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Enrique Tron: Una vida con mucha altura

Enrique Tron Berenguer, un empresario de altos vuelos.

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  • En su plan de vuelo vital estaba ser piloto, pero nunca imaginó que vendría a Puerto Vallarta para manejar una sólida empresa de servicios aéreos.

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Por Diego Arrazola

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A veces uno no se elige dónde vivir. Más bien, es resultado de una serie de circunstancias más allá de nuestro control. El destino nos sorprende.

Ese puede ser el caso del capitalino Enrique Tron Berenguer, en cuyo plan de vuelo vital estaba ser piloto, sin imaginar que en algún momento vendría a dar a la Bahía de Banderas a manejar una sólida empresa de servicios aéreos sin dejar se subirse a los aviones, su pasión.

Al acabar prepa, tomó un año sabático en Estados Unidos. Haciendo toda clase de trabajos, cerca de Nueva York, aprendió inglés y pudo ahorrar. De regreso al país, se inscribió en una escuela de aviación. Deseaba ser piloto privado; las prácticas de vuelo se debían realizar en lugares como Puerto Vallarta. A bordo de su VW se vino manejando desde la ciudad de México. El chilango de 19 años de edad llegó, se instaló y a lo que vino: hacer horas de vuelo. Todas las mañanas abordaba un pequeño avión para surcar los cielos de Punta de Mita, las montañas vecinas, Cabo Corrientes, etcétera. Al llegar a las 40 horas, junto con otros compañeros, Tron estuvo preparado para regresar volando a la capital. La ruta fue Guadalajara, León, Querétaro, de noche y por instrumentos.

Hijo de un ingeniero civil y un ama de casa, su único antecedente familiar en la aviación era un tío abuelo francés que fue piloto en la Segunda Guerra Mundial. Tron no estaba satisfecho con su escuela ni con ser piloto privado. Quería más: equipos grandes, volar sin restricciones de horarios ni clima… Subió de nuevo a su Vocho 1967 rumbo a Houston, donde su papá conocía a alguien. A fin de costear sus estudios se empleó en que pudo: ayudante de soldador, carpintero y, lo mejor, empleado en una tienda de refacciones de avión, donde llegó a vendedor de partes. Poco más de tres años estuvo en Texas. A las 40 horas que tenía de vuelo sumó otras 210 y en equipos un poco más grandes. Cansado de viajes cortos, consiguió prestado un avión de mayor autonomía, para llegar hasta Nueva York, en tiempos en que usaban mapas de papel, se batallaba para tener la ruta correcta, debían evitar zonas restringidas y usar las frecuencias de radio correctas.

REGRESO A LA BASE

En 1980, de vuelta en México, Tron estaba listo para emprender otros vuelos. Consiguió empleo en el hangar privado más importante y grande la ciudad de México en ese entonces, Aviones BC, del Banco de Comercio. Su labor no era propiamente pilotear, pero era muy necesaria: recopilar y mantener actualizada la información de los más importantes aeropuertos y rutas aéreas del mundo, en tiempos en que se almacenaba en gruesos manuales, en papel. Su jefe era el capitán Sergio Maza Padilla, quien había dado ya seis vueltas al mundo en los aviones del banco y gozaba de la confianza del propietario del banco, Manuel Espinoza Yglesias. Maza sería su maestro, su líder, y con el tiempo, su suegro.

Al independizarse el capitán Maza, Tron lo siguió a su nueva empresa: Aviación Ejecutiva Mexicana, que empezó con un bimotor. Maza era el piloto y Tron el segundo de a bordo. En alguna negociación, la empresa del padre de Enrique se había hecho de un par de aviones. Con uno de ellos, un Cessna 310, darían servicio de taxi aéreo. Era 1984 y les fue bien. Uno de sus clientes fue el grupo Lanzagorta, al que vendieron un par de aviones que Maza y Tron iban a operar y a los que darían mantenimiento y servicio. La empresa comenzó a crecer mucho, ya tenía talleres, la demanda creció… Sin embargo, inconformes con las nuevas condiciones del grupo Lanzagorta, y su estilo de trabajo, salieron. Por cierto, la compañía aún existe, como Avemex, y opera en Toluca.

Enfrente del hangar de AEM había una pequeña línea de aerotaxis. Contaba con apenas dos aeronaves y estaba en venta pues el dueño no podía administrarla. Solo fue cosa de cruzar la calle y hacer una oferta, que les aceptaron. A partir de ese momento Enrique y Sergio Maza serían socios en Aviorrenta. El comienzo no fue sencillo. Debieron enfrentar turbulencia: la crisis financiera de 1984 a 1986. Trabajaron con entusiasmo y pasión para remontar, por así decirlo, el vuelo a mejores cielos. Pudieron, por cierto, conseguir un mejor hangar mejor ubicado.

