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Guadalupe Sánchez de Covarrubias: Se acabó la paz del pueblito

  •  Y a pesar de todo, Vallarta sigue siendo un paraíso, dice.

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Por Diego Arrazola

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Descendiente directa del fundador de la antigua villa de Las Peñas, Guadalupe Sánchez, su tocaya mujer, es decir, Guadalupe Sánchez, ha sido protagonista y testigo de la vida de la ciudad desde fines de los años 40. Entre otras cosas, Lupita Sánchez de Covarrubias es también promotora incansable del culto a la virgen del Tepeyac, y ha fundado obras de beneficio social como el asilo San Juan Diego.

En el comedor de su casa, en pleno centro de Puerto Vallarta, rodeada de fotografías familiares, algunas pinturas de su autoría, la edición de Vallarta Opina a la mano, esta amable mujer aborda asuntos como su relación con la ciudad a la que vino de vacaciones y donde conoció al amor de su vida, además de su obra de beneficio social. Acompañada por su única hermana viva, dueña de una magnífica memoria, la entrevistada recuerda fechas, nombres y situaciones con gran precisión.

Nacida en Colima, doña Guadalupe vivió su adolescencia en la capital del país, a donde se mudó la familia al fallecer su padre. Ahí estudió Contaduría en la Escuela Bancaria y Comercial. Las vacaciones de fin de año de 1948 las vino a pasar con familiares en Puerto Vallarta. Justo en casa de sus tíos conoció casualmente a un joven que se dedicaba a auxiliar a los médicos de la localidad inyectando a sus pacientes a domicilio. Hubo flechazo, amor a primera vista, no obstante que ella tenía novio en la ciudad de México, situación que le hizo saber a su pretendiente.  Se hicieron amigos y frecuentaron durante esos días de vacaciones. A pesar de todo, el galán, Salvador Covarrubias, no se dio por vencido e hizo la lucha por conquistar el corazón de la visitante, a quien escribía cartas con admirable constancia.

Como el que persevera alcanza, además de la atracción mutua que sintieron ambas partes, la historia tuvo final feliz. El 1º de agosto de 1949 se casaron en, por supuesto, la Basílica de Guadalupe. La luna de miel fue en Michoacán y luego Guadalajara, todo con el fin de llegar a su nuevo hogar, la antigua villa de Las Peñas.

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VIVIR EN EL PARAÍSO

Para la recién casada, su tierra adoptiva resultó ser “un paraíso”. Inicialmente, se dedicó enteramente a tareas de la casa y la familia. En la Vallarta de entonces había carencias y limitaciones, como cuando a falta de agua había que ir al río a lavar la ropa, o el hecho de que preparar un sándwich era una proeza pues había que esperar la llegada de los insumos procedentes de Guadalajara en avión, cuya preciosa carga incluía frutas, jamón, pan de caja… Eso no importaba porque ella estaba enamorada de la pequeña población.

Con el tiempo, la pareja Covarrubias Sánchez incursionó en la venta de joyas. Primero traían “cositas baratas” de Guadalajara, más tarde fueron a Taxco por plata para su joyería, que vendía a los locales y a los primeros turistas que se aventuraban en estas tierras. Con la crisis financiera y devaluación de 1985, la pareja perdió su negocio, agobiada por las deudas. Y a otra cosa.

Como resultado, don Salvador “se moría de tristeza”, recuerda su esposa. Por esas fechas, se encontró en un velorio al gerente del hotel Posada Vallarta, a quien le pidió trabajo. Lo obtuvo, en la oficina de checada de llegadas/salidas del personal. Sin embargo, don Salvador, renunció al empleo luego de que despidieron a una mujer, que con dificultades mantenía a sus tres hijos, y a la que él quiso ayudar, solidario, dándole piezas de pan sobrante, algo prohibido por las estrictas reglas del hotel.

