Aventuras de un pintorGente PV

La Modelo

Por Federico León de la Vega

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Ella llegó cinco minutos antes de la hora acordada. Cruzó por el jardín y entró sonriente.  Raúl no llegaba; él era puntual para las citas, pero ese día no llegaría. Después de mirar la hora, se quitó su reloj, pequeñito y femenino, lo acomodó  a un lado de su bolso y dio unos pasos detrás del biombo. En segundos reapareció, desnuda. Colocó su vestido rojo cuidadosamente  sobre  una silla. Dieron las once con cinco y no deseando esperar más, comenzamos. Era la rutina de cada miércoles a las once. Diez  poses rápidas de 3 minutos, para calentar el lápiz. Me sentí especialmente ágil ese día. Cada trazo salía rápido y certero. Jazz clásico en el radio,  luz brillante cruzando  por la puerta que daba al jardín. Con el privilegio de estar yo solo con ella, no tenía que consultar a mi compañero de taller sobre qué pose pedir. Es interesante la sensación de humilde humanidad que inunda los talleres de pintores cuando un cuerpo desnudo está presente: no importa que tan perfecto sea, nos recuerda que compartimos  fragilidad y temporalidad.

Pasó media hora y tomamos un descanso. Se puso una bata, se estiró con movimientos de ballet y charlamos. Le ofrecí una limonada. Me platicó acerca de sus clases de baile y la obra de teatro en la que estaba llevando un buen papel.  Ese día la compañía descansaba, no había función y por lo tanto ella no tenía prisa.

Comenzamos de nuevo. Otra vez silencio, excepto por los raspones de carboncillo contra papel. Su cuerpo pálido y leve, pero fuerte, como bailarina que era, resplandecía con la luz del jardín a mediodía, mientras yo imitaba las formas de su piel en blanco y negro. El verde del césped era muy brillante y contrastaba con el color complementario del vestido rojo en aquella silla; era una combinación espléndida.

¡Vístete! le dije de pronto…y haz lo que te venga en gana. Creativa como buena artista del baile y liberada de poses, levantó los brazos para dejarse pasar el vestido, cogió la silla de director y se encaramó en ella, como desafiante.  Resultó perfecto. Me apresuré  a traer caballete, paleta, pinceles y tubos de óleo. Entramos con soltura por ese tránsito al hemisferio derecho de cerebro en el que no existe el tiempo, ni el hambre, ni las ganas de ir al baño. Mis ojos la veían, ella los sentía por cada parte en la que se posaban y mi mano obedecía órdenes. Ambos concentrados en el concierto de estar creando algo bello y concientes de que ninguna pose puede sostenerse para siempre.

Dos horas pasaron como agua. ¡Quédate! le rogué, mientras sobaba sus pies para recuperar la circulación. Volvió a hacer movimientos de ballet, estirándose. Sonrió y aceptó sin chistar, quitándose la bata. Volvió a la silla. Yo sabía que estaba muy cansada, pero ella sabía que íbamos muy bien. Lo digo en plural porque en ese cuadro, la mitad del mérito fue de la modelo, pues creó la pose y la magia que le siguió. A las dos y media de la tarde declaré que habíamos terminado. Nos dio en seguida un hambre feroz. Pedí unos bocadillos,  comimos, le pagué y se despidió. Quedé, como pocas veces, encantado. Esa tarde pasé otro rato dando toques finales y luego firmé; pero no cesó ahí el encanto. Tres días después recibí la visita inesperada de un hombre de negocios. Era director  de una casa disquera (EMI), dijo, y quería ver obra mía. No hubo dudas en su decisión: cuando vio a la bailarina encaramada en la silla de director yo supe que se había prendado de ella. Me dolió, porque me duele desprenderme de cada buena pintura que logro pintar y que hubiera deseado conservar. Desde luego  tampoco hubo dudas por mi parte, de que lograría mi buen precio. Así se fue “Caprichosa” –así nombré ese cuadro- de mi estudio para quedar  colgada en una oficina ejecutiva.