Dada la gran presencia de grandes empresas en la ciudad de México, tenían ante sí un gran mercado al alcance la mano. Uno de sus numerosos clientes fue Operadora de Bolsa (OBSA), presidida por Eduardo Legorreta, a la que rentaron –y luego vendieron– una aeronave. A fines de los años 80, la aviación ejecutiva debió abandonar la terminal aérea de la ciudad de México para mudarse a Toluca. En ese momento, Sergio Maza se jubiló y Tron, para entonces casado con María Fernanda, su hija, vendió AEM.

DESTINO: PUERTO VALLARTA

El papá de Eduardo Legorreta y el abuelo de Tron eran amigos y por otra parte OBSA había sido buen cliente de AEM. De modo que inició una relación de amistad entre ambos, además de que el financiero es un apasionado de los barcos, los autos deportivos y los aviones. En sus constantes charlas, ambos habían planeado crear una aerolínea. Se llamaría Eldorado, la sede iba a ser Puerto Vallarta, donde Legorreta ya tenía casa y negocios. Contaban con un terreno y financiamiento, tenían ubicados a los aviones que iban a comprar, unos DC3. Los permisos y la concesión en el aeropuerto estaban listos.

El plan consistía en crear una aerolínea regional que atendiera el Pacífico, un “espejo” de la escalera náutica que a fines de los años 80 un grupo de empresarios (Sidek, entre ellos) planeaba implementar en la costa, desde California hasta costas de Guerrero.

Antiguo habitante de Vallarta, cuando estudiante, Tron se había convencido de dejar la ciudad de México y venirse a la costa jalisciense. Se mudó a Nuevo Vallarta y se trajo a su esposa y el primogénito, Henri, de apenas un año de edad. Con el tiempo, llegarían tres varones más a la familia.

Tras analizar a fondo el mercado, vieron que no habría demanda suficiente, el pasaje iba a ser escaso. Hubo que cambiar la ruta de vuelo. Empezaron una nueva aventura: Aerotron, que ofrecía servicios de taxi aéreo y ambulancia con un jet Sabreliner.

La nueva empresa comenzó a operar con cinco personas, incluyendo a María Fernanda, la esposa de Enrique. Ocupaban un diminuto espacio en el edificio de Aviación General del aeropuerto. Obvio, el piloto en jefe era Enrique.

Por esas fechas, Punta de Mita empezó a recibir turismo de altos vuelos. Con la apertura de hoteles de lujo como el Four Seasons, llegaban viajeros en sus propios aviones. Por así decirlo, Aerotron halló su Eldorado satisfaciendo las necesidades de los propietarios de los jets que aterrizaban en el aeropuerto Díaz Ordaz. La empresa de Legorreta y Tron contaba con la posibilidad de apoyar en temas de servicios como combustible, entre otros.

Aerotron es el primer FBO (Fixed Base Operations) de México. O sea, un proveedor de servicios integrales para aviación ejecutiva. Rentan aviones, dan servicio de aerotaxi, surten combustible, dan mantenimiento, reciben vuelos cuyos pasajeros cumplen trámites de Migración y Aduana en la terminal de Aerotron. Por cierto, fue reconocido como el mejor aeropuerto privado del país. Hace siete años se expandieron a Guadalajara, destino frecuente desde Puerto Vallarta.

Un hito importante fue cuando se incorporó un tercer miembro a la tripulación: Guillermo Stein, ex integrante de OBSA y apasionado de los aviones. Él se ocupa de las finanzas, Tron de la operación día a día y Legorreta de la visión estratégica. Enrique sigue volando: al menos una vez por semana va a Guadalajara a llevar o traer pasajeros.

CUIDAR EL DESTINO

Legorreta y Tron comparten la preocupación de cuidar con el destino Vallarta-Bahía de Banderas para que le vaya bien a la sociedad, a todos.

Por “azares del destino” Enrique se involucró en la representación vecinal. Un amigo le pidió tomar el timón de la Asociación de Colonos de Nuevo Vallarta, pues vivía un mal momento, enfrentada con mucha gente. Andaba volando bajo, por así decirlo. Tron le entró al reto, formó equipo y cambiaron los estatutos, además de inyectar nueva vida a la asociación al hacerla más incluyente.

De ahí vino la Asociación de Empresarios de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas, que presidió de 2009 a 2015. Tuvo una intensa agenda de trabajo con autoridades federales, estatales y de la localidad, con una meta: crear una comunidad conurbada. “El río Ameca no nos separa, nos une y la Bahía es una sola”, argumenta.

En su gestión firmaron acuerdos y convenios con las autoridades para beneficio de toda la Bahía de Banderas, sobre todo tras la crisis financiera mundial que afectó el flujo de visitantes. Fue cuando se creó la marca Riviera Nayarit y realizaron esfuerzos conjuntos para recuperar vuelos y viajeros. “Todos estábamos en el mismo barco, había que empujar en una sola dirección”, dice. Ese barco comprendía destino, empresas, colaboradores y las propias familias.