Se les hizo bolas el engrudo

Este  volver al “enemigo cómodo”  y  a los infames prejuicios  antimexicanos que   todavía  impacta  como  a  una  cuarta parte de la población  de Estados Unidos, tiene sólida teoría en  centro especializado  de  la  Universidad  de  Harvard,  enfocado a definir y  reforzar la  identidad  del país   vecino.

Aquí  llevamos años, por la  obvia importancia  del  tema para nuestra gente, comentando los   estudios  del   profesor  Samuel P.  Huntington,  a quien, presenciar  al  público en un encuentro  de   futbol  soccer entre  las  selecciones nacionales  de Estados  Unidos  y México, en  Los Ángeles,  California, le  llenó de  desconcierto e  indignación, al  contemplar  cómo  eran  maltratados los  estadounidenses y  sus  símbolos, en territorio de Estados Unidos.

Huntington se  espantó y  exageró. Pensó  que a  diferencia de otras   inmigraciones, la  de los mexicanos  no  se integraba a  la  identidad   de Estados  Unidos.  Pasaban y pasaban  los  años  y  seguían sintiendo y  expresándose  como  mexicanos.  Cuando había  que sacar una bandera, sacaban la  mexicana   y lo  sentían  como lo más  “natural”, aunque disgustara  a  los “anglos”.

En 2004, Huntington  se había  acercado  a las ideas populares  prejuiciadas  respecto a  México y  lo mexicano,  prevalecientes  entre la sociedad  rural y semirural  de  Estados  Unidos, donde  se ignora  la enormidad de territorio actual estadounidense  que era   mexicano, hasta 1848. El equivalente  a  la  extensión de: España, Portugal,  Gran Bretaña, Francia, Alemania, Bélgica, Alemania, Italia, Hungría o Suiza. Para  nada “una parte”,  fueron 2  millones 300 mil  kilómetros   cuadrados,  donde  ya había  poblaciones,  instituciones, creencias, etc. Primero, parte  de Reinos  de Nueva España  (virreinato) o Nueva  Galicia; y luego del  naciente México  que  surge cuando Guerrero  e  Iturbide consuman la  Independencia.

Para  nada eran  poblaciones y  tierras  adictas o influenciadas como  colonias  británicas. Eran  francesas o  españolas y luego mexicanas,  como las  hoy: California, Nevada, Utha, Arizona, Nuevo  México, Tejas,  sur  de Colorado  y Wyoming.

Ese año  de 2004,  desde  Harvard   el profesor  Hungtington publicó  el provocador  estudio: “El  reto hispano”.  Ahí lo  que generalmente era  saludado  como  la  llegada del bilinguismo  a  Estados Unidos, era  ya  presentado  como  peligro. Escribió Hungtington: “El flujo  persistente de inmigrantes hispanos, amenaza con dividir a Estados  Unidos  en dos pueblos, dos culturas, dos  lenguas”.  En otras palabras: amenaza la identidad  de Estados  Unidos, caracterizada por  ser  de gente “blanca, protestante, de habla  inglesa”.

Con apoyo académico, vino un  inesperado retroceso  a  volver a  rechazar -con o  sin disimulo-, a los  “diferentes” o sea: de otro  color,  de otros idiomas madre,  de otra habla.  El “país de inmigrantes”, como que  retornaba al  “nativismo   burdo”, tan  falto de  solidez como para rechazar  de   entrada  a los primeros pobladores, con quienes   negociaron y  luego guerrearon los  primeros  colonos  y luego  los “nativos”  de cultura europea.  Eso, para nada  es igualitario, democrático  o  de país  de  libertades.

Volvió  la   confrontación  entre los   que  toman  en serio   su Estatua  de la Libertad,  dando la bienvenida  a  los  refugiados con las últimas palabras   del poema “El  Nuevo  Coloso”: “…dame  tus cansadas, agotadas, acurrucadas   masas  deseando  respirar  aire  libre.  El  maldito  desecho  de  tu  repleta   orilla.  Mándame  a  esos  seres  sin  tierra   que la  tempestad me trajo. ¡Alzo mi  lámpara  junto a la puerta  dorada!”; y quienes el aislacionismo,  la  discriminación,  el   autoritarismo y la insolente   arrogancia atraen, por necesitar su  enfermo narcisismo   sentirse  mejores a los  demás.

En  ese   conflicto  de ideas   y propuestas   estamos  de  nuevo.  Porque lo discutido  y llevado  a  cabo en Estados  Unidos,  resulta de importancia clave para  el mundo, desde  que las monarquías  absolutas   fueron retadas y   vencidas   desde América, con inmediata  repercusión  en  Francia.

Ahora mismo  el  ex presidente de  Estados Unidos,  George W. Bush,  republicano como  Donald Trump,  acaba  de  afirmar  en Nueva  York   que las  políticas  que se  cierran a  la inmigración  en  Estados  Unidos,   que  alientan el “nativismo “ y   se oponen  al libre   comercio: “son  contrarias a  los  verdaderos valores  de  Estados  Unidos”.

Criticando, como  nunca  antes  un  ex  presidente  al   presidente  actual de Estados  Unidos, Bush  sostiene:  “Las  medidas  proteccionistas -cerrarse  al libre comercio- traen consigo conflicto,  inestabilidad  y pobreza…”. Se  consigue con el aislamiento  todo lo  contrario a la  “grandeza  americana”.

Bush  también    se  manifestó contra  “el fanatismo y  la intimidación”  que   caracterizan a la nueva administración  de la  Casa  Blanca.

Respecto  al temor  irracional hacia  la globalización,  dijo:  “No  debemos  desear  que termine  la   globalización, como  tampoco podríamos  desear    el  final  de la  revolución agrícola  o  la revolución industrial. Fortaleza de las sociedades libres  es  su capacidad para  adaptarse  a las  perturbaciones   económicas y  sociales”.

Americanos,  republicanos, conservadores, pero nada   tontos,  están  contra los fanatismos  reciclados  y los   odios  enfermos   que  primero  fastidia  a quien los alienta.