Ciudadanos en movimiento: Un sueño que aún podría ser realidad

Por Héctor Pérez García (*)
Sibarita01@gmail.com

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Hace casi una década que un pequeño grupo de ciudadanos de Puerto Vallarta impulsados por el espíritu de un hombre soñador, el arquitecto Abel Villa Fernández, nos constituimos en busca de una mejor ciudad. Las circunstancias del momento no hicieron posible hacer realidad el sueño. Quedó para la historia el esfuerzo, la intención y la realidad de una sociedad en vilo. Escribimos en julio de 2008:

Nuestra pequeña comunidad, como tantas otras a lo largo y ancho del país, es un reflejo de nuestra historia. Pareciera que el sino de nuestro existir como nación fuese el de vivir divididos. Perdimos el siglo XIX en guerras intestinas, siempre con dos bandos en pugna; liberales y conservadores. Nuestra historia republicana, después de la revolución  que en vidas humana costó un millón de víctimas y en costo de oportunidad económica nos relegó un cuarto de siglo atrás, fue la lucha entre dos facciones; entre dos México separados por la inequidad. Esa es la  historia que escribieron los vencedores.

Los vaivenes políticos del México moderno en donde la real alternancia se deba entre líderes del mismo partido y ahora se da entre poderes constitucionales, nos presenta, a la sociedad; a las comunidades, como espectadores impotentes para incidir en las grandes decisiones nacionales. A nivel comunitario no es diferente el escenario. Si en las antiguas culturas en todo el mundo, eran los ciudadanos de mayor edad quienes influían en el curso de su entorno social, precisamente por su sabiduría y experiencia, en nuestro medio son los meritorios de las facciones políticas quienes se encumbran al poder. Si los ancianos de antaño solo obtenían de su regiduría la satisfacción de servir a su comunidad, los actuales burócratas, de toda estatura, solo buscan el poder y el lucro.

Nuestra pequeña comunidad es un buen ejemplo de lo anterior. Si el concepto de ayuntamiento tuvo el propósito de gobernar junto con la ciudadanía, este ha sido degradado. El alcalde en turno se alza empoderado por una sociedad pasiva, apoyado en un séquito cercano y visible y un poder mayor tras un ominoso embozo. Mientras tanto la ciudadanía, la comunidad toda, vive en un hilo, ya sea en espera de favores o en aprensión por decisiones de cabildo. Una vez más dos bandos en conflicto: los gobernantes y los gobernados.

Es posible que nada haya dañado más el potencial de desarrollo de nuestra  comunidad, <no confundir crecimiento con desarrollo>, que la falta de un plan, o de una serie de planes que hubiesen normado y acotado el crecimiento caótico del municipio. Un plan de desarrollo con estas características no fue nunca en el mejor interés de los gobernantes; sin normas se pudieron justificar muchas barbaridades.

Esto sucede porque la sociedad no tiene verdaderos representantes que cuestionen a los órganos de gobierno, sean estos las Cámaras, las Asociaciones o los cabildos. Nuestros supuestos representantes se deben a su partido o a su gremio más que a la ciudadanía y a esas instituciones responden,  solo con interés político o económico.

Y así, leyes, decretos, reglamentos y bandos, son sujetos a interpretación por los mismos gobernantes que les dan vigencia. El uso de suelo de un sector de la ciudad, se cambia de vocación sin consultar a la ciudadanía. Se arrogan el poder en sospechosa connivencia con desarrolladores insaciables. Este germen de comportamiento nos viene desde los tiempos de la guerra de Reforma. Cual si se hubiese dictado un apotegma más, sin escribirlo: “Las leyes de hacen para violarlas”. (La otra historia de México).

Pero si un pequeño sector de la comunidad se sirve con la cuchara grande, es ignominiosa la pasividad y la estulticia de la ciudadanía al otro lado del escenario. No se conoce en  esta comunidad un organismo que busque equilibrar el  poder omnímodo de los gobernantes en bien de la sociedad. Estamos demasiado ocupados con nuestras propias desavenencias, mismas que anteponemos al beneficio colectivo.

La prensa, que debiera ser la voz de la comunidad, refleja así mismo, la confortable actitud de la complacencia. Estamos pues, los ciudadanos, sujetos a nuestra propia modorra, sin voz ni voto en las decisiones que nos atañen. “Nos eligió la ciudadanía para gobernar” dicen sin disimulado cinismo. Entonces no tenemos por qué opinar sobre asuntos de políticas públicas, mucho menos en la política febril del crecimiento inmobiliario. Somos simples feudatarios del soberano en turno.

