La gaviota humana

Por Humberto Aguilar

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Sinopsis: Crece Daniel y las reflexiones sobre su vida lo llevan a tratar de tomar decisiones como esta de tratar de vivir en el mar con los delfines y la de escalar las montañas de la Sierra de Vallejo…

No se crea que le moleste, Gaviota por aquí, gaviota por allá, acude  con la intención de hacerse útil, ganar confianza, servir sin cobrar algo. Solo de sorpresa toma lo que está mal puesto, lo mira con intención del hurto.

Si lo miran y le reclaman, suelta gran carcajada, regresa lo que ha tomado… Resulta aquello de: si me miraste me gana la risa, si no me has visto, te jodiste.

En cada caso, sobre todo si es algo de valor, la Gaviota vuela, se va del pueblo.

Desaparece por un tiempo, regresa muy tranquilo, como si nada hubiera pasado, niega todo si le llegan a reclamar, jura inocencia…”la gente habla por hablar”, dice y sigue su camino.

Solamente cambia su imagen por su afición al béisbol. Es fiel al juego de pelota. Destaca ser fanático del deporte.

En la temporada, es fiel al equipo de este pueblo, es el utilero, carga las bolsas de pelotas, de bates. En el juego los mantiene en su sitio. Toma mascota y careta para calentar al pitcher abridor.

Se persigna con devoción, le desea suerte, anima la jornada con gritos, pide a los espectadores animar a su equipo en los momentos necesarios. Es incansable hasta terminar. Ganar o perder es parte del juego, solo él no pierde el entusiasmo para animar al equipo en todo momento, gane o pierda.

Es su pasión el béisbol, hace olvidar el pasado, en la cantina le invitan una cerveza, canta al primer llamado incluso con una guitarra del dueño de la casa. Él mismo la afina, suelta la voz con entusiasmo.

Si no hay festejo, recupera los bates rotos, si es posible los repara, pega las partes rotas, los pega con una goma que conoce. Afirma que exprime a ciertos árboles de las cercanas montañas. Dice que es el secreto que lo va a hacer rico.

Regresa el bate al equipo, pero si no tienen salvación, los repara y los regala a los muchachos que ya juegan este deporte.

En el camino, fuera del béisbol, la gaviota humana no pierde sus características tan semejantes a esas aves del mar.

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VOLAR, VOLAR Y VOLAR…

Otras gentes del pueblo, tienen características parecidas a los animales que conozco. Yo mismo creo tener algo de los delfines. Tenemos los cinco amigos la misma semejanza con estas aves que vuelan en su elemento, el mar.

Nadamos igual que ellos, aun cuando no somos tan rápidos ni duramos tanto tiempo bajo el mar.

Jugamos lo mismo, dentro y fuera, somos unidos como esa familia de delfines que vemos tan cerca de nosotros cuando nadamos y jugamos en mar abierto.

Hasta lo que nos es posible les imitamos. Nos ven, curiosos, les miramos, parecen reír con nosotros, luego se alejan veloces, se pierden en su elemento para regresar de nuevo frente a nosotros.

Creo tener como ellos, el gusto de vivir en el mar, con la disposición de salir, caminar vivir con nuestra familia en casa, junto a mi madre y a mi abuela, con los tíos y mis primas.

La semejanza terminal salir nosotros de este océano tan maravilloso en todo lo que se puede imaginar.

Todo es volar, las aves, los delfines en el mar y yo con tantos sueños en los que me veo, con angustia por tratar de conocer a mi padre, con emoción por ir con mis amigos a la montaña y con el deseo de vivir en el mar con los delfines.

Me veo envejecer, como los pelícanos. Me da miedo terminar igual que ellos, ciegos y vivir de la limosna de un amigo en un lugar perdido en el mundo. Quiero rezar, pero no sé cómo pedir a ese Dios al que se le reza la casa, como mi abuela con su rosario que hace oración en cada bolita. Ella y mi madre se unen a sus vecinas, no veo que lo hagan mis tíos y mis sobrinas, aun cuando nos acompañan para escuchar la misa del cura del pueblo.

