¡Adiós, querida maestra!

Por Humberto Aguilar

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De la noche a la mañana cambiaron las cosas en Sayulita, lo que continuó fue también para dejar a todos con muchas interrogantes como Daniel lo deja en esta etapa…

Por unos días no hubo algo que hacer en el pueblo. La lluvia no permitía que mis amigos y yo tuviéramos oportunidad de estar juntos, ir a la plaza o a la playa o al campo de béisbol. El río crecido bajaba con fuerza hasta entrar al mar. Lo miré con nostalgia durante mucho rato desde la ventana de nuestra casa.

Por la mañana, con el cielo despejado y un bonito sol que todo lo bañaba con su luz y su calor, se reanimó el pueblo. Tío Alfonso fue a la casa de la maestra Rosa, ella le pidió reunir a todos los chicos de la escuela. Quería despedirse en el patio con  nosotros y nuestros padres.

Fue una tarde nublada con amenazas de tormenta, la escuela se llenó para escuchar a la maestra Rosa. Llegó ella acompañada de varios jóvenes de su país, enviados para regresar con ella. Parecían militares vestidos con ropa casual, que sin embargo dejaba ver disciplina militar, por su pelo corto y su forma de actuar.

La maestra dijo muchas cosas sobre el tiempo que estuvo con nosotros en la escuela, agradeció al pueblo por su trabajo en la cosecha de cocos y de otras muchas cosas que arrancaron aplausos y vivas para ella y para el pueblo de los Estados Unidos. No sé el tiempo de su despedida. Me perdí en mis propios recuerdos de esos tres años que estuvo en mi pueblo, con mis amigos y lo que nos deja con sus recuerdos.

Todo me pasó como una visión. No recuerdo nada de lo que habló, solamente me acerque y la abrace como lo hacía con mi madre o con mi abuela. Así sentía quererla, me dolía mirarla partir seguro que no volvería a verla otra vez.

Mi madre y mi abuela me abrazaron cuando ella subió a un vehículo y se fue con un adiós que todos sentimos emocionados. Ella misma se dejaba ver con el rostro marchito. La caravana de vehículos enfiló a la salida del pueblo, se perdió a la distancia y nos quedamos en la escuela casi sin hablar.

El regreso a casa sin apresurar el paso, en silencio. Entré y me eché en la cama y me dormí profundamente. Nadie me habló y desperté hasta bien entrada la noche, me asomé a la ventana y vi un horizonte lleno de estrellas y la claridad que la luna reflejada en el mar. Mi madre profundamente dormida y toda la casa en silencio. (Continuará).