Tiempos difíciles

Por Humberto Aguilar

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Sayulita dejo de ser aquel pueblo que colaboró con los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial de la noche a la mañana cambia la charla de Daniel que sigue su historia…

No pasa un día sin admirar lo que veo en mi pueblo. Por ejemplo, al subir al sitio donde vivo con mi madre, mi abuela y la familia de tío Alfonso, tenemos un árbol de grandes ramas, donde viven docenas de grandes iguanas de todos colores. Son unos animales hermosos, nos miran pasar y no se mueven, se sienten seguras y allí mismo se reproducen.

Sé que estos animalitos se comen, dicen que son sabrosos, pero no me atrevería a comerlos. Otros chicos piensan distinto y no falta quien atrape uno y se lo lleve.

Es curioso ver que si los atrapan no pelean para escapar, se dejan llevar y si los amarran, caminan como perritos detrás o delante del chamaco que los ha atrapado.

Quien se los come, debe ser una familia que gusta de su carne, pero la mayor parte de la gente, respeta su árbol y siguen allí como adorno. Vivir aquí, es descubrir cosas nuevas y buenas cada día.

-Bueno, no es tan fácil como yo lo cuento aquí, porque hay muchas cosas pero hay que trabajar por ellas. Los hombres grandes salen a pescar, otros tienen donde sembrar y sacan buenas cosechas de maíz, frijol, rojas y dulces sandías y muchas cosas más que venden aquí en el pueblo o viene gente con grandes trocas para llevárselas a la ciudad.

Esto es lo normal, lo de cada día, los tiempos malos llegan con las grandes tormentas que agitan el mar, crece nuestro río en forma tan fuerte que es difícil creer lo manso que es en días normales.

Este río parece barrer las montañas, arrastra todo hasta el mar, sus olas lo atrapan todo y se lo llevan, sus olas aparecen como fauces de un monstruo que se come todo, incluso animales y gente que se ha perdido sin saberse nunca más de ellos.

Estos días nos hace quedar en casa. Cuando esto ocurre, me hace recordar los días de mi vida, de mi madre y mi abuela, que llegaron por una bendición a tanto que sufrieron en su pueblo durante esos tiempos de guerra.

-Mi Abue se llama Edwiges, una señora más bien bajita, blanca con el pelo muy negro donde ya se pintan algunas canas, mi madre se llama Isaura, muy joven y bonita, un poco más alta que mi Abue, su pelo es negro y largo, siempre se baña muy temprano y se peina según sea su gusto, pero los domingos, para ir a misa con mi Abue, se hace dos trenzas que adorna con cintas de colores, las dos van con su ropa muy limpia, su rebozo con el que cubren su cabeza sus caritas tan parecidas que yo las comparo con las de algunas de las vírgenes que están en el templo, como la virgen vestida de color azul que tiene muchas reliquias prendidas en la pared.

De mi tío Alfonso, luego les cuento, pues es una historia muy interesante, fue quien nos trajo a este pueblo, bueno, a mi Abue y a mi Chagua, pues yo estaba en la panza de mi madre y es otra historia que poco a poco les he contado.

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DE MI ELA

Por mi abuela conocí pasajes de la Biblia, la historia del niño Dios luego de crecer y ser hombre fue crucificado, acusado por su propia raza, los judíos que lo acusaron precisamente de eso, decir que era el hijo de Dios.

Lo condenaron los romanos y entre todo esto, el gran sufrimiento de su madre, María y de otra mujer, María Magdalena, Mi Ela me enseñó a rezar y ser católico, de todo esto, hay cosas que no comprendo, como esa de que Jesús, si era realmente hijo de Dios, dejó que lo crucificaran, causándole a su madre María y a María Magdalena tan tremendo dolor.

Si pregunto, lo que me explican tampoco lo entiendo. Mejor guardo silencio para que no se enoje. Afirma que se condenan quienes no creen en la palabra que el cura dice en la misa de cada domingo.

No sé, el motivo por el que se condene uno por no creer, mi abuela le dice y prefiero aceptar que le creo.

Además, ella tiene colgado un chicote que se trajo de su pueblo. Me dice que si me porto mal, me va a dar una tanda, de la que me voy a acordar todos los días de mi vida.

No quiero que un día de estos lo haga, así que creo todo lo que me diga de esa historia de Jesús y el motivo por el que lo crucificaron como hijo de Dios.

Fuera de sus amenazas cuando se enoja, mi abuela es un alma de Dios, como dicen de la gente que se pasa de buena. Mi Ela, es muy hábil para toda clase de tejidos y bordados. Con sus manos hace zapatitos y gorros para recién nacidos, teje cobijas de estambre y bordados de toda clase.

Los vende a las vecinas, pero prefiere enseñarlas a tejer y se reúnen con ellas por las tardes y así fue como conocí todas las historias de la Cristiada, del Catorce y de los muertos y colgados en los árboles.

Historias que ha contado y que me dicen, como fue su vida en aquel pueblo donde fueron rescatadas por tío Alfonso.

Mi abuela conoce muchas plantas medicinales, tiene cura para todas las enfermedades comunes: Tos, fiebres de las mujeres que les llegan por mes, dolor en el estómago, golpes que tiran al suelo a la gente al caer de un caballo, en fin, todo.

Cultiva sus plantas en el corredor de la casa, del patio hasta la cocina y cuando le piden las vecinas algo, ella con gusto las reparte y da la receta para aplicarlas según el mal. Continuará).