Vialidad social

Por María José Zorrilla

.

Hay hábitos que son resultado de normas establecidas y reconocidas por todos, que nos permiten interactuar con orden en la sociedad en que vivimos.  El manejo del tránsito y la vialidad en términos generales tiene un común denominador.  Sus normas y reglamentos son casi idénticos en cualquier punto del planeta.  Un ruso puede manejar en México y un colombiano puede hacerlo en Turquía sin mayor problema, porque las reglas son universales y el rojo es alto y el verde es siga aquí y en China.  Aún en los países donde se circula del lado izquierdo como Inglaterra o Australia, el reglamento de tránsito es básicamente el mismo.  Sin normatividad no hay  forma de evitar el caos, el desorden y hasta la muerte.  En México según Carlos Triulzi, el primer reglamento de tránsito nace en la Gran Tenochtitlán en 1550 “para regular las trajineras y embarcaciones que transportaban provisiones y personas que unían a tierra firme con la gran ciudad fundada por los aztecas”. En el México independiente es hasta 1887 cuando empezaron aparecer las leyes sobre caminos de tierra. La vialidad surge ante la aparición de la rueda y el uso masivo de vehículos, ante la aparición de los problemas de quién tenía derecho a qué.  Imponer el orden y establecer una regulación se hizo evidente.  En la antigua Roma cuando gobernaba Augusto hace más de 2 mil años, se le dio un lugar al peatón y a los coches solo se les permitía circular de noche. La solución no era buena para todos, pues se interrumpía el sueño de los vecinos.   Más tarde, según conduccionresponsable.com el Papa Bonifacio VIII se vio en la necesidad de poner orden a la gran cantidad de peregrinos que acudieron a Roma en 1300 y dictó la norma de circular por la izquierda –misma norma que predominó durante cinco siglos, hasta que Napoleón Bonaparte la cambió por la derecha y la hizo regla general -salvo en los países que nunca formaron parte de su imperio como la propia Inglaterra.

Hace algunos días mientras estaba en un crucero de uno y uno, me imaginé cuán útil podría ser volver a ordenar nuestra sociedad como si fuera una gran vialidad.  Es evidente que ha tomado muchos años llegar a este entendimiento pero un rojo es un alto.  Una forma de decir ahora no se puede pasar.  De no respetarlo, tenemos muchas probabilidades de provocar un accidente. Para nuestra desgracia esos semáforos sociales parecen estar totalmente descompuestos.  Hay muchos “siga”, lo que propicia un aumento en todo tipo de violencia.  Cada vez son más novedosas las formas de delinquir y menos efectivas las formas de corregir, frenar, regular y castigar a los delincuentes.   En el país, la descomposición es casi generalizada y aunque Vallarta parece ser un sitio todavía bastante seguro para vivir y vacacionar, empiezan a brotar nuevos casos de robo y extorsión ante los que no podemos permanecer impávidos.  Cuando la confianza se evapora, las finanzas se desequilibran. Me enteré del caso de un chico americano que para entrar a un antro le solicitaron su identificación y al enseñar su pasaporte se lo confiscaron para asegurar su buen comportamiento dentro del lugar.  A la salida, cuando lo pidió de regreso, le cobraban dos mil dólares para entregárselo.  El terror evidentemente inundó al pobre joven que logró saldar cuentas con todo lo que traía.  Ese mal recuerdo quedará grabado por siempre en la memoria de ese vacacionista.  Desgraciadamente no es el único, son muchos los turistas que también han sido blanco de carteristas y delincuentes; y entre delitos del orden común, robo a casas habitación que están al alza y delitos federales, se impone la necesidad de contar en los tres niveles de gobierno, con una autoridad que conquiste el orden y brinde seguridad a visitantes y habitantes, como lo pudo hacer la iglesia en ese entonces, ante las multitudes que se amotinaron a comienzos del siglo XIV en Roma.