La búsqueda

Por Humberto Aguilar

.

Sinopsis: Sayulita se conmueve por la desaparición de los cinco muchachos, el pueblo se preguntó los motivos que para ellos culmino con el gran susto de los balazos.

Para ese tiempo, ya se organizaban para ir a buscarlos. Sabían que el camino era a las montañas, pero solo el charro sabía por dónde subir. Conoce todos los potreros en los que cuida el ganado, toman la ruta de la margen sur del arroyo y caminan toda la noche a la luz de varias lámparas de pilas que utilizan los pescadores todos los días que salen a trabajar.

.

EN EL PUEBLO

Decidido el Vaquero prometió buscar a ese hijo del que nada sabía. Solo recordó que se llama igual que él, lo imaginó solamente, se fijó en la mente traerlo al lado de su madre.

Se unió al padre de Francisco y a tío Alfonso, se les acercó con ese semblante duro de su cara, el hermano del Cheri. De todos, solo tío Alfonso conocía su carácter, lo presentó al resto y decidieron escalar la montaña.

Se enteraron por una familia que los vio pasar por el último potrero. No dudaron. El charro se quitó la elegancia de su atuendo, sombrero charro, chaquetilla y corbata, se los entregó a la madre de Mauricio, le prometió traerlo pronto de regreso. Dijo saber dónde encontrarlo, su experiencia de vaquero por las montañas, le dio la seguridad en su promesa.

Nadie más sabía algo de la sierra, ni de las montañas: Dos pescadores, un comerciante, con el vaquero, tomaron el rumbo a la Sierra de Vallejo.

Descubierta en el pueblo que los cinco amigos habíamos escapado, las familias se apresuraron a tratar de encontrarnos. Angustiada, la madre de Mauricio buscó al padre de su hijo, del que se separó cuando ella no pudo convencerlo de que se hiciera responsable de su hijo.

Se trata de un vaquero que cuida y conduce ganado hasta Compostela y los pueblos  donde se embarca el ferrocarril. Es un muchacho no muy alto, pero recio y fuerte que a su vez no se preocupó por conocer a su hijo.

Ella no lo buscó durante años, solo que esta vez la angustia la hizo recurrir al vaquero, de nombre Mauricio, como su hijo. El vaquero se desatendió del niño, pero la recordó esta vez. Su llanto le conmovió, ella sin embargo no dejó que la tocara el vaquero.

Le tenía rencor, el rencor guardado por más de nueve años en los que ella se dedicó a su hijo y a sus recuerdos, sin hablar con nadie, sin comentar quién fue su padre.

Tío Alfonso fue enterado por mi madre. Soltó una carcajada, pero se preocupó por ella que soltó el llanto. Se enteró también que había otros cuatro muchachos desaparecidos, creyeron que habíamos escapado a los pueblos vecinos. Solo el hermano de Cherizola, que se acercó a tío Alfonso y al resto de las familias, dijo que habían escapado a las montañas y que su hermano fue quien provocó la escapada, enterado por su mujer y sus hermanas la intención de regresar a Veracruz. El camino más seguro fue atravesar la Sierra de Vallejo llena de peligros.

El padre de Francisco se agregó a los planes de búsqueda. Se enteró que su hijo estaba molesto por sus frecuentes ausencias. Endurecido su rostro, pensó castigarlo, solo el ruego de su esposa y de sus hijas lo conmovieron a buscarlo.

En cambio las hermanas de León, no mostraron preocupación. Sabían de sus aventuras de las que regresaba siempre sin contarles algo, solo llegaba y se reunía con sus cuatro amigos en la playa. “No se molesten en buscarlos, dijo una de ellas, pronto van a regresar.”

.

CON GANAS DE SUBIR

El susto de los balazos de la noche anterior, no les quitó el intento de subir a la montaña, no les quitó la intención de encontrar la cueva de los gigantes indios bandera, continuaron su camino hasta encontrar el ojo de agua, casi al pie de dos gigantescas rocas en las que la noche anterior sonaron los balazos que los cazadores disparaban.

Todos recogieron suficiente leña, incluso arrastraron un árbol seco que fue destruido por un rayo en alguna tormenta. Sería suficiente para toda la noche, el fuego además de protección, proveería calor, en lo alto, el clima ya era de frío.

Francisco y León decidieron explorar para cazar algún animal silvestre para calmar su hambre que ya les avisaba desde sus intestinos.

