Decididos a todo

Por Humberto Aguilar

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Sinopsis: Llegado el momento los cinco amigos emprendieron la aventura de escalar la Sierra de Vallejo, afrontar todos los peligros como lo narra Daniel en su historia…

Solo unos días más tarde decidimos la partida. Otra vez El Cheri llegó tras recibir nueva golpiza que a todos nos dolió. Con rabia nos contó los detalles que no recordé, solo vi el verdugón provocado por la vara de mangle atravesado en su espalda, además lo bañó con agua de mar, maldiciéndole por una falta que no cometió.

Sin escuchar explicaciones su hermano salió  dejándolo tirado en el piso. “Ni uno más, nos dijo, me iré hoy mismo”. Sentenció.

Su gesto de dolor y de rabia, nos decidió. “Nos vamos contigo, aseguramos todos.  Partiríamos luego de embarcarse los pescadores a la diaria tarea. El Cheri fijó la cita; No se diga más, allí espero a quien quiera acompañarme. Dudaba de nuestra decisión, se alejó, decidido. Se irá con o sin nosotros, no cabía duda. En la playa los cuatro acordamos estar a tiempo.

Cada uno, regresamos a casa, con el temor de ser descubierto, comí lo que fue servido por mi madre y me retiré a tratar de dormir, escuche a tío Alfonso platicar con mi abuela, que le hacía las mismas recomendaciones de todas las noches que iba a salir a pescar. Mi madre y tía Esperanza, cenaron con ellos, cerraron su cocina y todos se retiraron a dormir. Solo dormité un poco, sentí en la medianoche que tío Alfonso encendió su lámpara de gasolina, se   caminó a la playa a su tarea de pescar.

Solo esperé un poco, salté por la ventana sin hacer ruido, con la luz de la luna me encaminé a la cita.

Los cuatro amigos estuvimos a tiempo, El Cheri ya nos esperaba impaciente. Su hermano no le pidió que lo acompañara, sabía que habría problemas, luego de conocer que la golpiza había sido por algo que desconocía. Lo miró tirado en el piso donde dormía, se alejó a la cita con el mar acompañado por la luz de su lámpara.

En el pueblo, solo se escuchaban voces que salían del bar, la pálida luz de sus cachimbas parecían morir, todo el pueblo dormía. En silencio llegamos hasta el último potrero, los perros que cuidan el ganado nos ladraban al sentir nuestra presencia, seguimos de prisa hasta el pie de la montaña.

Con el mismo ánimo cruzamos el camino de trocas y la Tropical que trae y lleva gente a los pueblos vecinos, fue nuestro punto para despedirnos de todo lo que ya habíamos dejado atrás.

A LA LUZ DE LA LUNA

Hasta entonces hablamos sin temor a ser escuchados. Cada cual con su forma de vestir para este gran momento, solo destaca León que presumía sus aventuras. El Cheri, aceleraba el paso motivándonos a delejar todo atrás, especialmente sus recuerdos. Con el rostro firme, lo que no podía dejar, son las huellas de los golpes de su hermano en la cara y en la espalda.

Solo viste un pantalón corto, desteñido por el tiempo y una camisa que lleva amarrada por las mangas a su cintura.

A la luz de la luna, su rostro parecía cincelado, duro, firme, decidido, como las figuras de los aztecas, como los habíamos mirado en los libros de la escuela. Nos fue difícil seguirle el paso por más de una hora, cuando empezó a relajarse y querer hablar.

León apresuró sus pasos, nos hizo caminar más aprisa hasta llegar a un bosque de Amapas, llenos de flores de colores. Tomo la palabra para indicar que debíamos seguir por donde baja el arroyo que está totalmente seco. “Es el camino más seguro, sin agua ningún animal salvaje se acerca, más adelante encontraremos agua, solamente debemos escarbar un poco donde se mire humedad.

Encendí mi lámpara, fue lo único que tomé de la casa, en esos momentos la luz de la luna no era clara, León aprobó que lo hiciera y bajamos al lecho del arroyo. La tierra estaba muy cerca y dudé que pudiéramos encontrar agua. En silencio camine y todos caminamos sin parar.

León y El Cheri, decidieron continuar por la ruta del arroyo seco.

Es el camino más seguro, dijo León, agregó enseguida: Más adelante, encontraremos agua, sin ella no vamos a continuar, Por debajo de la arena, corre el río, bastará con escarbar un poco.

El Cheri estuvo de acuerdo seguir por ese camino, difícil, la tierra suelta no permite caminar de prisa. En temporada de lluvia, arrastra hasta el mar pintando su color en el agua.

