¿Y si fue el mayordomo?

Adolfo Lagos Espinosa.

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Como nadie se lleva ni un puño de tierra, siquiera la muerte debería igualarnos ante quienes deben prestarnos servicios.

Pero en este país de  desigualdades tomadas como  normales,  ni la muerte  iguala.

Acaba de suceder el milésimo asesinato dominical  de un mexicano haciendo  ejercicio al  aire  libre. Fue en una carretera del Estado de México, donde  absurdamente conviven miseria de siglos  con actuales símbolos de nueva riqueza.

La  víctima,  aparte  de rico y  famoso,  una magnífica persona de la empresa Televisa, cuya influencia resalta en todo el país. Don Adolfo Lagos Espinosa, además, sobrino  de  aquel excepcional   banquero, don Manuel Espinosa Yglesias, siempre bien recordado por tiros y troyanos.

A diferencia de lo  que  sucede  con muertos  de otro nivel,  el  mismo domingo hasta los  investigadores de Los  Pinos estaban tras los  asesinos de Lagos Espinosa.

Trabajaron sobre  la hipótesis que difundieron: cuando rodaba  la  víctima, saltaron  la  cerca ladrones  asesinos del  pueblito cercano para  robarle su bicicleta. Al negarse, le dispararon causándole la  muerte. Buena salida instantánea, sustentada en prejuicios de siglos.

Pero como  en esta ocasión hay  competencia  entre investigadores de la cumbre del poder político y  económico, para pronto otra línea de investigación más sólida: la bala que mató a don Adolfo  salió de la pistola de uno  de sus guardaespaldas. Era el arma de quien manejaba la  camioneta.

También encontraron  casquillos del   arma 9 milímetros, del otro  escolta. No hablan de armas de  extraños.

Como  en las novelas  clásicas de misterio, la  fiscalía  del Estado de México ya nos llevó al  mayordomo.

Imposible dejar  de  recordar cuando  esa misma dependencia  buscaba  a niña extraviada  que luego  apareció  en un hueco de la  cabecera  de  su  cuna.