Tierra de colores

Por Humberto Aguilar

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Sinopsis: Los cinco amigos maduran el plan de subir a la montaña todos con diferente afán como lo vemos a continuación…

De regreso a este mundo, mi mundo, el pequeño mundo de mi pueblo, siento que aún hay muchas cosas por las que debo estar feliz de nacer aquí. En primavera, sé que es primavera por la cantidad de colores que se ven a la distancia en estas montañas de la Sierra de Vallejo.

Más allá de los últimos potreros por donde salen los vehículos que llegan cada vez más a menudo, se hacen notar las manchas de árboles que se distinguen por florecer en distintos colores: Rosas, amarillos, naranja, violeta.

Los conocemos aquí en el pueblo y les llaman Palo Rosa, o primavera y otros nombres. Producen tantas flores que en semanas tapizan la tierra. Pequeñísimas abejas toman su miel en las ramas y anidan en los montes. Son insectos inofensivos.

En los poteros y en estas calles del pueblo, veo también que hay colores en el polvo. En temporada de lluvias el barro oscuro se endurece al secarse, en los potreros, algunas personas hacen adobes para construir casas. Mezclan este barro con buñiga de vaca y otros  animales de corral, se dejan secar hasta que se hacen duros y fuertes.

Construyen jacales tan sólidos que resisten las tormentas, otras familias que llegaron de otros pueblos, conocían la técnica de hacer ladrillos resistentes quemándolos con leña de los montes cercanos. Es buena fuente de trabajo, están a la vista, muy cerca del camino que une a estos pueblos cada vez más transitados.

En otros poteros de la región abunda tierra de colores. Rojiza, muy rojiza, hasta color naranja o barros oscuros de tonos débiles, hasta tonos muy fuertes, oscuros tan fuertes que en temporada de lluvias las trocas se atascan en cualquier sitio por donde tratan de pasar.

Para salir necesitan la fuerza de muchos hombres, colocan piedras o de plano con la fuerza de un tractor de los campesinos que progresan con sus buenas tierras. Llega la modernidad, dicen orgullosos y festejan el progreso con buenas fiestas y hasta con música de los grupos que recorren los pueblos en la temporada de cosechas.

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¡VAMOS A LOS CAJOS!

Las aventuras no terminan. Subir al cerro para ver a los marinos, es más difícil que ir al norte al pueblo más cercano.

Por la playa llegamos a un estero grande, los cinco llegamos y nos admira la cantidad de especies que viven en este lugar, protegidos por un bosque de mangle que rodea sus aguas saladas y dulces.

Saladas porque se conectan con el mar durante la marea alta que llega suavemente hasta el centro del estero, el agua dulce llega de las montañas incluso cuando no llueve. Son veneros, brotan, bajan en arroyos, nutren agua dulce al estero. Crece en temporada de lluvias, el agua llega al mar llevando a especies que crecieron. Es un pequeño mundo acuático que da vida a cientos o posiblemente miles de especies finalmente alimento de otras especies donde estamos incluidos nosotros, la especie humana.

El Cheri si nos acompaña por aquí, su rostro se tuerce. En una mejilla se ve la marca de la vara de mangle con la que le azota su hermano mayor. Está marcado de por vida, respira su odio, voltea su cara a las olas que se esparcen en la arena, respira profundo y toma parte en lo que hacemos.

Guarda en su corazón los sentimientos, su plan ya está hecho, nos apura a emprender la aventura en la montaña para salir del pueblo para siempre, ha dicho que si se queda, matará a su hermano, prefiere largarse como afirma, regresar a Veracruz a buscar a sus padres.

Nos une al veracruzano ese sentimiento, de ir con él a la montaña, sin decidir aun día y hora. Él mismo, como todos, teme al fracaso, al riesgo de lo desconocido en esa aventura que nos parece colosal.

Deseamos ir a esa montaña de los Indios Bandera, creo que vamos a ir finalmente, pero aún no sabemos cuándo ni cómo nos vamos a escapar, cada uno de su familia.

Los cinco amigos pensamos lo mismo: cómo salir sin despertar sospechas de nuestra ausencia por muchas horas, ir y regresar sin que se den cuenta no es posible, creemos todos que la aventura nos llevará por lo menos un día completo, para entonces ya estaremos de regreso con los tesoros que debe haber en esa cueva.

La sazón del asado nos abre el apetito.  Al cuidado de Mauricio todo luce y huele sensacional. Las varas de mangle dan un aroma que penetra hasta el fondo del cerebro, no se queman, ahúman lo que está en el fuego.

Cubre gran parte de la parrilla el pescado abierto por la mitad sobre sus escamas. En su momento, con auxilio del Cheri, lo ha volteado cuidadosamente, la grasa del pescado alzo el fuego, saltaron chispas por un buen rato, al dar vuelta de nuevo la carne lucía dorada y lista para brindarse a los cinco amigos. El ingenioso León, en la plática, había cortado apropiadas varas de mangle para hacer cinco tenedores, uno para cada uno, facilitar así comer rico y caliente.

“Solo nos faltan las tortillas de mi mamá”, dijo muy despacio Mauricio, en coro repetimos todos: “Y los frijoles de olla bañados con queso fresco”, Mauricio se rio a carcajadas, le hizo los honores al pescado que seguía en la parrilla con el rescoldo del fuego.

Solo El Cheri se apartó. Con un par de piedras, tomó una como mortero para abrir las tenazas de los cajos, humeante su carne, todos la probamos, una a una hasta terminarla.

Ese banquete se nos grabó en la memoria, juramos regresar una y otra vez, en tanto maduramos salir a las montañas, sin embargo, tardaríamos en regresar. Solo Mauricio tuvo el cuidado de lavar las varas de mangle y los utensilios que León hizo y los guardó en su morral que por costumbre lo cargaba para todas partes. El fuego se extinguió, solo quedaron las piedras como recuerdo.

El Cheri por instinto, corrió sin despedirse para llegar a su casa, quería estar antes que su hermano para evitar una golpiza más, el resto, regresamos al paso con el mismo tema de regresar, a la vista del pueblo cada cual tomó su camino sin un plan fijo para nada. (Continuará).