Casi morir de hambre

Por Humberto Aguilar

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La vida en Sayulita sin carretera en tiempos de guerra se desarrollaba todo como en familia, Daniel nos cuenta esa etapa de su vida…

Para mi madre, todos los recuerdos de esa guerra parecían estar ligados a esa hambre que vivió en el pueblo al lado de mi abuela. Todo lo que me ha contado son sus penurias para sobrevivir sin más alimentos silvestres del campo o de las orillas del río. Quelites, nopales, frutos de algunos árboles o pitayas muy rojas y roscas verdes de las grandes parotas donde colgaban a los hombres. Igual atrapaban en temporada rojas hormigas o sus huevecillos del fondo de la tierra donde anidan.

“Con hambre no hay mal pan”, decía cada vez que contaba algo de su pueblo y de la hambruna de casi todo el pueblo. Cierta vez, comió tantas semillas de calabaza, sin saber los efectos. Eso le produjo fuerte diarrea que le volteó las tripas al revés.

“Ese fue un milagro, confeso. La diarrea expulsó de mi panza miles de bichos que sin duda me hubieran comido viva. Creo que volví a nacer”

Mi Chagua todo me contaba, menos lo que más quería yo saber y no es otra cosa que hablar de quien es mi padre. Su respuesta es siempre “luego te lo contaré”.

Me da la idea que ella espera que se presente en cualquier día. Lo ha esperado ya diez años y yo dudo que vaya a llegar. Ella sin embargo, guarda la esperanza, que dicen que es la última que muere.

MI FAMILIA

En casa estamos el tío Alfonso, hermano de mi madre, su esposa Esperanza y dos niñas, Perita y Claudia. Mi abuela Edwiges, mi madre Isaura y yo, que soy el más chico de edad en esta familia.

La casa la construyó tío Alfonso, que sabe de construcción. Cuando llegaron mi madre y mi abuela, agrego una recámara. Yo todavía no nacía, vine en el vientre de mi madre que me encargó, cuando ella solo tenía 16 años de edad. De momento no les cuento más porque poco a poco he investigado, pues aquí solo llegaron ellas dos y están aquí, porque fue el encuentro de tío Alfonso, después de muchos años que vivieron separados.

Esta es otra historia que luego les contaré, porque la separación de mi abuela y el papá del tío Alfonso, fue a consecuencia de la misma guerra cristera y del hambre que había en ese pueblo muy al sur de aquí donde he nacido y les aseguro que es un paraíso.

Esa recamara nueva donde llegué yo, está en el patio y se comunica por un corredor donde abundan las macetas. Algunas ya estaban y unas más salieron de ollas despostilladas por el tiempo, además de diferentes macetas de barro traídas a casa por tío Alfonso.

En sus macetas mi abuela, cultiva plantas que conoce y que sirven en la cocina para preparar alimentos, o son medicinales. Ella conoce toda clase de brebajes curativos aprendidos en su pueblo donde no hay médicos ni medicinas de fábrica.

Cuida con atención cada planta, cuando es tiempo, corta y guarda porciones que luego regala a las vecinas que la buscan cuando tienen problemas de salud. Le llaman curandera pero prefiero que le llamen por su nombre que es muy bonito: Edwiges.

Sus plantas y el conocimiento de las mismas le han dado fama a mi abuela en todo el pueblo, ella regala sus medicinas, pero no falta quien en agradecimiento, le regale unas monedas o una gallina que ella suelta en el corral que da a enorme Guamúchil que en temporada es su alimento… Y el mío. Me encantan sus grandes roscas de su fruto que es delicioso.

AMIGOS Y VECINOS

Este pueblo es parte de un ejido, casi todos los habitantes de este lugar son ejidatarios, son dueños de sus casas, pero no todas son iguales. Unas de material, otras son de adobe y la mayoría son casitas de vara trenzada enjarradas con barro, este al secarse se vuelve muy fuerte. Las paredes pintadas con cal se miran a lo lejos muy bonitas,

Esa cal es de un cerro cercano muy grande, el dueño es un ejidatario que dice ser rico con ese cerro ya que es un material de construcción que quiere vender por toneladas cuando llegue la carretera por este rumbo. Entre tanto la regala a los vecinos del pueblo toda la que se necesite, solo hay que ir por ella.

La convivencia en el pueblo es significativa, sin ventajas ni envidias para compartir lo que se tiene. Lo poco o lo mucho. Quizás por eso, no puedo negar compartir mi manopla nueva con mis amigos cuando orgulloso juego con ellos.

