En la calle de enfrente

Por Humberto Aguilar

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Sinopsis: Daniel entra en una etapa poética en su narración como a continuación lo leemos…

Solitario en la ventana que da al mar, me entretiene mirar el paso de las aves del mar: tijeretas de afiladas alas, veloces volar de sur a norte, de norte a sur; pequeños Martín Pescador sobre la superficie de aguas tranquilas, tomar al vuelo pequeños peces que suben a las aguas menos frías, bandas de Alcatraces a gran velocidad, pelicanos acompañados, siempre, por gaviotas. Especies diferentes todas, vuelan todas con un mismo propósito, comer lo que produce el océano. A condición de saber cómo.

Temprano se les ve cruzar de un lado a otro. Bandadas  de unos, de otros en armónicos vuelos. Los Martín Pescador, lucen alegres y curiosos. Son pequeños, decididos a tomar al vuelo peces pequeños, en aguas de la superficie. Rápidos, ágiles, apenas si tocan el agua con el pico.

El espectáculo grande de todas las aves, es mirarles competir a todos si llega un cardumen de sardinas empujadas por una corriente marina y por las familias de delfines.

Se confunden unos y otros en la pesca, La banda de alcatraces incansables se dejan caer de picada por un pez, los pelícanos  se clavan en el mar a llenar esa bolsa que les cuelga con el peso de lo que de un solo chapuzón han atrapado.

Imposibilitados para levantar el vuelo de inmediato, con la bolsa repleta, flotan y nadan, les escurre el agua y asoman algunas sardinas sorprendidas que tratan de salir inútilmente; las gaviotas al vuelo les pelean y roban la sardina sin llegar a mojarse las patas.

Todas las gaviotas roban igual lo que pueden, los pelícanos permiten el robo para tragar lo que conservan en esa gran bolsa plegable, lo que no es fácil por la cantidad de sardinas atrapadas al golpe.

Las gaviotas no se tiran a pescar, solo roban con habilidad un bocado, lo pelean y lo exigen hasta lograr sacarlo de la bolsa. Permanecen en vuelo de la misma forma que los colibrís toman el néctar de una flor.

Con el peso de la pesca en esa bolsa, los pelícanos finalmente tragan, se toman unos minutos sobre el agua, se dejan llevar por el vaivén hasta digerir un poco.

Para volar de nuevo, con sus patas palmeadas se impulsan, toman vuelo, corren sobre la superficie, como un avión que despega de esos portaviones en guerra hasta desplegar sus alas.

Esas gaviotas permanecen en la fiesta para caer sobre nuevas víctimas, el pelícano se pierde en el horizonte.

Se terminó la fiesta en el momento que los delfines satisfechos  se alejan liberándose en el fondo las pocas sardinas que tuvieron suerte de escapar. Posiblemente las veamos enlatadas con salsa de tomate en la tiendita del pueblo.

Dos personajes destacan en el pueblo, nuestro amigo que nos cuenta historias increíbles en la plaza, todas diferentes sin repetir una sola, en las que es siempre el protagonista principal.

Desde navegar en altamar en naves japonesas que matan ballenas para industrializar y comer de ellas, hasta otras naves que pescan en Alaska, grandes cangrejos. Para confirmar sus historias nos ha mostrado tatuajes en los brazos y en el pecho, para certificar con ellos todos esos viajes.

El otro personaje se llama David, este no tiene historias que contar, elude hablar de su vida. Quienes le conocen afirman que es un excelente cocinero, trabajó en su juventud en un puerto turístico al sur llamado Las Peñas, lugar que conocimos a distancia en ese viaje de recreo organizado por los pescadores para celebrar el regalo que entregó la maestra Rosa.

Perdió su carrera por su afición al alcohol. Don David se refugió en el pueblo, vive en un jacal que él construyó cerca de la playa. Con dos amigos trabaja cada mañana en la tarea de limpiar el pescado que compra en la playa la gente del pueblo no sé si los pescadores les pagan, pero no les va mal, reciben propinas que luego se reparten por partes iguales.

Además al terminar cada jornada, toman las piezas de pescado que quieran llevar a su casa. Don David prefiere unas cabezas del pescado que ha limpiado, si es viernes le toca cocinar para todos. Por la noche comparten los pescadores las delicias que cocina, lo mismo pescado  que uno o dos pechos de tortuga. Asadas en su misma concha.

Es usual en el pueblo un asado de la misma forma. Con la leña encendida, se recarga el pecho de tortuga en las brasas, su grasa natural asa la carne aun pegada en la concha hasta asarla al gusto de quién ha de consumirla.

Como botana para empezar la reunión semanal de los pescadores, ofrece el pescado que llaman bota, preparados en su misma piel, asados a los brasas sazonados con yerbas que tienen a la mano. La carne de la bota se cocina en el interior de su dura piel. Es un banquete, afirma tío Alfonso que asiste cada viernes a esta reunión para festejar el fin de semana.

Es abundante lo que David prepara en su cocina, que no es más que un par de parrillas, una grande, con un buen espacio para leña, la otra más pequeña con varas de mangle para ahumar con ese sabor un buen pescado zarandeado con una combinación de ingredientes hechos por él mismo. Es otra de las delicias de este gran personaje a quien he conocido en la playa.

No fallan los estofados y sopa de aleta de tortuga, caldos de pescado, platillos que aprendió el tiempo que trabajó para un hotel o un restaurante, las recetas las conserva en su cabeza o él mismo las crea en sus ratos de inspiración frente a su rustica cocina campera.

Tío Alfonso afirma que podría hacerse rico con tantas cosas que sabe cocinar, pero David prefiere su forma de vivir, en una choza y con una buena botella de ron.

Para asistir a estos banquetes allá en su jacal, la cuota es llegar con una “piernuda”. Esa piernuda no es otra cosa que un galón de ron blanco, lo toman con coca cola y una gotas de limón, al trago le llaman “cuba libre”. Otro tipo de bebida es el “changuirongo”, en lugar de ron, es  mezcal llamado tequila.

No faltas las “retas” a golpes. Si en la semana hay diferencias entre ellos, fricciones por cualquier cosa, al rato, con los tragos, se calientan los ánimos, discuten y terminan a golpes en la playa, hasta que uno de los dos pide paz.

Regresan a seguir la parranda, todo queda igual, sin rencores. Solo cuando se trata de una mujer, los golpes son casi a muerte… Bueno, eso es solo un decir, no dejan de ser amigos solo luego de media hora, cansados se dan la mano y siguen la juerga, sin ganador, sin derrotado, todos disfrutan la reta.

Cada viernes, la invitación es a “llórale y llórale”. (Continuará).