No todos los fracasos son de ahora

Enrique Peña Nieto.

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Ni tanto  que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. Si eliminamos la ficción de que llegó una supuesta democracia cuando Ernesto  Zedillo se atrevió por fin a imponer en Los Pinos gente que no estaba públicamente identificada con el PRI, los éxitos y fracasos de un mismo sistema político deben cargarse a los mismos,  a los  de  siempre, a quienes son iguales y no sueltan el poder.

La vacilada de Vicente Fox, destapado ahora como propagandista  de  Peña Nieto, jamás la utilizó Zedillo  en promover democracia. Por lo contrario, como  en tiempos  de Mamá Carlota de disparate  en disparate, salió Fox con la ocurrencia de haber establecido  una  Pareja Presidencial como  poder ejecutivo federal.

Tanto en ese, como en el siguiente sexenio,  hubo más de lo mismo  con Fox y con  Calderón. Pero en esos años  con  el Sistema libre de cumplir palabras y   compromisos, al alegar cínicamente que ya no estaban en  el poder.

Pero  con los  del PRI, ya enterados  de que   se puede  acabar  lo que  les  dan  y más les  vale   adaptarse  a  las decisiones  de arriba, porque el Sistema no  encarga poder a  quien   no  tiene bien agarrado  y  no  se  tienta para hundir en  la  cárcel a la más poderosa de  los  sindicatos  en  América Latina.

Desde el sexenio de  Miguel   Lamadrid se nos  explicó  que eran necesarias  reformas   dolorosas, pero  necesarias,  para poner a México  en posibilidad de competir, a lo menos con las compañías  de países  emergentes del  Pacífico.

Conociendo  todo  el  peso  de  la  tradición, la resistencia al  cambio de cientos   de  miles  a quienes el  actual estado  de cosas hace supermillonarios, sin  siquiera condicionales a  saber leer y  escribir  de  corrido, ningún presidente,  hasta llegar a  Carlos Salinas de Gortari, les había  tomado la palabra en serio, adoptando  las  estrategias  para  la  industrialización  o  la  modernización del país.

Para obtener apoyo,  Salinas  reanudó relaciones  con  el Estado Vaticano. Privatizó hasta donde pudo, sacudiendo a  cada  cambio  en el  monopolio y luego fue  afectado por Zedillo al no entender o no jugarse a  tiempo con el delicado  proyecto.

Tuvo que  llegar a  Los Pinos el fuerte y  rico  Grupo Atlcumulco, para que le  entraran a las  reformas  estructurales, tantas veces  diferidas.

Excepcional  la forma  como  Peña Nieto demostró  el  control  político  que tiene  el  Sistema.  Legalmente dejó  listo  todo  para  empujar con los cambios. Mientras lo  demás que no  debe  esperar, como  buscar el  apoyo  popular a  una política,  o  garantizar con todo  la  seguridad pública, sigue con gran retardo, volviéndose primeros problemas  desde el  tiempo  de Calderón.

De cualquier forma Peña  Nieto  no está en posibilidad de ceder ante los  avances      que haya logrado, por  fin,  en cambios estructurales.

Y quien le siga  tendrá que  ser más conocedor  en las materias y más  astuto como  para no ceder  en  lo  avanzado.

Propaganda sobre propaganda, ahora  resulta  que Peña  Nieto logra que  casi  una cuarta de la población diga  que está gobernando  bien. Eso ya  es menos alarmante, a las profundidades  que llegó.

Controladas  las  votaciones, las  tiene.

El  proyecto de país  del  sistema  político, es   precisamente  el  de Peña Nieto.

La  mayoría  de los  males  sociales vienen  de lejos. Malo que Peña  Nieto haya supuesto  que lograría ver triunfos  aplastantes  en su período. Por lo general, entre políticos, no  se permiten esos arcos  del  triunfo.