No perdí nada y mi corazón se quedó sin remordimientos,  aun cuando no falta el pelo en la sopa.

Dice mi abuela que: “de todo hay en la viña del Señor”, para aceptar algunos errores de quien olvida el valor de convivir en sana paz.

Compartir y convivir se deja sentir siempre. Las familias se dan la mano, las vecinas acuden para resolver sus problemas a la de enfrente o a la de lado. Se queda fuera el problema que con frecuencia ocurre entre los chiquillos cuando nos peleamos en la playa o en la escuela. Creo que es una forma de vida que debiera ser así en todo el mundo, pues escuchamos de la Guerra Mundial que mueren por miles gentes de los pueblos, mujeres, niños y ancianos como nuestro amigo de la plaza que nos cuenta sus historias.

En esa guerra se matan, aquí en el pueblo todo se resuelve con una pelea, como ocurre durante las fiestas, vienen los braseros a beber alcohol hasta perderse. Por gusto se dan de golpes y luego siguen tomando juntos… Al día siguiente no ha pasado nada.

Como prueba de la convivencia es la cantidad de niños que nacen a los nueve meses de cada fiesta patronal. Al crecer, nos juntamos en la playa a jugar y divertirnos. Al tiempo vamos a hacer lo mismo.

EN EL MAR

Pescar tiene sus riesgos para todos los hombres que hacen estas tareas. Retar al mar en esas embarcaciones tan frágiles no permite desafiar a alguien que es tan poderoso. Ellos lo hacen a costa de su vida.

Sin donde conservar el producto en refrigeración, se reservan los hombres pescar solo lo indispensable para consumo local, en tiempos al trueque con productores agrícolas locales, si hay dinero en el pueblo es a la venta. El mar no perdona y se le teme durante las tormentas con vientos y sobran razones para respetarle, sucesos de muerte en el mar no han faltado.

Es muy lindo mi pueblo, solo que tiene sus reservas. No hay recursos para aprovechar la abundancia con medios efectivos para la explotación. Es enorme la riqueza desaprovechada.

En estos tiempos de guerra, hay progreso económico para todos, si se termina, el pueblo volverá a ser el mismo hasta que llegue el progreso. Tío Alfonso y todos los pescadores tienen planes y los dan a conocer para crecer la cooperativa y buscar formas de llevar los productos a mercados donde se comercialice en otros pueblos o grandes ciudades donde no tienen forma de pescar, claro, sin este mar tan enorme que tiene este pueblo.

Esos planes ya tienen tiempo, pero no se ve la fecha para empezar a ser realidad. Nosotros los chiquillos, solo escuchamos hablar, en la escuela, la maestra Rosa nos instruye y sabemos que el progreso existe, sostiene que la guerra finalmente va a traer beneficios para todos los pueblos como este que es de nosotros.

Para nosotros, mi abuela y mi madre, estar aquí fue una bendición. La guerra fue motivo para tío Alfonso salir con su familia a estos lugares y el deseo de reunirse con mi abuela y su hermana, hizo posible el encuentro y la alegría para mí, haber nacido aquí en Sayulita, crecer entre las maravillas del mar, de la sierra imponente, y en bonita familia.

Conocer a mi padre es mi gran deseo y sueño con ese sueño, pero no sé si va a ser realidad alguna vez y me lleno de tristeza. Con frecuencia, para distraer esa ausencia, quiero estar solo, voy a la playa a contemplar el infinito mar, Mirar caer la tarde, ver como el sol se pierde en la distancia y entra burbujeante lleno de ese color de oro hasta que se hace de noche y desde las montañas, la luna aparece pequeñita, una rayita solamente hasta crecer fascinante según sean las  etapas de su crecimiento.

Esos ciclos los he aprendido en la escuela. La maestra Rosa nos muestra en fotografías las fases de la luna y como es que su tamaño, provoca las mareas en el mar.

A la maestra, aprendimos a quererla. Su figura es imponente. Siempre muy bien vestida, impecable su cara y al empezar las clases se coloca sus lentes se ve aún mejor y nos explica con voz fuerte cada día. Todos apreciamos su esfuerzo y los padres la estiman por su dedicación y el esfuerzo que hace para estar aquí de lunes a viernes o toda la semana por la relación que hace con la directiva del ejido y las tareas de colectar los cocos, pagar y ayudar a sus gobernantes a ganar la guerra de esta forma.

De la guerra solo sé lo que platica tío Alfonso con la familia y hace planes que ahora desconozco. (Continuará).