En lugar de democracia, adivinanza

Enrique Peña Nieto.

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Aquí nos parece “normal”,  pero  en los países que han tenido la oportunidad de  darle turno a la democracia,  les  causa  risa  la  forma  como  el  sistema político  mexicano  maneja la   sucesión  presidencial  “para no dividirse”.

Característica  de la democracia es  que toda  persona  en uso de  sus derechos puede  votar y  ser votada; que  “el pueblo  elige”, su voto cuenta y  se  cuenta;  que hasta después  de   contar bien  termina la incertidumbre identificada con  lo  democrático.

Como  país  autoritario que  somos,  se  siente  como  lo  natural que el  gobierno -que el  Señor Presidente   en turno-  asuma y  lleve  a feliz  término  su gran responsabilidad del   sexenio:  sacar  a  tiempo,  en paz, después de   votación   pública, la  sucesión  presidencial.  Eso  significa  que  el Presidente es el  gran  elector,  el manejador   de todos   los  recursos  para  “hacer   creíble el proceso”, así  como  el  patriota  responsable  que   sabrá poner en  Los Pinos  a quien deba,  dado que  conoce la  situación    a   enfrentar, y  lo  bueno y  lo  malo  de   cada prospecto.  El  Señor  Presidente  es  “el  hombre  mejor informado del país”  y  por supuesto el más dispuesto  a sacrificar  sus  gustos  e intereses  personales  “por el  mayor  bien  de la Nación”. ¿Acaso  no “dejó” Lázaro  Cárdenas  a Manuel Ávila Camacho,  en lugar de Mújica  u otro de  izquierda?  ¿Y no  puso Miguel   Alemán   a  Ruiz  Cortines   y  no  a  Casas Alemán o  cualquiera   de  sus socios?

Por  eso, cada   seis  años, el ejercicio de la   sucesión  presidencial en  México   es para los mexicanos un  juego  de adivinanza, no un ejercicio   democrático.

El  asunto  es “atinarle”, igual para quienes  de  eso  depende la impunidad, el poder y  más   dinero, como del  simple mortal que trata de  imaginar  que quien siga no  será  peor que el presente.

Fuera de caso  excepcional,  donde asesinan a  candidato, la  adivinanza se   reduce  a   términos  razonables,   en cuanto  presentan  a  los    candidatos   de  cada  partido… y  ahora  los  dos  “independientes”.

Entre  esos pocos   aceptados  está “el  bueno”.

De  ahí en adelante, quienes  tienen  contactos internacionales  apropiados, en Nueva  York o Washington  pueden  saber quién   es “el  bueno”, con igual  facilidad   de conocer a tiempo  quién  será el próximo alcalde  de  Jilotlán  de los Dolores,  si tiene suficiente amistad con  quien  manda en Palacio  de Gobierno  de  Jalisco.

Pero quienes no   tienen  esa  cercanía   con  el poder  real,   necesitan  acerarse  información,   despojarse  de preferencias y  hacer el  ejercicio  de  adivinación, más  complicado cuando  andan  asustando  con “el petate  del muerto”.

¿En qué  consiste  esa información? En  revisar  cuál  es el  proyecto de  país que han  empujado  los  últimos  presidentes,   para  en seguida encontrar, de entre los candidatos  (as) quién  se vería mejor como operador de  la  continuidad de ese proyecto.  Sólo  en  casos abrumadoramente  cambiantes,  como  cuando  se  prepara  el  mundo  para  una   guerra  y el  proyecto “nuestro”  cederá en  importancia  ante el  enfrentamiento de  los poderosos,   el procedimiento   de “adivinación”  tendrá  éxito si  sabemos  despojarnos  de  simpatías  y  antipatías, para ponernos en las botas de quien  se  debe  asegurar de: continuidad,  impunidad,  compromiso con  proyecto  de país  y ningún rechazo extremo de  la  población.

Sobre  todo no  caer en  juego de la  farsa  y tener presente  siempre la naturaleza   de nuestra  Dictadura  Perfecta, donde todo está  en  manos del Señor Presidente:  dueño del balón,  de los árbitros,  del  marcador, de  los equipos  -lo  mismo  los de imposición que de los  de “oposición”… ah  y  también dueño  de  la “crónica  oficial”, donde  van  adelantando  episodios de  la  telenovela  sexenal y  comentando  los diarios  capítulos  como  si se tratara  de algo  real-.

Así  la  adivinanza actual, resulta frívolo y hasta  necia   la  afirmación del semanario   de la Arquidiócesis   de  México,  que en su  afán   de mostrarse “oposicionista” , afirma que  “las  reformas  estructurales de Peña  Nieto” no  sobrevivirán   a  este  sexenio.  Esas son  muchas  ganas  de fastidiar por  fastidiar hasta  a la realidad.

Olvídense de lo educativo, fiscal  y hasta de lo  global  anticorrupción,  nada más   céntrense  en  el  final del  mito: “El Petróleo es  Nuestro”,  de lo que llevan  avanzado  en paz  y razonen  con  los  sacristanes  chilangos si  van a  aceptar  reversa a cuanto   llevan  avanzado  respecto  a las nuevas  políticas  energéticas internacionales.

Obvio resulta para quienes miramos  publicaciones internacionales: Peña  Nieto se animó a  entrarle, donde  a otros  presidentes les temblaron las piernas.  Peña  Nieto mostró ambición desmedida y manejo fuerte de operadores políticos, para  hacer obedecer  a  políticos  tentados a  ser  “maiceados” de acuerdo  a la magnitud  del  “cambio histórico”.  Sacó adelante la  reforma y  los dejó  de “huachicoleros”, ya no de  contratistas o   intermediarios. Ya  sin  cuentos,   las  petroleras  mundiales,  dueñas del energético,  están  en  nuestras   esquinas, listas  para vendernos lo  suyo.

¿Le  van a dar  atrás a  esa realidad, sólo  porque   a unos curas  capitalinos   les   molesta que  la haya  implementado  Peña Nieto?

Esas no  son  ganas  de  adivinar. Son ganas de fregar.

Menos  mal   que los  católicos  ninguna obligación tienen  de tomar en serio   esas pasiones;  menos si no  son curas   de  su diócesis  o   arquidiócesis.

Volvemos al punto: En cuanto haya  candidatos ¿quién  de ellas o  ellos,  sabe  y puede llevar  adelante la  reforma petrolera?

Claro que  aún  así puede complicarse la vida,  angustiándose    porque  Rockefeller  aguanta   a  Maduro que le  cumple  con  entregas  de  barriles, como el  más  sumiso gerente   del negocio más  capitalista.

Ahí sí,  la  adivinanza  inocente, se pondría  en chino.