Nacido en 1917, en Mascota, don Salvador, fallecido hace varios años, “era un gran hombre, lo quería toda la gente”, evoca nostálgica su viuda, enamorada todavía de su esposo, recordándolo día a día. El matrimonio procreó cinco hijos, dos mujeres y tres varones: dos viven en Guadalajara y dos en esta ciudad; uno lamentablemente ya finado.

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LABOR FILANTRÓPICA

Una de las facetas que gusta y ocupa a doña Lupita es la labor social. Hace años el párroco Francisco Antonio Aldana, hombre generoso y querido, convocó a un grupo de damas de la feligresía para crear un dispensario médico. Se trataba de una obra sumamente necesaria en la entonces pequeña población que no tenía hospitales, más que la clínica de Salubridad. La señora Sánchez entró gustosa al reto. Junto con otras mujeres viajaron a la Perla Tapatía a buscar recursos; consiguieron algo: una mesa, una esterilizadora y otras cosas más… para el pequeño local ubicado en la parte baja de la parroquia de Guadalupe.

Entre las damas que colaboraron en estas labores, se cuenta también a Victoria Godínez, Catalina de Cuevas, Ofelia de Solórzano, Mercedes Gómez de Sánchez, Marina de Macedo, entre otras… A través de kermeses, instalación de merenderos y petición de donativos, estas señoras pudieron sostener el dispensario, al tiempo de apoyar en la decoración del templo.

EL padre Aldana, que duró 17 años en Vallarta, fue enviado a misiones a África, y luego a Nueva York. Con amigos y raíces en esta ciudad, solía venir de vacaciones. En alguna de sus visitas se reunió con un grupo de personas a las que comentó su idea de abrir un asilo para ancianos. El párroco conocía las carencias del único asilo existente, el del DIF, que distaba mucho de ser eficiente u ofrecer atención humanitaria. Cuando iba a celebrar misa ahí, pudo constatar las carencias de ese centro.

“Nos encantó la idea”, comenta doña Lupita, quien de inmediato se unió a la causa, que se convertiría en uno de sus mayores logros y orgullos. El primer paso fue elaborar el acta constitutiva de la asociación; una vez conseguido el documento, acudieron al ayuntamiento a solicitar un terreno en comodato: se les dio a elegir entre cuatro o cinco opciones. Eligieron un lote en Lomas de San Nicolás, al norte de la ciudad. La construcción del asilo San Juan Diego arrancó en octubre de 2002, mientras que empezó a operar en 2011. Sus instalaciones, de dos pisos, con jardín, son dignas y funcionales. Por ahora, el centro tiene capacidad para 18 personas y espera a ser totalmente concluida la obra para recibir a más ancianos.

Durante la construcción, doña Guadalupe iba a bordo de su camioneta en busca de apoyos y donativos a hoteles, comercios, instituciones… Por ocho años tuvieron un bazar en la colonia Emiliano Zapata que les permitió hacerse de fondos, en un local facilitado por Óscar Pimienta, quien presidió la asociación durante la etapa en que se construía el asilo. El Vicepresidente del patronato, Luis Angarita, ha jugado un papel decisivo en el nacimiento y vida del asilo donando con artículos que iba sacando de inventario el hotel que dirige. Otros empresarios del ramo turístico aportaron lo mismo aparatos electrodomésticos que la construcción de la barda perimetral del terreno.

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“UNA PARTE DE MÍ”

Por supuesto, la fundadora y presidente vitalicia, doña Lupita, está al pendiente de las necesidades y financiamiento del asilo. Lo mismo encabeza actividades de recolección como bazares, rifas, desayunos, cenas, búsqueda de apoyos en instituciones, empresas, escuelas…

Luego de tantos años de entrega a su obra, dice con un dejo de resignación que ya no puede aportarle más: “estoy grande”. No deja de agradecer la oportunidad de participar en su creación y desarrollo: “No había encontrado esa oportunidad de servir. El asilo es una parte de mí”. Ciertamente, ya no puede dedicarle más tiempo y trabajo, pero eso no impide que lo visite a menudo y que aproveche cualquier momento y circunstancia para pedir apoyos.