Hasta este momento la aventura era tranquila, El Cheri esperaba que lo acompañaran hasta la cima. No le importaba si encontrarían la cueva de los Indios Bandera, ni su posible riqueza, solo quería escapar de su hermano. No quería volver a verlo en el resto de su vida. Aceptó descansar esa noche, estaba cansado y necesitaba reflexionar sobre su futuro, sabía que Veracruz estaba muy lejos, había que trabajar en algún pueblo para reunir dinero y llegar a bordo de un transporte. El ferrocarril sería lo apropiado.

Dejó al resto de sus amigos, se tiró en el pasto a descansar, pero se levantó rápido, al descubrir un nido de hormigas rojas de fuertes tenazas en las mandíbulas. Conocía lo fuerte de sus mordidas, advirtió que nadie esté cerca, caminó al ojo de agua a un claro de tierra y huellas de animales silvestres.

Trepamos por el sendero que escurre sin duda, el agua de lluvia que topa con las rocas, no fue difícil llegar. De nuevo la luz de la luna iluminó a todos, las rocas estaban frías y nos invitaban a descansar sobre ellas. Cada cual se tendió arriba y todos nos quedamos totalmente dormidos.

Hasta este momento, todo iba bien, nos despertó la brillante luz del sol. Todos pensamos en comer. Mauricio repartió las últimas tortillas que sobraron del día anterior.

Los fuertes rayos del sol, hicieron que El Cheri se pusiera la camisa que seguía en su cintura. Gruesas gotas de agua mojaron la parte del verdugón, la herida supuraba esa agua que escurría de su cuerpo. Sin hablar, León tomó de su indumentaria, un tubo del que sacó una pasta verde que puso en su herida a nuestro amigo veracruzano.

León dijo su nombre, pero no le entendí. Agradeció el Cheri, luego de sentir alivio, es otra de las muchas sorpresas que guarda León en su vestimenta que hasta entonces reparamos todos para conocer que tanto era.

Camisa y short color kaki, nos dijo, chaleco con varias bolsas a los lados y por la parte interior, un gorro grande con gafas de sol sobre la visera, en la cintura una colección de utensilios en los que destacan varios cuchillos que luego nos mostraría. Todo un equipo para salir al monte. Esto utilizan los gringos cuando van a África de safari, comentó orgulloso.

Nos dejó con los ojos cuadrados. Nuestra indumentaria no salía de lo normal, Francisco con camisa a cuadros y pantalón de mezclilla, Cheri con pantalón corto y camisa larga.

Mauricio con pantalón largo y camisa nueva, tenis muy blancos como para ir de fiesta, un sombrero de paja que nunca antes le vimos, su morral lleno de sorpresas que nos dio de comer. Yo con camisa y pantalón de mezclilla tocado con mi vieja gorra de beisbol.

.

FALTA MUCHO POR RECORRER

De todos es León quien destaca con su indumentaria, no le preguntamos nada sobre la misma, nos admiró sin embargo que además, sobre el brazo, destaca un reloj y una brújula que consulta para guiarnos en la ruta: Por aquí vamos a llegar a lo más alto, si nos apresuramos veremos lo que hay al otro lado de la sierra y posiblemente uno o dos pueblos detrás de esta montaña.

El Cheri, muy animado, escuchó, apresuró la marcha y seguimos caminando, en el piso, quedaron humeantes los últimos restos de la fogata donde calentamos las tortillas que devoramos en un momento.

León nos ofreció unos tragos de agua de su cantimplora que cuelga de la cintura. Todo lo tenía previsto para esta aventura.

Ninguno preguntó a León como sabía tantas cosas del monte y de la Sierra de Vallejo, pero él mismo explicó que leer le ha abierto conocimientos de muchas cosas. Del arroyo por ejemplo, nos dice que el agua escurre por debajo de la arena, en la montaña, hay fuentes de agua que la montaña guarda de la lluvia o de ríos subterráneos que las atraviesan hasta llegar al mar.

El Cheri lo interrumpió para seguir el camino, regresamos a la vertiente del arroyo para continuar, falta mucho por recorrer, nos dijo.

En efecto, ahora mirar hacia arriba, por el arroyo, sobre nuestra cabeza no se veía el fin. Perdimos de vista al pueblo, solo el lecho del arroyo que es mucho más grande hacia abajo, lleno de ramas, de árboles y troncos secos que seguramente los va arrastrar el agua en una tormenta.

Recordé en el camino al viejo marinero, las charlas de sus aventuras en el mar y en la misma Sierra de Vallejo con sus tesoros en la cueva mágica con vigilancia de los gigantes Indios Bandera.

Sus historias siempre muy interesantes, nos hablaba entre otras cosas, lo mismo que León terminaba de contar sobre los ríos subterráneos y las fuentes de agua en las montañas. La sed me animaba a creer que pronto llegaríamos a un lugar de esos. (Continuará).