¡Por supuesto que son los mismos!

Panistas  escandalizados  se  admiran  de que la Comisión  de  Doctrina del  PAN esté encabezada por   un  ex  priista.

Ex priista, así como  “El Bronco”,  como  “El  Peje”, como  Enrique  Alfaro y como tantos  otros   que   andan  de “oposición”,  viviendo y  perteneciendo al  mismo sistema político  cerrado  y  mentiroso.

Para mayor escándalo de los panistas puros, también la Comisión  Política nacional del PAN está en manos de uno que fue “militante distinguido del PRI”.

Tampoco hay fijón en el otro lado: los diputados de todos los partidos, incluyendo los del PRI, fueron “pastoreados” por más que distinguido panista Diego Fernández de Cevallos. Razón por la cual,  el ingenioso  Chavero  -ex presidente   del PRI  estatal de  Jalisco-,  perteneciendo a esa legislatura,  le  puso al del PAN, consentido de  Los  Pinos, “El  Jefe Diego”. Apodo  que se le quedó, aunque los panistas, lo hemos  recordado  aquí, mejor le  decían  “La Ardillita”   que “porque no  se  baja  de  Los  Pinos  de  Carlos  Salinas”.

El hecho es  que todos los políticos  que tienen algo,  dependen en  todo del  gobierno.  Contra  el gobierno no hay  posibilidad   de   entrar  en serio  a  la política  en  México.  Ni de chiste.  Aquí   hasta los  guerrilleros  enmascarados,   resultan  hijitos de  familia   priista, premiada con  posiciones,  contratos y  curules.

Los partidos  políticos, todos, son  invento   del  mismo gobierno. Un  tipo  de  franquicias  que  reparten  entre   sus    parientes,  amistades  y hasta correligionarios, porque en  este sistema laico ya  hay  un  partido político de una  denominación  religiosa. Nada  legal,  pero recibiendo dinero público, espacios  y  demás  por  cumplir algún papel  que le importa al  gobierno.

Ahora que  se  aproximan  las  “elecciones”,   el   gran  interés  de la población    está en  conocer   a  quién  menciona Enrique  Peña  Nieto como  su  sucesor,  aceptando  ya la posibilidad  primera de que  le mande  de  candidato “por  el PRI”, aunque nunca  antes  se  había rozado   con  la gente  de ese  partido.  No será el primero, ni el  último, en  esa  condición.

Menos  mal  que  ahora  la manipulación  oficial no llega a los  extremos   del enfrentamiento cruel entre  partidarios  “de lo mismo”,  pero presentados  como  enemigos irreconciliables.  Tiempo  hubo en que  sencillos   mexicanos  perdieron la vida   robando o defendiendo  urnas  de  votación,  cuyo  contenido  jamás  nadie  iba  a  contar. Pero  el ambiente  era tal  que  a lo tonto se  aborrecían   y  causaban  daño  mexicanos a   mexicanos,  hasta  que cayeron  en cuenta  de la perversidad  del  juego político y   de  que,  quienes  estaban  en el  poder   siempre,  entre  ellos  “eran hasta parientes”.  Las  cursis  crónicas  de  los matrimonios   entre  hijos  de políticos   abrieron los  ojos primero  a las   señoras  lectoras  y  luego a sus maridos, sobre  parentescos, cercanías, identificaciones y sociedades entre los “enemigos  irreconciliables” en la política.

Por supuesto  que  este sistema  no  ofrece la  mínima  oportunidad  a la democracia.

La voluntad  de las  mayorías, el  voto  de las  mayorías, para  nada  cuenta, cuando  todo  es farsa  y  reparto del  botín  entre socios  y parientes   utilizando a los partidos.

Para  nada hay  la remota posibilidad  de “gobierno  del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

No  sabemos  si  el respeto a  la idea puesta en las leyes  mexicanas, respecto a  gobierno democrático, en  verdad pueda mejorar a   una población infectada  hasta la médula por el  autoritarismo, el caciquismo, el abuso  del poder  y  la simulación hecha norma no  escrita, pero bastante  efectiva.

La población sabe  que no  cuenta, ni la  van a  tomar  en cuenta.

Su ilusión  es  que  Peña Nieto no  se equivoque. Suponiendo que  Peña  Nieto  solitario tomará   decisión así de importante,  después de haber flaqueado  públicamente en momentos  críticos:  el asunto  de  la  residencia y  los contratistas; el asunto de la  invitación a Donald Trump  a Los Pinos para  recibir una  de las  peores humillaciones  de  la  historia     de presidente  de  México  alguno.

Triste  condición la del  pueblo  mexicano, marginado    de  las  grandes  decisiones,  omiso, dejado, indolente y  suspirando por un caudillejo que   venga a   quitarles lo  tonto.