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Lalo Moreno: Una vida intensa en los años dorados

Eduardo Moreno, impulsor de más de 30 empresas en Vallarta.

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  •  La apertura de la exclusiva discoteca City Dump marcó toda una época en Puerto Vallarta.

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Por Diego Arrazola

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A sus 73 años, aún, trabajando, en buen estado de salud, Eduardo –Lalo— Moreno puede ufanarse de “una vida intensa”, con altas y bajas, pero él jura que la ha pasado “increíble”. Este chilango naturalizado pata salada cuenta con una historia rica y movida. Su trayectoria personal y de negocios bien amerita una biografía de esas que deben escribirse y, sobre todo, devorarse.

Hombre pleno y tranquilo, ahora se dedica a los bienes raíces. Luego de atender algún trámite notarial, llega retrasado a la cita. Se disculpa y en cosa de nada arranca una conversación amena y cálida. Por más de una hora hila sobre su vida y andares en Puerto Vallarta, charla llena de anécdotas y memorias, algunas realmente fascinantes, que ilustran el ocaso y caídas, fracasos, de un ser feliz y satisfecho, pese a todo.

Contador público y auditor por el ITAM, tuvo una vida cómoda y desahogada hasta que su padre abandonó a la familia, cuando contaba con 13 años de edad. De inmediato, él y sus dos hermanos se las ingeniaron para sobrevivir y ayudar a su madre. En algún momento Eduardo la hizo de auxiliar de contador y también trabajando en la entonces única tienda-escuela de buceo de la ciudad de México, Aqua Mundo; luego fue buzo de Pemex, los fines de semana, en una plataforma en Tuxpan, Veracruz. A base de esfuerzo, pudo costearse la carrera y ayudar en casa.

En 1968 se recibió y le entregó su título profesional a su señora madre, para avisarle que, oh sorpresa, se vendría a vivir a Puerto Vallarta. Resulta que un amigo suyo, arquitecto, que trabajaba en la obra de cimentación de lo que sería el hotel Camino Real, lo invitó a venir unos días a esta costa. Amante del mar, no pudo resistir la curiosidad. Lalo vino, aunque no le gustó el pueblito: pocos servicios, terracería, sembradíos, todo muy rascuache, rememora. No hubo amor a primera vista.

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TRAVESÍA DECISIVA

Decepcionado del paraíso prometido, sin mucho que hacer, Moreno pensaba en despedirse y marcharse a un lugar más atractivo como Acapulco, donde gustaba vacacionar desde chico. En lo que hallaba vuelo de regreso, hubo que matar tiempo. Así, tomó El Zorro, embarcación de madera que hacía viajes de servicios al sur de la bahía. Esa travesía fue determinante en su vida. La brisa, el mar, las playas escondidas, las montañas, la tranquilidad… todo conspiró al grado que tomó una importante decisión: se vendría a vivir al paraíso ya recuperado.

Mientras esperaba el día de su partida, empezó a explorar el sitio. Vio que en Los Muertos rentaban tanques de buceo, que debían enviar diario a Tepic a cargar de aire. No había otro negocio similar en Vallarta, de modo que la suerte estaba echada. Pondría una tienda-escuela de buceo.

Se vino de la capital en su VW, trayendo consigo una lancha rápida, un paracaídas y seis tanques de oxígeno para iniciar Buzos de Vallarta, establecimiento ubicado en el Malecón, donde no había comercios, excepto bodegas de granos en lo que en ese entonces era el punto de llegada de barcos cargueros. Justo ahí, frente al negocio, donde ahora se encuentra el Señor Frog’s, anclaba Moreno su embarcación.

Puerto Vallarta era una liberación, un escape, para el joven capitalino. Enamorado del mar, aquí podría hacer lo que más le gustaba y de paso relacionarse. Un día, a inicios de los años 70, recibió visitantes. Llegaron en una lancha Zodiac y buscaban a un conocedor de las aguas de la bahía para una filmación. Los llevó a la zona de las islas Marietas, donde los esperaba un barco muy particular, el célebre Calypso, del investigador francés Jacques-Yves Cousteau. Atónito, Eduardo no podía creer que iba a colaborar con el afamado oceanógrafo en una exploración científica. “Lo conocí y nos hicimos cuates”, evoca orgulloso.

