¿Loco que come lumbre?

Donald Trump.

Por Gregorio González Cabral

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Que  los  ataques  abiertos  a la  libre  expresión vengan de la  Casa Blanca,  es  uno  de los grandes  absurdos  de este mundo loco, loco  que  nos  ha  tocado comentar.

Difícil entenderlo  en  un país  de arraigada  tradición autoritaria, pero  lo  que significa, caracteriza, a  Estados   Unidos  no son  sus  adelantos  ingenieriles, tecnológicos  y  administrativos;  ni siquiera la  atención  ejemplar  y admirada calidad  de sus  principales universidades;   lo que identifica  al próspero  Estados  Unidos   es   el  culto por la libertad  de expresión. Les  copió  un  francés que lo puso en  breve:  Estoy en  contra  de lo que dices,  pero  doy mi  vida por  tu  derecho  a  decirlo.  La  jerarquía   de los medios  en  ese  sistema   libertario, abierto, tolerante, la   estableció uno  de sus padres   fundadores: “Prefiero periódicos   sin  gobierno  a gobierno  sin periódicos”.  Claro,  se  refería   a   periódicos buenos, malos, regulares, peores, no  a papeles  de propaganda  y   menos  de propaganda   de los  gobernantes.

Entendemos que más o  menos  una  cuarta  parte  de la población de  Estados Unidos está   siempre molesta  por el   contenido de   sus  periódicos, de  lo  que llamaban “prensa liberal”  y  ahora  extienden  a  la  “televisión de  falsas noticias”. No  es  de ahora.  En  convenciones  de partidos  políticos   el  siglo pasado,  hubo una  en  Chicago donde  los políticos  gringos por poco  linchan  a  los periodistas que  cubrían  su  evento. Casi les  salía  espuma por la  boca,  me  dijo  Grenno,  colega que padeció  esos  días   de   vuelta  a la ignorancia e  intolerancia del  “porque   ganamos las   guerras”.

Ahora no  sólo son primitivos políticos  pueblerinos,  siempre  resentidos con  la   gente  de Washington que tendía   a  ser permisiva  y  comprometida con  la  libertad;  ahora es el mismísimo  racista,  el  ignorante   Presidente de Estados  Unidos,  quien  en forma insolente se lanza contra  el derecho  de  cada quien   a comunicar los hechos y   valorar   los dichos,  acciones  y  omisiones de quienes   gobiernan. ¿Quién iba a imaginar  al  Presidente  de Estados Unidos,  inspirado   y alineado   con la  cerrazón  de  mente  de los   dictadores  y  sátrapas  negadores de  los  derechos y  libertades de los  demás?   Está sucediendo: Donald Trump  acaba  de  amenazar a la  cadena  de  televisión NBC  con  silenciarla.  A lo descarado   les  advierte  sobre  “revocarles su licencia”.  Ignorante  esférico  hasta   para  sus  brutalidades: las  cadenas de  televisión  en  Estados Unidos no  tienen licencia;  las  que  tienen licencia  son cada  una  de las  estaciones   que las incluyen y repiten.  Si Trump, como  el burdo   dictador  Chávez,   quiere  sacar  del  aire  una cadena, en Estados  Unidos  tendría  que  ir   de una  por   una de las estaciones,  mismas  que apoyan  quienes no están  infectadas, como  personas, en  el   sucio negocio  del fanatismo  irracional  y  majadero. Mayoría   de la población  de  Estados Unidos,  exigentes  de medios   independientes, diciendo  verdades  que  el  gobierno  quiere   ocultar  y contradiciendo  a los  políticos   ignorantes, al  tiempo  que  les  exhibe en sus  codicias insaciables  que  les llevan a la  corrupción  insolente.

Se  sabe  que para  establecer una dictadura, en  cualquier país,   lo  primero es  silenciar los  medios de comunicación  independientes:  terminada “la primera de las libertades”, la  esclavitud general  se  deja venir  en  cascada.  Ese  odio a los medios de  comunicación  críticos, lo  tiene  Donald Trump y lo comparte con  Maduro, Putin,  el  gordito de Corea del  Norte que  juega  con armas  nucleares y a  matar parientes  que  puedan competirle.

Trump,  como los fanáticos  irracionales que  se ponen verdes  ante  cada  verdad  difundida por los  medios,   con  el  perverso   argumento de: “es cierto, pero  no debería   decirse”,  anda propalando que los  medios son  “ el  enemigo del  pueblo estadounidense”.  Los medios le contestan  publicándole  sus exabruptos y  llevándole  la  relación  día a día   de  sus  mentiras  e inexactitudes, unas  producto de la ignorancia  esférica  y otras  de  su  mala  fe, arrogancia y  ceguera voluntaria,  impropia  de gente   decente.

Trump  odia   la libertad,  mientras   hace  negocios  y admira   a  Putin. Cada  quien  es libre de volcar  sus afectos, pero Trump cobra como Presidente  de Estados  Unidos.  Como  tal,  tiene  declarado compromiso  con los valores en  que  se fundamenta esa nación. El principalísimo: la libre expresión, la libre  prensa, la  libertad  que  tanto  le molesta.