Un día difícil

Por Humberto Aguilar

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Sinopsis: Los cinco muchachos sintieron la soledad y el hambre, como lo cuenta Daniel en este episodio…

Hasta estos momentos, no habíamos cazado nada, solo nos dedicamos a subir lo más que pudiéramos, pero realmente era muy poco, seguíamos la corriente que bajaba para no perdernos, era como el mejor camino tanto para subir, como para bajar.

Lo que llevamos para comer se había terminado, solo quedaban piezas de pan-bolillo y un paquete de tortillas. Maury las cargaba en su bolsa que le colgaba por un lado.  En esos momentos estábamos apenas en la falda media de la montaña y desde allí, el camino estaba empinado y parecía difícil de continuar.

El mismo Maury, muy cansado, solo esperaba sobre una piedra tan alta como su mismo tamaño, a señas, nos pedía silencio y apuntaba a otra piedra cercana donde se escondía un pequeño armadillo, hecho bolita, escondiéndose de muestra presencia,

Cheri hizo la señal de tratar de atraparlo vivo y se acercó paso a paso, sin hacer ruido. Se tiró de cabeza, fue un panzazo como en el beisbol al robarse una base, solo que aquí el armadillo lo puso out, con sus patas traseras se defendió y al sentir sus garras lo soltó.

El armadillo espantado corrió.

No lo volvimos a mirar. Se perdió nuestra comida del día y el Cheri herido, se lamentaba en tanto que trataba de detener la sangre que le corría por su mano.

Apenado y adolorido, miró a su alrededor, se ató la herida con su pañuelo que colgaba del cuello y la mantuvo en alto. Todos queríamos que no fuera algo grave que nos hiciera regresar. De decidirlo, ya antes habíamos hablado de deslizarnos por el río, que bajaba con fuerza. Nos parecía fácil pero a la vez peligroso, y difícil. Era solo un recurso pero muy atrevido al recordar que bajaba hasta el pueblo enormes árboles que arrancaba la corriente hasta el mismo pueblo.

El viento se sentía ya muy fresco, nadie había previsto traer ropa gruesa y mucho menos algo para echarnos a dormir cuando llegara la noche.

Pero solo pensábamos en estos momentos, cuidar que Cheri detuviera la sangre de su herida y tener algo de comer. El mismo Cheri, apenado, lamentaba haber fallado. Dijo que sabía del sabor de la carne de estos animalitos y no pensó que se pudiera defender así para escapar. Se disculpó por haber fallado esta vez.

Como resumen, recordó el sabor de su carne: “Es muy rica, como la de cerdo, tiene muchas proteínas y es muy sabrosa”. Su comentario, nos avivó el hambre al tiempo que terminaba con una disculpa por haber fallado. La herida fue solo un rasguño, Le dolía, había dejado de sangrar, pero más le dolía su fracaso.

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DECIDIR ALGO

¡Tenemos hambre!… dijimos en coro, Maury, León y yo mismo que empezaba a arrepentirme de correr esta aventura en las montañas, con todo y que la Sierra de Vallejo, fue mi sueño para escalar.

El piso húmedo alfombrado de flores amarillas y rosas, se antoja para dormir, pero los ruidos en el estómago, superaban a los de la montaña llena de chicharras en animado concierto.

Recorrí con los ojos el sitio donde habíamos parado. Vi que era muy agradable, como la de casa rica que había mirado en libros de la  maestra Rosa. Una alfombra de flores de colores, cómodos y acolchados muebles de piel.

En lugar de muebles, se ven grandes piedras lisas  y planas en su parte más alta, donde ya están mis compañeros. El sitio es ideal para acampar, la tarde se acomoda en el horizonte y las tripas se quieren comer unas y otras. Había que hacer algo, todo lo que llevamos se había terminado. Solo nos quedaba una bolsa con sal. Por la cabeza nos pasaba el recuerdo del armadillo que se escapó.

El Cheri propuso esperar a que volviera, luego de un buen rato, nos convencimos que debía estar espantado y escondido en cualquier otro sitio, lejos de donde escuchaba nuestras voces. El momento era cada vez más difícil, al hambre que teníamos se agregaba la noche por lo que decidimos hacer algo más prudente.

Una hoguera para quedarnos a dormir sobre las piedras y alejar a tigrillos, jaguares y pumas que sin duda debe haber, como nos había contado el viejo del parque.

Manos a la obra y pronto tuvimos leña para muchas horas de la noche, solo falta algo para acallar las tripas que nos piden de comer. Pensábamos en todo, en la comodidad de nuestra casa pero estábamos allí en la montaña que fuimos a retar y en esos momentos nos tenía acorralados y hambrientos.

