Mucho ruido, pocas nueces…

Los votantes agradecemos las cosas claras y el chocolate espeso…
– Oído en un mitin callejero en 2012.

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Por Octavio Urquídez

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Conozco a muchas personas sin educación formal a las que admiro por su clara inteligencia y por la visión tan cierta que tienen de la realidad. Digamos que la perciben al natural, sin  photo shop, como acostumbran ahora mandar sus fotos las novias en ciernes. Me refiero, pues, a aquellas  personas que suelen “ir al grano”, como dijo el dermatólogo. A uno de ellos tuve el gusto de escucharle aquello de que los votantes agradecen las cosas claras, sin tanto buscarle al asunto, y quieren que les den el chocolate espeso.

Esta de chocolate espeso es una expresión que no entendí muy bien que digamos, aunque sin estar muy convencido la relacioné con el gusto que tienen los buenos consumidores de café, que lo prefieren expreso. Pasaron algunos años para que, sin pretenderla, obtuviera una explicación sobre el asunto. Va de anécdota.

Durante los años que trabajé en El Colegio de Jalisco bajo la dirección de José Luis Leal Sanabria, tuve el privilegio de conocer a muchos y muy importantes investigadoras de los campos más diversos de las ciencias sociales. Por afinidad personal, desarrollé una relación más cercana con el doctor Jordi Borja, orgulloso catalán de recia estirpe, quien en cierta ocasión trajo a la charla aquello del chocolate espeso, a lo que de inmediato le pregunté la razón de semejante expresión y me contó que cuando en el siglo XVI comenzó a consumirse chocolate en Europa, surgió una polémica sobre si debía tomarse “puro y espeso, ‘a la española’, o más líquido y diluido en leche, como lo acostumbran los franceses. La decisión fue definitiva: espeso o sea (interpreto), sustancioso.

El vecino de mitin al que aludí, estaba cansado de escuchar las falsas promesas de los oradores: desde el que inició el asunto (telonero les llaman en los espectáculos) hasta el orador estrella, que se desgañitaba con promesas insostenibles y, en otras palabras, tiraba el presupuesto público por la ventana. De esta frasecita sí conozco el porqué, pero lo comprobé con mayor detalle en la consulta que hice, vía internet, al “Diccionario de dichos y frases hechas” de Alberto Buitrago Jiménez. Dice este autor que los “ganadores de la lotería instaurada en 1763 por Carlos III tiraban por la ventana los muebles y enseres viejos para dar a entender que comenzaban en  ese momento una nueva vida de lujo y riqueza”. Y añade: “en el sur de Italia se arrojan los objetos antiguos en Nochevieja como símbolo de un nuevo inicio”.

Buenas razones tenemos los votantes mexicanos (no conozco otros) en solidarizarnos con el compañero que pidió “cosas claras y chocolate espeso”, cosa que muchos políticos (si no es que la mayoría) no están dispuestos a entender, como si el número de votos a recibir estuviera en razón directa con las promesas lanzadas al aire sin que, por insustanciales, la cabeza de los oyentes alcancen a registrarlas.

No sé si estén de acuerdo conmigo, pero pienso que todos quienes asistimos a un mitin, lo hacemos acarreados. Unos conscientemente, otros obligadamente, otros por curiosidad, otros por la recompensa (torta y refresco, considerados los más firmes argumentos para convencer a los mexicanos) y otros, como yo, por simple solidaridad partidista. Casi siempre, todos salimos defraudados: a algunos no les gustó el lonche frío y a otras les cayó de la patada el refresco caliente. Y otros, como a mí, nos enfadó lo insulso y falto de sustancia de la supuesta pieza oratoria. Por fortuna, según dicen los que saben, la costumbre de hacer mítines se volvió obsoleta o, al menos, su capacidad seductora (si alguna vez la tuvo) perdió su función de engaña bobos.

No tienen idea de la cantidad de mítines a los que he asistido. No obstante, sólo guardo el recuerdo de dos: uno con el Presidente Adolfo López Mateos (extraordinario orador) quien tuvo como tribuna el balcón principal del Palacio de Gobierno de Jalisco. La otra concentración popular (así la llamó el telonero de esa ocasión) tuvo como estrella a don Vicente Lombardo Toledano, dueño y amo de la palabra y, por esta misma razón, amo y señor de la atención de todos los que lo escuchamos. Al mitin del Presidente acudí obligado: tenía que cubrirlo para el periódico en el que trabajaba. Al mitin del líder continental lo hice por la más pura e inocente de las curiosidades que puede tener un adolescente: don Vicente era, con mucho, el único político mexicano cuyo nombre yo había escuchado.

Pues bien, en ninguno de esos dos mítines que conservo en la memoria, escuché promesa alguna. Lombardo nos dio una ensoñadora enseñanza de lo que, a su parecer, era el mejor de los mundos proletarios. López Mateos, por su parte, inflamó nuestros corazones de un hondo nacionalismo, fincado en la unidad y en el esfuerzo. ¡Ah! Pero qué tal las famosas precampañas que acabamos de padecer. Poco hay que decir de ellas porque no ofrecieron ni chocolate espeso ni decires claros y sustanciosos. Como decimos ante la insulsez de algunos supuestos oradores: todo se concretó al mucho ruido a cambio de muy pocas nueces. Todos prometieron echar la casa por la ventana y hasta un osado prometió que “este año se va el PRI” como si nomás fuera enchílame estas gordas.

Y no crean que lo digo porque tenga la certeza de que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) vaya a ganar la contienda electoral por la presidencia. Esta es apenas una batalla de una larga guerra y las batallas hay que darlas aunque no se ganen. Me refiero a que hay PRI para rato, en tanto que los otros organismos políticos ya ni se distinguen. ¿Qué fue de aquello lauros  logrados por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz en el Partido de la Revolución Democrática? Además del recuerdo ¿qué queda de los Manueles (Gómez Morín y Clouthier), de Adolfo Christlieb o de Castillo Peraza? Nadie sabe, nadie supo…

En estos tiempos de egoísmo disfrazado de pragmatismo, pocos en su partido harán suyas las palabras de Christlieb Ibarrola: “La política es una tarea responsable para servir con limpieza y desinterés al hombre”.