Historias verdaderas

Por Humberto Aguilar

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Sinopsis: Sayulita podría tener muchas historias para el mundo, incluso en la época actual. Las de Daniel parecen increíbles pero son verdaderas…

Divertido por los sucesos de la fiesta tío Alfonso regresa a casa, pasado de copas o con intenciones que luego se manifiestan en la cama con la tía. Se escuchan murmullos, quizás reclamos. Luego algo así como breves gemidos, finalmente todo es quietud. El músculo duerme.

Esa noche, me había escapado por la ventana, nadé solitario, poco después llegó esa familia de delfines que me es conocida por tener una pequeña mancha en la frente con figura de una estrella. Es un lunar que brilla como espejo con la luz de la luna llena.

Nadé con ellos un rato hasta cansarme, me despedí con un saludo militar, saltaron alegres con un concierto musical de suaves tonadas, como aquella primera noche con ellos.

Regrese a tiempo, me tiré de espaldas en el petate, con la sabana seque el agua. Así escuché el regreso de tío Alfonso.

Bien temprano, apenas despuntaba la luz de la mañana, el ruido en la cocina me despertó. Se dejan sentir en el ambiente los aromas de cocina. No me moví hasta sentir la suave caricia de la mano de mi madre que sacudió suavemente el hombro para despertarme. Minutos después ocupamos un lugar en la mesa.

Cazuelas de barro al centro, tortillas recientemente hechas en el cesto. Todo listo y en orden, sin prisas, solo mis primas hablaban discretamente.

El último en llegar fue tío Alfonso, destaca su atlético cuerpo enfundado en una playera azul cielo. Sin mostrar efectos de la desvelada; besó la frente a mi abuela, tocó el hombro de mi madre y besó a sus hijas que tomaron sus manos acercándolas a sus mejillas. Respondimos todos a su; buenos días.

Intercambio sonrisas con tía Esperanza que ya repartía el desayuno con rebosante taza de café de Capomo.

Chilaquiles, frijoles refritos en manteca de cerdo. A discreción. Mis primas prefieren huevos estrellados, a tío Alfonso huevos de tortuga revueltos con picosa salsa de chile piquín, que se da silvestre en el monte.

Una mañana normal, sábado y domingo de béisbol si hay temporada. Esta vez no habría juego. En familia disfrutamos ese desayuno que recuerdo en forma muy particular.

Entendí la relación de pareja, entendí que el hombre necesita a la mujer, la mujer al hombre, que mi madre está sola y si mi padre no aparece, con seguridad, ella tan joven, va a aceptar a otro hombre que no va a ser el padre que me engendró en su vientre.

Sentí celos de momento, pero entendí que ella necesita las caricias  de un hombre, como las ve en su hermano con su esposa.

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LOS TRES PELÍCANOS

Fue una mañana de buena pesca, de muchos clientes en la playa. Es  el mercado todos los días de pesca.

Llegan las pangas repletas de todas las especies, cada tripulación las empuja a lugar fuera de la marea, en el sitio se acumulan cajas de plástico. Se llenan por tamaño y especie: sierras, dorados, en contenedores de colores diferentes, unos más largos para enormes pargos, que de solo mirarlos se crean fantasías. Imaginar su captura es una proeza por la fragilidad de las embarcaciones, la calidad y fuerza de la tripulación. Ponerlos a bordo merece ser conocida por todos, cada animal pesa arriba de cien o más kilos. Me asombra mirarlos sin vida, qué tanto más debe ser atraparlos en una red o con un arpón o lo que sea como lo hayan dominado.

Afirman los hombres de mar que el pargo llega a crecer más grandes aún en zonas rocosas, en sitios donde se protege de depredadores, quizá sea esta especie, muy especial. En fin que mirarlo en un contenedor sin vida, fue admiración de todos, orgullo de quienes lograron atraparlo.

Esta mañana fue abundante cosecha en la pesca: huachinango de esplendido color que brilla con la luz del sol. Fueron seleccionadas todas las especies que son muy apreciados en los mercados de la ciudad.

Otras menor calificadas son la plateada mojarra, los gallos que en lugar de plumas tienen una cresta como antena, con la corvina llenan más y más contenedores.

Despreciadas por todos. La sardina y la cueruda son echadas a la arena a pelícanos y otras aves marinas.

Esas botas del mar son peces de piel muy gruesa de color gris pardo inapetesíbles a simple vista, feos hasta la pared de enfrente, dice mi abuela. Solo los muy conocedores saben prepararlos. Esa persona es sin duda don David.