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REY DE LA NOCHE

A decir de expertos en la vida nocturna local, Lalo fue el “Rey del Reventón en las décadas de los 70 y 80”. Un conocedor de la sociedad vallartense, refiere que “tiene 50 mil historias que contar” de las noches gloriosas de su The City Dump.

Gracias al buceo pudo conocer a muchos turistas, algunos de desahogada situación económica. Roger Smith, quien le había rentado su lancha, le preguntó en una ocasión sobre qué negocio podía abrirse en la entonces pequeña población. Sin pensarlo demasiado, la respuesta fue: una disco, algo totalmente desconocido para el norteamericano de Colorado. Moreno había tenido contacto en Acapulco con el mundo de los antros en su juventud y le interesaba emprender algo similar en Puerto Vallarta.

Smith y Eduardo se asociaron para crear la primera discotheque de Puerto Vallarta. Dado que habría incompatibilidad de horarios con su nueva actividad, Lalo se desprendió de Buzos de Vallarta y la vendió al técnico de Aqua Mundo, en la ciudad de México. El negocio se llama ahora Chico y sigue operando en el mismo sitio.

Al ser algo nuevo, hubo que sortear algunos detalles nimios. Como el registro de un giro desconocido ante las autoridades municipales. La licencia de operación fue expedida a un “centro turístico con música grabada”; de igual forma, hubo que negociar con el sindicato del ramo que le reclamaba derechos laborales pues no iba a tener músicos tocando en vivo. “Me eché unos tiros con ellos, pero acabamos negociando una cuota y la llevé tranquilo”, comenta.

EL ÉPICO “BASURERO” DE VALLARTA

En 1972 inició operaciones uno de los antros legendarios en la vida nocturna pata salada, que en español tendría el poco atractivo nombre de El basurero municipal. Durante la construcción del local de la avenida Vallarta, Smith y Moreno organizaron una fiesta para buscarle nombre. Armados de plumas y papelitos, los invitados sugirieron una y mil opciones. Ninguna convenció. Alguien exclamó: “So many names for a dump…!”. Así nació pues su curiosa denominación.

Ya se sabe, quien pega primero pega dos veces.  El antro estaba destinado a tener mucho éxito. La política de exclusividad ayudó a hacer más tentadora la idea de ir al City Dump. Moreno acepta: “Era yo muy mamón para dejar entrar a la gente. Nada de tenis, ni de shorts, de preferencia rubias…”. Es que ya se sabe que a muchos les gusta ir a lugares donde no cualquiera puede pasar, aunque los traten mal para acceder al sitio en cuestión. Es de sobra conocida la vieja aspiración a codearse con la gente bonita, aunque en el Dump hubiera que sortear la mirada escrutadora de Panchito, quien decidía quién entraba o no a ese paraíso nocturno.

Por supuesto, llegaban ricos, famosos y bellas. Señoras elegantísimas, rubias, hermosas… acudían al antro de la Zona Romántica. Todos querían entrar al pequeño local apestoso a cigarro, donde Moreno tenía su propia mesa, desde la que dominaba y controlaba la escena. Entre la concurrencia selecta estaba La Madame, es decir, Elizabeth Taylor, cuyos ayudantes exigían no se le molestase con fotos o petición de autógrafos. La clientela era advertida de sus peticiones y las respetaba.

De entre los acompañantes de la actriz, se puede contar a Ava Gardner o Jean Paul Belmondo. Otras celebridades que iban a la disco eran Peter O’Toole (“un clientazo”), George Hamilton (“se hizo novio de Liz Taylor”), por supuesto, Richard Burton, pareja de la actriz, así como una familia de actores de Hollywood que un día se pusieron una borrachera y armaron escándalo, al grado que Moreno los echó del lugar.

Champagne sí, cerveza, no.

