Comparaciones involuntarias

Por María José Zorrilla

.

Hacía casi treinta años que no me paraba en San Pancho.  Un lugar del cual guardaba muy lindos recuerdos de mis visitas de juventud, pero al que no había regresado.  El viernes un amigo celebraba su cumpleaños en su pueblo natal y allí nos recibió, junto amigos y familia, en el restaurante de su hermano.  Mucho me impactó el orden y el cuidado que observé en el desarrollo del pueblito.  Un parquecito pleno de voces de niños que risueños disfrutaban de las instalaciones de flamantes aparatos  para hacer ejercicio.  Un respeto absoluto por las alturas permitidas, jardines en sus principales calles y una bonhomía y calidez muy sui generis.   Después de una comida con los colegas de Skal la agrupación que reúne a directivos y propietarios de empresas turísticas, tomé carretera para llegar a la puesta del sol al pueblo que en algún momento albergó la Universidad del Tercer Mundo.  Hoy apenas quedan vestigios de aquel intento por hacer de este pequeño paraíso, un centro de estudios y de producción agroindustrial de gran relevancia.

El aire cosmopolita del Vallarta de hoy, imagino que tuvo sus inicios de manera bastante similar a lo que está viviendo San Pancho 60 años después.  Un ambiente rústico y pintoresco con visos de sofisticación, como los años posteriores a la filmación de La Noche de la Iguana.   Allí sentada casi a plena calle, en el Barracuda de San Pancho y degustando ricos platillos de mar como las tostadas de ceviche, y pescado al ajillo, no pude evitar meter reversa a la memoria, mientras veíamos pasar gente en bici, o caminando con tranquilidad, por la mitad de la calle más importante del pueblo.  La memoria se activó no sólo de cuándo visité San Pancho por primera vez siendo todavía estudiante universitaria, sino del Vallarta de los 80´s cuando aquí llegué.   Recordé las tardes de cogñac y café en el Franzi´s con Eleazar,  las noches de pollo al estragón y grandes chorchas en la Orquídea Negra, las tiendas de moda como Vallarta 13 y Nelly, Lepe y Lupe, las veladas en el City Dump, los torneos de backgamon en el Capriccios y los paseos dominicales por las Playas de El Caballo con la Nena Partida o hacia el Paraíso Escondido con Olguita y Ramón Dipp. La promoción turística la hacían el grupo de los Golden Six por un lado, el Cofoprotur por otro, con aportaciones voluntarias que eran suficientes para atraer mucho turismo. Aeroméxico y Mexicana le entraban con todo a vender el destino y American Express era otro gran activo promocional.   Unos tiempos  donde el desorden no había imperado en la ciudad, porque sobre la ambición y la inversión, había cordura. Un Vallarta que era una especie de unidad cuyo sincretismo tenía como mejor ejemplo el Malecón.  El punto de reunión y encuentro de unos y otros. Locales y extranjeros  ricos y pobres.  Niños, jóvenes y no tan jóvenes.  Imposible evitar comparaciones involuntarias.  Con nostalgia vi cómo se nos fue ese pasado tan familiar.  Hoy día es poco el sentido de pertenencia tan arraigado como lo había antaño.  De cuidar y preservar.  Crecer pero sin perder nuestra identidad que cada día es más complejo rescatar.     El San Pancho de hoy, destinado a ser la capital cultural de Nayarit, está en el punto de inflexión donde debe tomar el tiempo para respirar profundo y establecer un plan de desarrollo muy cuidadoso, buscando la baja densidad, para preservar el tesoro que tienen entre manos, de esa especie de fusión entre rústico y sofisticado que le da aires de centro hípster, hoy día en boga entre los paseantes.    En materia cultural han tenido también gran dinamismo y no es casual que inversionistas de gran envergadura como La Patrona, hayan llegado y generado infraestructura.  Pero en lugar de crecer para arriba, lo hacen acostados, lo que sería el ideal para Nayarit hoy día, según dijo Celso Delgado, al recibir la Presea Vallarta Opina hace algunos días.