Ha seleccionado las más gordas, las ensartó en una vara de mangle y las ha colgado de un clavo en la mesa. Es noche de viernes, es noche de fiesta en el patio de su jacal. Esa noche de viernes, es noche de piernudas.

Como vecinos ruidosos se mueven en la playa las aves marinas. Pelicanos, gaviotas, fragatas, Martín pescador, todas las que se animan a llegar disputan lo que se desecha por los pescadores, Imagine una batalla campal, el más veloz y atrevido es quien más atrapa las sardinas que vuelan de las manos de pescadores a la arena. El revoloteo es de fiesta.

Entre clientes, pangas y trabajadores del intermediario, cada cual en lo suyo, activos se mueven de uno al otro sitio. Sin participar en la revuelta playera, el rico intermediario, al pie de enorme troca de redilas, observa, da instrucciones. Abre la boca de lado para que brille el oro incrustado en su boca como dientes relucientes, gruesas cadenas de oro y plata cuelgan de su cuello, pulseras que llaman esclavas, en la muñeca, dan cuenta que le va muy bien en su negocio.

Se lleva todo lo que puede cargar en cajas de madera o de plástico, todo es evaluado en kilos en una báscula que ellos mismos traen cada vez que viene por la pesca. Es para él esa prosperidad que luce en boca, cuello y en las dos muñecas.

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RECUERDOS PARA SIEMPRE

Ese viernes me ha dejado un sinfín de recuerdos, esos que se quedan por siempre.

Fue que en ese ambiente, un mar de gente, de revoloteo de aves, hombres y mujeres de un lado a otro apurados por escoger lo que van a comprar, pescadores que se dividen en varias tareas para seleccionar y llevar a la báscula el producto, caen de pronto entre todos, tres pelícanos que perdieron el rumbo.

En lugar de bajar suavemente con el resto de las aves, se trompicaron con la gente. Chocaron a sus pies, junto a las pangas.

No fueron bien recibidos, luego de la sorpresa por su forma de llegar, a puntapiés los alejaron sin éxito, insistían en estar allí, seguramente hambrientos pero algo más se dejaba ver en estos tres animales del mar.

A golpes lograron alejarlos. A la distancia Don David miró la escena, compadecido se acercó con la sarta de botas que había seleccionado. Los tres levantaron el pico para tratar de comerlos, pero solo fue para que le siguieran hasta la mesa de trabajo donde finalmente les dio casi en el pico, botas con otras especies que nadie apetecía.

Solo don David entendió lo que ocurría, los tres pelícanos ya estaban viejos y se quedaron ciegos.  Estas aves desde que empiezan a volar, se tiran de clavado en el mar para comer. Son insaciables, pero los golpes en la cabeza con los ojos abiertos se han dañado.

El Cheri, que sabe mucho más que yo, nos ha contado como los pelícanos mueren: “son aves que nacen en lugares apartados, una isla desierta, un bosque cerrado o un sitio desconocido. Aprenden a volar y a partir de ese momento, deben buscar su alimento y este lo encuentran siempre en el mar.

Vuelan en grupos hasta encontrar con su vista enjambres de sardina, se tiran de picada una y otra vez hasta que ya no pueden más.

Así pasan todos los días hasta quedar ciegos por tanto golpe en el mar, posiblemente enloquecen y terminan por suicidarse. Se matan contra una roca o se hunden en su último clavado.

Los pescadores, -sigue- como don David, se retiran de este duro trabajo, si no mueren en el mar, buscan vivir el resto de sus días en un pueblo como este, cerca del mar, al olor del agua salada, del aroma de mar. La historia de esta charla, lo sabríamos tras de este episodio de los tres pelícanos.

Ya en su mesa de trabajo, David animó a los tres pelícanos, les dio en el mismo pico, revivieron, graznaron felices. Desde esos momentos, David adoptó a estas tres aves que no volverían a volar, se quedarían allí donde este hombre ha construido su jacal de vara trenzada, protegida con techo de palma. No les faltara algo para comer.

En su mesa de trabajo, don David terminó la tarea con las tortugas, el vientre de cada una fueron alimento de los tres pelícanos. Parecían chamacos en domingo de bautizo, animados por el bolo padrino.

Terminada la tarea, David animó a los tres a seguirle hasta su jacal. No se hicieron de rogar, muy formales, le siguieron uno tras del otro. Perdieron la vista, pero no el olfato. Entendieron que este hombre, sin habérselo propuesto, encontró a tres amigos que iban a ser inseparables. (Continuará).