El mexicano feo

Por Guillermo García Oropeza (*)
guillega60@hotmail.com

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Soy mexicano, claro y me gustan en general los mexicanos. Somos afectuosos, amigables, aguantadores, chistosos, muchas veces llenos de talento y hasta geniales. Me gustan las artes mexicanas, las artesanías, la cocina buena, soy indigenista y a mi manera feminista porque, también en  general, me gustan las mexicanas con su color de piel moreno y solar y su mezcla de suavidad y malicia.

Listas y mandoncitas y todavía sin ese rencor histórico contra los pocos miles de años del patriarcado que a mi generación le fue arrebatado por los nuevos usos. Las catástrofes como el reciente sismo demuestran que podemos ser inmensamente solidarios y generosos. Total, estoy feliz de haber vivido en este país. Pero también he vivido en el extranjero y tengo afecto por otros países y otros estilos de ser humanos.

Y justamente por todo esto también hay mexicanos que odio y desprecio y cuyas acciones me llenan de rabia impotente. Me llena de mal humor cierta estupidez y ceguera muy nuestras.

Como que seamos tan tramposos y tantos se quieran pasar de listos, de la facilidad de la mentira y la falta de pudor ante el cinismo, que en el fondo no rechacemos a los mexicanos que han hecho de la tranza y del fraude un estilo aceptado, tolerado y quizá hasta admirado de vida.

Y que se salen con la suya hasta que alguna calamidad pone al descubierto sus pillerías, sus crímenes. Como todo lo que ha sacado a la luz el sismo. Los edificios sin los permisos, supervisiones y realizaciones, obras tramposas, ahorrando en lo esencial para asegurar una ganancia inmoral que ahora se tornó en asesina.

Las grandes maniobras de las constructoras incapaces de dar la garantía básica de la seguridad, la indiferencia de los políticos al dolor colectivo, la insensibilidad, la arrogancia. El cinismo  frente a la improvisación que hace a alguien que sólo sabe “ler” y no leer ministro de Educación y a un economista en diplomático de un día para otro.

Ante la absoluta ausencia de convicciones ideológicas de los partidos que no tienen ni derecha ni izquierda sino sólo conveniencia inmediata, ante la alianza del gran dinero, el minigrupo en el poder y una iglesia que se olvida que alguna vez fue oposición. A la disparidad de clases y regiones para favorecer el crecimiento de una ciudad convertida en monstruo.

Ante unos medios en decadencia junto a otros que desde que nacieron estaban corruptos y sólo sirven para manipular y que han despreciado su gran potencial educador sólo para seguir la obsesión con la ganancia. Odio al mexicano racista y clasista, lo que implica un desprecio de si mismo. Al mexicano rebelde en lo pequeño y dócil y sumiso en lo importante.

Al mexicano incapaz de la verdad honesta aunque poco “política”, el mexicano que no sabe decir no ni decir basta ,que se emborracha con la retórica y que parece que la naturaleza no le dio memoria y que se tropieza una y otra vez con la misma piedra y parece sufrir de una aguda pereza mental. El mexicano feo enemigo de ese mexicano bueno que debiéramos ser todos.

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(*) Arquitecto, escritor, periodista y conferencista jalisciense; ha publicado 34 libros y colaborado en medios como Grupo Reforma, Revista Siempre!, Excélsior y El Informador, entre otros.