Nos quedamos en silencio, con miedo a la noche, a los animales peligrosos. Preocupados y con hambre, sin alternativas en este momento.

Sin hablar, Maury bajó del sitio donde se había sentado a esperar y ver lo que haríamos. Todos estábamos quietos, recogió piedras de regular tamaño y con pedazos de musgo seco y trozos de leña para encender un fuego. Con su filoso cuchillo armó dos fuertes horquetas, asegurándose que estuvieran profundas en el suelo y dispuso hacer otra vara para asar lo que fuera atravesado de lado a lado, de solo mirarlo nos dio más hambre al imaginar un conejo o una gallina como lo habíamos visto en algún lugar del pueblo. Aquí, ardía el fuego, horquetas y vara listas pero falta lo principal.

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RUIDOS DE LA MONTAÑA

Pasaba el tiempo, León arrinconado en una piedra con rostro de coraje y Francisco que no regresaba, posiblemente lejos, solo se escuchan los ruidos de la montaña. El fracaso del Cheri nos hacía dudar de la puntería de nuestro amigo en busca de alguna pieza para dar valor a su puntería.

Escuchamos un grito, dudamos lo que ocurría, pensamos de todo, incluso León bajó preocupado para buscar a Francisco. Se temía lo peor, cuando vimos que salía de la parte oscura de la selva con enorme iguana colgada de su fuerte cola.

Su puntería nos salvó el hambre, una iguana verde y gorda de color y aspecto nada agradable. Vivas lucen hermosas y dignas en los árboles, parecen, por su aspecto, temibles, pero son totalmente indefensas. Dios lo quiso así para saciar el hambre de estos cinco aventureros.

Francisco la mostró como trofeo, la entregó a León con una reverencia y le dijo simplemente: te toca. Este respondió con otra reverencia, con dignidad. La puso en el suelo, se quitó los guantes de piel, los guardó en la bolsa de su short,  de su pierna donde luce atada desde la cintura una colección de diferentes y filosos cuchillos, tomo dos. Con la iguana bajó al remanso del río para hacer la tarea.

Detrás le siguió curioso Maury, se interesó en ayudarle y luego de una desesperante hora, entre gritos y aplausos celebramos su regreso. La previsión de Mauricio, acortó los tiempos, ensartada la iguana en minutos empezó a dejarse sentir el fuego.

Estaba asegurada nuestra comida por esa noche, animados esperamos estuviera comible para dejar tranquilos a los intestinos que no dejaban de gruñir en espera del primer bocado.

León demostró sus habilidades, limpió hasta los intestinos, escogió de la leña unas varas largas, insertó trozos de hígado y de tripas, los sazonó con un poco de sal para ponerlas directo a las brasas, en tanto el cuerpo de la iguana empezaba a despedir el olor a carne asada, en sus propios jugos, la grasa natural del animalito, se encendía y saltaban chispas de fuego al caer.

El festejo dejó a todos contentos y satisfechos, la iguana fue suficiente para los cinco compañeros de esta formidable aventura increíble, faltaban muchas horas aun para alcanzar la punta de la montaña.

Solo León se atrevió a interrumpir; “En el pueblo ya se dieron cuenta de nuestra ausencia y nos van a buscar… “Alisten las petacas para cuando regresemos”, dijo a carcajadas.

Todos imaginamos lo que podría ocurrir al regresar, solo que de momento estamos por lo menos a un día de distancia del pueblo.

De momento nada nos importó. El hambre se fue al sabor de la carne de iguana. Con el fuego destilabas su grasa a las brasas, las varas con los trozos de hígado se consumieron más rápido que pronto y para nada se habló de lo que eran esos intestinos que solo León había probado antes. El cuerpo de la iguana, bien asada, pasó a mejor vida al nutrir nuestro cuerpo. Habíamos pasado a una de las muchas pruebas que se esconden en la montaña.

Recuperado el ánimo estuvimos decididos a continuar nuestra aventura por la Sierra de Vallejo.

Nos vimos otra vez a ser tan valientes como cuando empezamos a planear la escapada. Ya sin hambre decidimos continuar hasta terminar lo que habíamos empezado. Nos vimos tan valientes como cuando decidimos en el mar estar cerca y nadar con los delfines.

Sin saber lo que pasaba en el pueblo, desdeñamos cualquier cosa… Ya regresaremos con los tesoros de la cueva donde dice el viejo amigo nuestro, se esconde el tesoro de los indios bandera.

Satisfechos nos acomodamos en aquellas grandes piedras, como hechas a propósito para dormir y pasar la noche con el fuego en el centro de todos. La enorme luna llena parecía estar más cerca de nosotros, le miré con emoción por un buen rato, hasta quedar dormido completamente junto a mis compañeros. (Continuará).