CiudadLocal

Carlos Peña Ramos: De los palmares a los pinares

Padre Carlos Peña Ramos, un soldado de Dios en Puerto Vallarta.

.

  •  Activo, ligado a la comunidad, amigo de la gente y ahora dedica tiempo a asesorar a padres de familia con “niños endemoniados”.

.

Por Diego Arrazola

.

Desde donde se le vea, don Carlos es un personaje sui-generis, con “una vida muy rara, pero muy bonita”, como dice él. Nacido en Mascota en 1939, ha pasado la mayor parte de su existencia en Puerto Vallarta: cambió los pinares serranos por los palmares de la costa.

Sus primeros estudios los realizó en Tepic, de donde se marchó, al igual que decenas de jóvenes mexicanos, al seminario de Montezuma, Nuevo México, a proseguir la carrera sacerdotal. Fue una etapa enriquecedora, que lo marcó para siempre. Uno de sus maestros más recordados fue el jesuita Efraín González Morfín, cuyas enseñanzas le sirvieron para la vida y quien le inculcó el “espíritu de lucha”. Además de aprender teología, filosofía, latín… Peña Ramos era un consumado deportista.

Al terminar la carrera, sus superiores le asignaron Puerto Vallarta. A mediados de los años 60, la vida en el pueblo de 12 mil habitantes no era fácil. Los curas que venían duraban poco tiempo. “Nadie aguantaba el calor, el hambre, las caminatas, andar en caballo, en Jeep o en lancha de remos… Había que cubrir desde Boca de Tomatlán hasta Lo de Marcos”, recuerda don Carlos.

Para colmo, faltaban lugares dónde hospedarse. El Padre Peña no tuvo problema ya que en Vallarta vivían muchos pobladores originarios de la sierra, de Mascota, de San Sebastián y Talpa: “Ya tenía comunidad aquí; llegué paradito”. No tardó en hallar alojamiento en casa de una de sus maestras de Mascota.

La construcción de la parroquia de Nuestra Señora del Refugio, en la colonia 5 de diciembre, justo donde estaba el panteón municipal, fue uno de sus mayores desafíos. Ubicado en ese entonces en el límite norte de la ciudad, el cementerio debió ser reubicado ante el crecimiento de la población. El predio se fraccionó en tres partes: una sería para el Centro de Salud, otra para crear el parque Hidalgo y la restante para la nueva iglesia cuyo responsable sería el don Carlos.

Uno de los factores del éxito para la construcción de un templo es crear una base social, forjar lazos de cohesión social que le sirvan de basamento. “La comunidad hace todo”, explica. Además de los cimientos y ladrillos, la obra requiere de un conjunto de personas unidas en torno del proyecto. Esto lo logró mediante pláticas, formación, con catecismo, en contacto estrecho con la gente…

.

PICAR PIEDRA; CHARRERÍA, PESCA…

La obra requirió de mucho trabajo voluntario: el Padre Peña iba los sábados al local de la CROM en busca de trabajadores dispuestos a apoyar; él mismo empujaba la carretilla trasladando materiales o “picando piedra por aquí y por allá”, según explica el auto nombrado Primer Albañil de la construcción. La participación decidida de los feligreses permitió acabar con éxito la empresa. El 1 de mayo de 1975 se erigió la parroquia, que llegaba a abarcar el vecino “pueblito” de El Pitillal.

Criado en el campo, a los cinco años ya ayudaba en algunas labores de la casa y desde chico gustaba de montar a caballo. Su papá era el encargado de llevar el correo en la ruta Mascota-San Sebastián-Mascota. No tuvo nada de extraño que ya mayor de edad, en Vallarta, se uniera a la primera asociación de charros, en la que participaba regularmente. En “ambientes pesados”, como el charro, a veces le invitaban una copa de licor hasta que pintó su raya y decidió no aceptar una sola. Eso le evitó problemas futuros.

En un principio, el padrecito serrano era ajeno a los trajines de la vida en la costa. La pesca era algo extraño. Sus obligaciones de sacerdote requerían que fuera cada mes a Mismaloya a celebrar misa. No había carretera para llegar al poblado, por lo que el traslado era en canoa de remos. Desde la playa de Los Muertos tomaba tres horas arribar al caserío. Años después llegarían las lanchas de motor a facilitar la vida de todos. Para este ser sociable y deportista no fue difícil relacionarse con aficionados a la pesca y aprender de ellos el uso de cañas, anzuelos, carnadas… Resultó buen alumno. En alguna ocasión obtuvo el campeonato internacional de pez vela, en otra ocasión, el segundo.