El City Dump abrió a diario, para recibir a su selecta clientela nacional y extranjera. Tenía apenas 22 mesas, el cupo era de 150 personas, si bien había cola para entrar y en ocasiones tumultos. Se servían en promedio 40 botellas de burbujeante Dom Perignon a los sedientos y pudientes que frecuentaban el sitio. Nunca se vendió vulgar cerveza en el refinado bebedero.

Dada su política de exclusividad, en una ocasión Moreno fue advertido por algunos clientes que el cantautor Bob Dylan llevaba media hora afuera esperando entrar. Al legendario músico estadounidense y sus amigos les habían negado el acceso “por hippies”, además de que no llevaban zapatos.  Ni tardo ni perezoso, Mr. Moreno fue a la puerta por él, tras disculparse. El buen manejo de crisis, su carisma, permitieron que el ahora premio Nobel de Literatura regresase varias veces.

Un verdadero escándalo fue el protagonizado por la francesa Maria Schneider. Recién obtenido su premio Oscar por El último tango en París, en las mieles de la gloria, llegó un día en estado inconveniente y desarreglada. Como era de esperarse, se le negó al acceso. Hizo gran alboroto y se expresó en términos poco comedidos de los mexicanos. La actriz recibió un portazo de parte del propietario del lugar. Tiempo después en una entrevista para la revista Playboy, la Schneider habló pestes del establecimiento, al que llamó “tugurio”. Como resultado de la publicidad, la clientela de la disco aumentó considerablemente.

Moreno manejó el City Dump por 15 años. Tuvo mujeres, hizo amigos, algunos del momento y otros para siempre, se codeó con celebridades, era muy popular y admirado. Emprendedor y aventado, fue socio de otro lugar de renombre del Vallarta del ayer, Carlos O´Brian’s. Tuvo una pequeña parte accionaria y ayudó a su apertura en octubre de 1971 y a posicionarlo. “No chambeé ahí”, acota. Sin embargo, tuvo una participación relevante en la expansión de la cadena Anderson’s en México y el extranjero, a la que apoyó en la apertura de varios restaurantes.

HUELLAS EN LA CIUDAD

El ex buzo, ex lanchero, ex antrero ha tenido una destacada actividad en el mundo de los negocios gastronómicos y bares de Puerto Vallarta. En su haber se cuentan más de 30 establecimientos abiertos por él a lo largo de la población. Acude a su memoria y va enumerando de norte a sur los negocios que fundó luego del afamado antro que tanta fama le dio: restaurantes, bares, comercios…

Uno de sus mayores fracasos fue Plaza Malecón, a la que él bautizó como Plaza Maleficio. Para abrirla se endeudó considerablemente hasta que la severa devaluación del peso en 1982 puso fin a su hasta entonces carrera emprendedora. Vendió todo lo que tenía para tratar de pagar una deuda que subía a diario. No pocas enseñanzas ganó a cambio, como la de que “no es rico el que tiene mucho, sino el que menos necesita”.

Amigo de todo mundo, sin importar clase social u ocupación, divorciado, padre de dos mujeres y ahora abuelo, Lalo Moreno sabe que ha tenido una vida única y “envidiable”. A sus 73 años de edad se mantiene activo buceando o navegando en velero o en la práctica de tenis. Vive al día, pero no se queja: “Tuve la gran fortuna de elegir dónde vivir”.

Sin amarguras, con algo de nostalgia, extraña un poco su vida de antrero y restaurantero. Es que le gusta “la convivencia con la gente, que ha sido muy bonita; ahí aprendo mucho, hago amigos.”. Con filosofía, sabe que la vida le ha dado vuelcos y sacudidas, a él que nació rico, se hizo pobre, volvió a ganar y luego regresó a pobre, según refiere.

Para concluir, pues se tiene que ir a una comida de amigos, con cierto retraso, reflexiona: “Nadie te da nada en la vida. Tienes que trabajar mucho. He sido totalmente independiente. He tenido tragedias y me han pasado muchas aventuras, pero todo se me resbala, no me mortifico por nada”.