Se dan soluciones parciales a problemas complejos: ahí está la recuperación del centro histórico; se aplica un cataplasma de colores en lugar de ir a fondo y solucionar la movilidad urbana, que implica ordenar el tráfico y armonizar la carga vehicular por las calles de la zona. Ahí están, creciendo cada día, los comercios de baratijas, ubicados en una zona turística digna de mejor suerte.

Se organizan foros y consultas a modo de sus intereses e ignoran los múltiples estudios, análisis, y propuestas que se han hecho desde hace tiempo. Propuestas que llevan el pecado de provenir de la ciudadanía; de una ciudadanía honesta e ilusa a la vez.

Se nos arroja a la cara el agravio de la impunidad de que goza un pequeñísimo sector de la comunidad: taxistas y camioneros. Amparados ellos por una facción del poder. Se nos aturde con el discurso hueco de la modernidad y se nos endilgan discursos de corte populista; “Buscamos la certificación de nuestras playas”, aunque las que hay son insuficientes e inadecuadas para el disfrute de los que aquí vivimos.

Esto nos recuerda al personaje que estudió la lengua inglesa y exigió un certificado que lo acreditara como anglófono. ¿No sería suficiente con mantener las cosas en su lugar; la ciudad limpia, las playas cuidadas, los parques manicurados y el ambiente libre de contaminación? No vendrá más turismo porque existe una certificación. Si vendría si la ciudad estuviera limpia de contaminantes, incluyendo los nefastos OPC´s.

Vivimos pues en dos mundos diferentes: uno el que dicen los gobernantes que tenemos, y otro que refleja la realidad de una comunidad enferma de despropósitos.

Por todo esto es que nos llega un viento de esperanza y optimismo cuando sabemos que está en etapa de conformación un grupo, que aunque pequeño por ahora, deberá crecer abonado por el descontento ciudadano, y que llega en razón del derecho de la sociedad a defender su calidad de vida y la de nuestros hijos y nietos.

Decían las etnias que habitaban los antiguos territorios de Norteamérica: “La tierra no es una herencia de nuestros padres; se la hemos pedido prestada a nuestros hijos”. Sabio concepto que nuestras autoridades ignoran al actuar como si el mundo se fuera a terminar con su periodo, cualquiera que éste sea.

CIUDADANOS EN MOVIMIENTO A.C. tiene como VISIÓN: “Tener un Puerto Vallarta con un desarrollo ordenado, respetando el medio ambiente, los derechos de los ciudadanos y fomentando un destino turístico sustentable”. Como MISIÓN: “Ser una red ciudadana que actuando de manera solidaria por el bienestar colectivo de quienes habitan Puerto Vallarta. Sea un movimiento de ciudadanos que se promulga por el desarrollo sustentable, ordenado, justo, armónico, y que se pronuncia por la cultura de la legalidad y de una democracia participativa en el municipio. Entre sus OBJETIVOS: “Representar los intereses de la población ante la autoridad, incidir en la toma de decisiones que intervengan en el desarrollo de Puerto Vallarta, y que las opiniones de la sociedad enriquezcan los proyectos y las potencialidades de las acciones que emprendan las autoridades, trascendiendo los periodos de gobierno. Involucrar al ciudadano en los asuntos de trascendencia para Puerto Vallarta e incidir en el desarrollo del municipio y de sus habitantes mediante la formación y el fortalecimiento de liderazgos ciudadanos. Promover una mejor calidad de vida para los ciudadanos con una ciudad ordenada, segura y que brinde servicios e infraestructura que garanticen un bienestar social”.

Aún estamos a tiempo, la ciudadanía para coadyuvar a reencausar el rumbo. Un rumbo que en la actualidad no existe. Como no existe una política turística municipal que bien hubiese acotado los desmanes de desarrolladores insaciables y autoridades corruptas.

CIUDADANOS EN MOVIMIENTO deberá ser el parte aguas para crear una misma comunidad, donde todos los ciudadanos se beneficien de la derrama turística y no solo unos cuantos. Estamos a tiempo de comenzar a escribir nuestra propia historia.

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MEMORÁNDUM

“Sobresale de todo esto, sin embargo, que hay de turistas a turistas, España se ha dado cuenta que podría gozar de un turismo más sofisticado, si invirtiera en arte y cultura”. El turismo masivo, que busca sol y playa, alcohol y sexo, duerme de día y vive de noche, no es una promesa sólida para ningún destino turístico.

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(*) El autor es analista turístico y gastronómico.