“La pesca es hermosa. Se ejercita la paciencia, debes tener los ojos abiertos, estar al tiro. Hay que persistir, seguirle, porque el triunfo llega. Así es la vida, que está llena de muchas lecciones, y siempre hay que agarrar el lado bueno”, comenta.

Lleno de energía, el Padre Peña es un apasionado de la actividad física. En el seminario de Nuevo México descubrió un deporte nuevo, el béisbol. Habituado al futbol, en Estados Unidos se apasionó por el rey de los deportes. Un compañero le enseñó a jugarlo, salió bueno y por ello lo invitaron a ser seleccionado de Filosofía y más tarde del colegio. En Vallarta el deporte le ayudó a ganarse el cariño y confianza de mucha gente: jugaba futbol con jóvenes; también fundó una escuela de karate, donde era instructor de los niños más chicos… En broma, dice que su actividad deportiva lo volvió “más popular que la Adelita” en una ciudad aún pequeña, donde todos se conocían y saludaban.

Así ha sido siempre. Empezar de la nada hasta que domina una materia, deporte o habilidad. Cualquier cosa que uno aprende “sirve para la vida”, reflexiona don Carlos.

.

“NIÑOS ENDEMONIADOS”

Ya retirado, ahora ocupa una pequeña oficina anexa a la parroquia que creó, justo frente al parque Hidalgo. Habitación pequeña, austera, tiene libros e imágenes religiosas, como un rostro de Cristo, al que señala a menudo durante la conversación, refiriéndose a él con respeto, con devoción; por ahí anda también una foto en blanco y negro, ampliada, del joven mascotense en sus años en Montezuma.

Activo, ligado a la comunidad, amigo de la gente, ahora dedica tiempo a asesorar a padres de familia con “niños endemoniados”, es decir, pequeños con trastornos sicológicos resultado de la exposición a internet, juegos, redes sociales… “Se llenan de imágenes en el subconsciente. Afectan su capacidad de aprendizaje, no pueden dormir, se vuelven agresivos”. La terapia consiste en hablar con los papás, “curarlos” a ellos más que a los hijos, pues los desatienden. “Los niños necesitan ser acompañados, queridos. ¿Cuáles demonios, si son unos angelitos?”, bromea.

A lo largo de la semana, el sacerdote se da tiempo también para visitar a una hermana que vive en Mascota, atender el conflicto legal del colegio Niños Héroes, de Puerto Vallarta, derivado de la terminación del convenio de comodato, hasta ayudar en la iglesia. De hablar pausado, memorioso, cuenta que no tiene muchos amigos, si se concede el valor real al término: “Tengo pocos y algunos ya hasta se fueron…” En su vida ha conocido a gente de todas clases y orígenes, campesinos, pescadores, hasta a “algunos violentos”, profesionistas, empresarios y, por supuesto, su grey, los feligreses…. Ya no puede montar a caballo ni pescar, tampoco juega futbol y por ello dice que está más allá del bien y del mal.

En su escritorio tiene Vallarta Opina, que revisa por las mañanas. Amante del estudio de la filosofía, lee sobre espiritualidad, religión, humanismo, o lo que le cae en las manos. Aunque no toca bien la guitarra, le gusta rasgar el instrumento y sacarle notas, para ejercitar las manos y dedos y como distracción. Escucha todo tipo de música, desde banda hasta ópera.

Reflexivo, comparte que ahora se encuentra “aprendiendo sus últimas lecciones de vida. Yo fui y ya no soy. Dejar de ser es empezar a morir”, añade con serenidad, sin amargura.

Alguna vez, en primaria le pidieron escribir una carta sobre sus metas en la vida. En esos momentos, se veía a sí ante dos caminos: con un cristo en la mano o una pistola calibre 45 mm (en Mascota, tenían de vecino a un general, muy cercano a la gente). No le costó mucho encontrar una salida a su conflicto. En unas charlas vocacionales en la iglesia, alguien los invitaba a unirse a la “milicia espiritual”, así que no chistó en optar por el sacerdocio, recuerda y señala a su cuadro de Jesucristo: “Ese señor decidió que me uniera a la milicia sacerdotal”.

La charla se ha alargado. Alguien viene del templo y reclama su presencia para algún asunto. El Padre Peña, ser único y entrañable, se despide con amabilidad y se encamina a la Parroquia a seguir ayudando a los demás, a seguir haciendo comunidad.