Algo de aquello

Por Humberto Aguilar

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Sayulita es desde hace muchísimos años un pueblo mágico, sus montañas, su mar, su gente y las historias de Daniel que siguen a continuación.

Días, semanas y meses sin escuela, nos dan todo el tiempo libre para estar juntos a quienes hemos crecido desde esos primeros días de clases. El tiempo lo gastamos con aventuras de todo tipo.

Nos anima recorrer la playa hasta donde alcanzamos a llegar. Preferimos la parte norte por la cantidad de cosas que hay entre los dos pueblos separados unos dos o tres kilómetros.

En verano con las lluvias, bajan arroyos y el estero se llena de vida y de alimento para cangrejos y cajos que son diferentes por el color rojo de estos, que viven en cuevas que ellos mismos construyen en la arena cerca del agua.

Los cangrejos viven dentro del agua y son de color verde oscuro. Se alimentan también con lo que baja con el arroyo, pequeños insectos ya muertos, restos de animales silvestres y aves. Es carroña que de alguna forma murieron en el monte. Las tormentas arrastran y limpian los montes y en el estero son alimento de peces, cajos, cangrejos y otros animalitos que habitan cerca de la enorme playa.

Además de Mauricio y León, que vive con sus hermanas y tampoco conoce a su padre, se reúnen con nosotros un chico de nuestra edad, compañero de la escuela que se llama Francisco. Este si tiene una familia completa, de padre y madre y otros hermanos mayores.

Es muy diestro con la resortera que siempre tiene en las manos. Se acompaña con piedras, cuando vamos al estero, dispara a los cajos y los hace volar cortándoles las tenazas o los mata entre risas de todos que le admiramos su puntería. Todos hemos nacido en el pueblo, menos un chico alto y flaco que se llama Jorge, es de Veracruz, un estado que es de la costa oriental de México, se apellida Cherizola y todos lo decimos El Cheri.

Llegó aquí desde muy chico, con sus hermanos mayores que ya eran pescadores.

Su hermano mayor es como su padre, lo golpea muy fuerte cuando no obedece y pese a esto, siempre quiere estar con nosotros en todas las aventuras. El Cheri habla en un tono extraño para nosotros: “soy costeño pariente”,  nos dice y ese pariente lo repite con todos sin que en efecto sea pariente de alguno de nosotros.

El Cheri es muy bueno para torear las olas, afirma que en su pueblo en Veracruz, son mucho más grandes y fuertes que aquí.  Cuando nadamos mar adentro, a todos nos gana y nos divierte con sus historias todas vividas en Veracruz con sus padres y sus hermanos, solo que sus padres se quedaron en su pueblo por alguna razón que no ha querido contarnos.

A los cinco nos unen sin saberlo motivos que luego entiendo. Cuatro carecemos de padre, solo francisco vive con su familia completa, su papá es un comerciante que viaja a pueblos cercanos del sur para proveerse de mercancía que transporta hasta Compostela y Tepic.

Cheri si conoce a su padre pero se quedó en Veracruz. León no lo conoce, pero no habla sobre él, su mundo son las aventuras, quiere crecer para salir de este pueblo. Mauricio no lo tiene pero no le importa, vive feliz a lado de su madre y solo habla de ella cuando se trata de comer las tortillas que ella hace “grandes, redondas y muy sabrosas”, dice con tanto entusiasmo que todos queremos saborear.

Mi caso es diferente, no tengo padre, quiero saber por qué, en casa, mi madre y mi abuela se encargan de la cocina con tía Esperanza y son ellas las que cocinan y hacen las tortillas que a todos nos alimentan.

De los cinco, Mauricio habla poco, se divierte con todo sin discutir como el resto lo hacemos y poco habla de él. Cuando lo hace es para recordar las tortillas que hace su mamá, Repite como sonsonete: “Grandes y sabrosas, que en el comal se hinchan como globos”. Al oír cómo se emociona, hasta nos despierta el hambre, lo hacemos prometer traerlas para nosotros estar seguros que es cierto.

Su promesa no la ha cumplido y ya prefiere no volver a repetir esa historia que tantas veces nos dice.

No se compromete y prefiere cambiar de tema. Tal vez por eso, prefiere callar y unirse a nosotros en todas las aventuras en la playa y en el mar, cuando toreamos las olas que nos revuelcan y nos sacan hasta la arena.

Cada vez que lo recordamos, vuelve el tema de escapar para escalar la montaña que vemos frente a nuestro pueblo. Cada vez que hablamos sobre esto, recordamos las aventuras del viejo marinero de la plaza, vivir esas historias fantásticas de la Sierra de Vallejo, llena de misterios, llena de animales peligrosos como el jabalí, de colmillos retorcidos que son, dice, los más peligroso de la selva, tanto como el jaguar, que abunda por todas las montañas de la Sierra de Vallejo.

El Cheri, conoce los peligros del Jaguar, pero afirma que no es animal que ataque a la gente. “solo mata para comer en la selva”. Cuenta que en Veracruz el jaguar es respetado por todos, dice, es un animal sagrado.

Correr esa aventura nos anima pero a la vez tenemos miedo a los peligros de la selva que lo mismo se ve hermosa y llena de misterios para nosotros, que no para muchas familias que viven en sitios más cercanos, crían reses y las llevan a pastar en zonas donde abunda el alimento para vacas, toros y borregos que luego los llevan a vender cuando aumentan las crías. Cazan el jaguar, gente que cuida al ganado o personas que vienen de la ciudad, en busca de su piel como trofeo. Ninguno habla que pudiera ser un animal sagrado. Me parece que El Cheri lo dice sin sentido.

Las montañas, desde mi pueblo, se ven muy cercanas y llenas de colores. En temporada de lluvias, todo es muy verde y brillante, los frondosos pochotes que se llenan de algodón, las enormes parotas llenas de esas roscas que alimentaron a mi madre allá en su pueblo. En estas montañas, lucen maravillosas, las primaveras llenas de flores amarillas, unas, rosas las otras, o de color morado las otras que pintan la selva por todas partes.

Los capomos abundan también y sus frutos son alimento de todos los animales silvestres.  Hay tantos y por todas partes, que los ganaderos los rodean de alambres de púas para que allí se alimenten sus reses al cuidado de sus vaqueros.

Solo los audaces jaguares se atreven a robar alguna res. Les atrae la carne y por eso los vaqueros los cazan o los ahuyentan con bravos perros que cuidan al ganado.

Falta decir que el fruto de los capomos, lo recoge la gente para hacer café que se toma con canela en el pueblo. Lo que no se explica, es que otra gente tira estos árboles para usar la madera y nadie protesta, simplemente lo ven como algo normal sin pensar que este es un árbol que da de comer a los animales silvestres y hasta las de corral que cuidan los vaqueros.

Estas montañas, son las que más nos atraen a retar esos peligros que sabemos existen, más lo que cuenta el viejo pescador de la plaza quien agrega sus aventuras entre ellas esa cueva que cuidan dos gigantes Indios Bandera, donde se guardan los tesoros que no alcanzaron a llevarse los españoles.

Los cinco estamos seguros que algún día nos atreveremos a aceptar el reto que nos hace esa cercana montaña. (Continuará).