A decir de ella, nunca han tenido una negativa cuando se trata de buscar ayuda: “Cuando uno habla con el corazón y los ojos contentos, la gente se motiva para apoyar”. En efecto, ha recibido las aportaciones espontáneas y desinteresadas de un gran número de personas y empresas de la localidad, así como de escuelas o clubes de servicio, como los Rotarios de Vallarta o incluso de Canadá.

Otro de sus intereses es el culto a la virgen del Tepeyac, su tocaya, dice esta guadalupana (“desde siempre”, al igual que su familia). Por muchos años participó en la organización de las fiestas de la patrona de Vallarta y México, así como en el arreglo del templo. Ahora ya no puede hacerlo, menguada por la edad. Algo que la entusiasma aún es el fervor que despierta la devoción por la virgen. Aporta estadísticas para sustentar su optimismo: en 2017 hubo 320 peregrinaciones en Puerto Vallarta; la del grupo de los Favorecidos congregó en un solo día a 40 mil personas.

Cualquier cuestionamiento sobre la vigencia de esta fe, por mínimo que sea, es refutado de inmediato por doña Lupita con datos y hechos que maneja con soltura: “todo eso ha sido comprobado por científicos. Eso hace que un mexicano sienta una cosa celestial pues Dios la hizo”. Animada, habla sobre el nuevo proyecto de erigir en los cerros cercanos a Vallarta un mirador con una capillita y una gigantesca imagen de la Guadalupana.

Doña Lupita posee una charla amena y agradable, por instantes, maternal, sobre su vida en estas latitudes. Cae la tarde en la ciudad y hay temas aún por abordar, como las tradicionales posadas que la familia Covarrubias Sánchez organizaba hace algunos ayeres afuera de su casa en el corazón de la ciudad. En años en que no había tráfico, doña Lupita y su familia introdujeron la celebración de posadas en días prenavideños. Simplemente colgaban una enorme piñata de lado a lado de la calle para anunciar la celebración del festejo en plena vía pública. Podían cerrar la calle y realizar la procesión con velitas, letanías y todo lo necesario, evento que llegó a congregar hasta a 300 niños sentados en la banqueta. La posada de los Covarrubias Sánchez duró cerca de 10 años y se volvió una tradición local.

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VIVIR EN EL PARAÍSO

Y en asuntos mundanos, se da tiempo para referirse al crecimiento de la ciudad: “Se nos perdió la tranquilidad de pueblito, con bellezas naturales, como esteros, montañas, palmeras… Eso se acabó, pero no se puede detener el progreso”.

Empero, concede que Puerto Vallarta sigue siendo un paraíso, donde todo es “una preciosidad y el clima es maravilloso”. Respecto de necesidades y carencias, se dice preocupada por la inseguridad y la delincuencia, el tráfico y consumo de drogas, algo a lo que no es ajeno su barrio, el centro. De igual modo, manifiesta su desaprobación por la fiebre de construcciones de edificios de condominios modernos en la Zona Romántica. Algunos recordarán que ella formó parte del movimiento ciudadano que en 1977 defendió el triunfo del candidato Efrén Calderón a la Presidencia municipal.

Sobre los políticos, expresa que la ciudad ha tenido “malos, regulares, buenos…” y que la actual administración municipal se ha ganado la simpatía de la gente pues ha hecho mucho por el centro de la ciudad en asuntos de iluminación, infraestructura, recolección de basura.

Pata Salada por adopción y también por derecho de sangre, doña Guadalupe ocupa un lugar privilegiado en la vida de la ciudad en desde mediados del siglo pasado. No se arrepiente “para nada” de haberse mudado a la antigua villa de Las Peñas. A estas alturas de su existencia, se siente completamente satisfecha con su vida, afortunada por haber conocido a don Salvador y forjado una familia, comenta en la terraza de su departamento que mira frente al malecón, mientras se pone el sol y la brisa acaricia la ciudad.