Escucho pero no se rezar, aun cuando ya acudí a esa primera comunión convocada por el cura a la que asistió el obispo.

Simplemente no se escuchar o me falta saber cómo pedir a ese Dios que nos vigila desde lo más alto, como afirma mi abuelita.

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ME CAYÓ EL VEINTE

A mis casi diez años o un poco más, reflexiono en ciertas referencias en torno a tío Alfonso y nuestra familia que me han dado a entender cosas que deben tener una razón.

Por ejemplo, mi tío es la única persona que habla perfecto el idioma inglés, lo conoce desde muy niño, fue educado en escuelas de esa tierra donde vivió con su papá que seguramente debe ser mi abuelo, de quien jamás hablamos en casa.

Ha procurado el tío no hablar de esto, se reserva el tema, solamente sabemos que al llegar y establecerse aquí, cortó toda relación con su vida anterior para dedicarse como todos los hombres de este lugar, a la pesca.

Tenía experiencia en esto, aportó lo que sabía, Don Rodrigo es desde siempre su amigo, compañero y hasta compadre. Juntos integraron la cooperativa.

Sin pretensiones actuó como uno más de los hombres. Aun así su actitud sencilla ha sido motivo de envidias que trata él de no tomar en cuenta, en cambio Don Rodrigo las hace suyas, pelea y discute con el grupo de campesinos que buscan el control del ejido y de la cooperativa.

Tío Alfonso para vivir aquí, pagó derechos para pertenecer al ejido, compró el terreno y construyó la casa donde vivimos, la hizo con ladrillo y cemento que le llegaba de Tepic. Su esposa y sus hijas, que llegaron muy pequeñas, se adaptaron a la vida del pueblo. Tía Esperanza buscó la amistad de todas sus vecinas, con frecuencia les auxilio desde el primer momento, le respetan sin dudar.

Fue hasta que construyó esta casa y formó la cooperativa, cuando viajó en su troca a buscar a mi abuela, a su mamá y a su hermana, que es mi madre y las encontró en ese pueblo del sur, pobres, sin futuro a causa de la guerra Cristera.

Ellas dejaron todo para venir con él, mi madre ya me tenía en su vientre. Unos meses después vine al mundo con auxilio de mi tía y unas amigas que le ayudaron en a mí nacimiento.

Muchas cosas más ocurrieron durante el tiempo que empecé a crecer y darme cuenta con felicidad, que he nacido en este lugar tan maravilloso. Llegó el tiempo de la Guerra Mundial, el encuentro con la maestra Rosa, los servicios que ella hizo para su país en la cosecha de coco, el servicio como maestra de todos los chamacos del pueblo, la correspondencia que ha mantenido desde entonces con tío Alfonso, la visita que hizo ya terminada la contienda mundial para terminar de liquidar lo que se les debía a todos los que participaron en tres años de cosecha del coquito de raspa.

Aquel huracán que arrasó el pueblo y la costa mexicana dejó a todos aquí sin casas, sin cobijas y con muchos desaparecidos. La maestra Rosa, consiguió que su país regalara a la cooperativa nuevas pangas.

Los pescadores volvieron a salir al mar y colorín colorado.

Recordar estos pasajes me hacen entender cómo es que tío Alfonso con su familia, son diferentes al resto de las familias de este pueblo. Se han ganado respeto y cariño de todos, salvo los campesinos que se han dividido y forman un grupo que se alterna con Don Rodrigo para ser directivos en el ejido.

Une a todos la enorme dotación de tierras que tiene el ejido. Crecen varios pueblos en la costa y otros en mitad de las montañas; explotan  madera de sus bosques. Entiendo que son atractivos más que suficientes para vivir aquí, lejos del de la ciudad que dejó con una familia tan diferente a la de este pueblo.

Decidirlo tuvo que ser algo muy poderoso, como ese de buscar a su madre, la familia que dejó su padre llevándose solo a él muy pequeño. (Continuará).