Consultó León su par de pulseras para decir: llevamos tres horas de camino, debemos buscar un sitio para descansar. Trepó hacia la parte de la selva por el lado sur, regresó luego de otear adelante con sus binoculares que colgaban en su pecho, Adelante -dijo- hay unas rocas grandes, sigamos, no están lejos.

Minutos más tarde, llegamos al sitio, un punto claro en la selva llena de ruidos, de sombras y seguro de docenas de animales peligrosos, como nos había advertido el viejo pirata del pueblo.

Las rocas protegían el lugar. Cansados ya solo buscamos un sitio donde tirarnos a dormir un poco, El Cheri se tiró boca abajo sobre una de las rocas, eso bastó para imitarlo en otras rocas. Mauricio tuvo problemas para subir, aseguró su  morral y puso la cabeza en él, todos nos quedamos quietos hasta que el sol nos despertó.

EL HOMBRE OLVIDADO

En el pueblo, solamente la madre de Mauricio notó su ausencia, amaneció dedicada a esa tarea que es su forma de vivir; hacer y vender tortillas a todo el pueblo. Sin necesitar de momento a su hijo, se entregó a la tarea con sus compañeras.

Le llevó toda la mañana la demanda por ese producto tan elogiado por su hijo, que ahora lo comía con sus amigos allá en la montaña, muy lejos de ella. Fue hasta entrada la tarde cuando se dio cuenta de su ausencia. Sin alarmarse dejó pasar otras horas más.

Estaba segura que pronto llegaría, le daría besos para decir que le ama. El amor de su hijo le ha significado todo, perderlo le hace morir de angustia, sufre y quiere gritar hasta encontrarlo. En ese momento quiere recurrir donde sea necesario.

Por su hijo había olvidado el pasado, al hombre que la enamoró. De ese único amor tuvo a su hijo, consagrándose totalmente a él. Su ausencia le llena de dolor, su llanto incontenible le desesperaba aún más.

No lo pensó mucho; buscar al padre de su hijo, el hombre olvidado que sabía dónde encontrarlo. Es un popular charro conocido en todos los pueblos cercanos, jinetea potros brutos, cala y colea como el mejor en la suerte del deporte mexicano. Aplicado en todas las suertes, menos en el amor, enamoró a la mujer y se olvidó de ella, no le buscó, al charro más popular. Le sobraban mujeres y fiestas por toda la región.

Para ella fue todo, sentir un pequeño ser en su vientre, fue suficiente para olvidar a ese charro famoso y enamorado. No lo necesitaba, se sentía con todo el valor para salir adelante.

Esa angustia de perder a ese hijo, diez años más tarde, le hizo recordar al charro. No lo pensó mucho, se había enterado de nuevo triunfo en las fiestas de San Pancho. Una de sus compañeras habló de él sin saber esa historia que no le había contado a nadie.

No dudo buscarle. Le rogaría de ser necesario para que le ayude a encontrarlo, mirarse frente a él después de tanto tiempo, su primera reacción fue soltar un puñetazo en la cara, luego le abrazó, sin soltarle le hizo recordar que tenía un hijo suyo, lloró en su pecho, de un puntapié le reclamó esa ausencia.

El charro no sabía qué decir. No había olvidado su rostro, la vanidad con el éxito de sus correrías como charro, le hicieron retirarse de ella, seguramente pensó que ella habría de buscarlo de nuevo, más no así, los golpes le hicieron reaccionar, conocía de golpes en una competencia: “esta pega más fuerte que, una yegua brava”, pensó, sin saber cómo le llegó el derechazo.

La mujer lo tenía atrapado de la solapa de su nuevo traje charro, la tomó de los brazos sorprendido, vio su rostro lleno de lágrimas. Recordó esos ojos que le habían cantado. Le abrazó para contener su llanto, un puntapié se estrelló en su bota vaquera, al tiempo que le decía: “tu hijo, se perdió tu hijo”.

El charro no sabía de qué hijo le hablaba. Ella contuvo su llanto y le contó: Mi hijo, es tu hijo, tienes que ayudar a encontrarlo…

La tomó de los brazos, el derechazo en la mandíbula le sacudió los recuerdos, el puntapié le hizo poner los pies en el suelo. Así, le escuchó toda la historia: El llenó mi vida durante más de diez años, moriré si no regresa”.

El recio hombre se conmovió, emocionado, tocándose la mandíbula, la calmó: “Lo buscaremos”, luego preguntó: ¿Cómo se llama?, la respuesta fue inmediata. Se llama igual que tú, Mauricio. Escapó al parecer a las montañas con unos amigos.

El Charro, sabía de eso, su oficio es cuidar y conducir ganado de la región a las estaciones de ferrocarril al otro lado de la Sierra de Vallejo, conocía todos los caminos, estaba seguro de hallarlos. (Continuará).