mirey, lady, godínez o reguetonero, tu vida vale tanto como la mía y por eso estoy dispuesto a arriesgarla por ti.

Como es adentro es afuera dice una de esas leyes universales de las que no nos hablan en la escuela pero se manifiestan en nuestro día a día. Y el mundo como lo vemos, sólo manifiesta nuestro reflejo, el cómo estamos como humanidad, del caos que habita en nuestras mentes, sobrevalorando lo racional, y el colapso de nuestro lado del corazón, lo intuitivo, emocional y compasivo.

Nos han engañado, nos han hecho creer que los niveles culturales, sociales, políticos, religiosos, económicos nos distancian o nos hacen diferentes, mejores o peores, pero hoy gracias a este temblor, además de edificios, también se derrumbaron paradigmas y creencias, y rescatamos que no importa la vorágine que nos arrastre, todos buscamos lo mismo: vivir en paz y armonía.

Que no precisemos de catástrofes para unirnos. Que no dependamos de malos gobiernos para organizarnos. Que no esperemos la escasez para compartir. Que no generemos las crisis para echarnos andar. Que no provoquemos el dolor para permitirnos sentir. Que no necesitemos la muerte para apreciar la vida.

Porque la Existencia siempre nos traerá lo que demandemos para aprender. Y si esta vez la lección fue de solidaridad, fe, fuerza y esperanza, que nos sirva para despertar, recordar y nunca olvidar quiénes somos verdaderamente y de qué somos capaces cuando tomamos consciencia que lo que nos empodera es el amor y la compasión que viene de adentro.

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Bendiciones, AR.