Aventuras de un pintorGente PV

Los Cachondos

Por Federico León de la Vega

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Ella notó la presencia de él desde la primera vez que se apareció en misa. Se sentó dos bancas atrás. Aunque no podía verlo, pudo sentir su mirada recorriendo su pelo, su cuello, y las cosquillas que le provocó detrás de los oídos. A la hora que se paró para recibir la comunión, también pudo sentirla recorrer toda su espalda. Ella acababa de cumplir 14 años y él podría tener unos 17, si acaso.

A partir de esa ocasión se volvió costumbre aquello de sentir su mirada. De los 111 domingos que siguieron al primero, solo dos no pudo verle: uno, aquél en que ella acompañó a su padre en un viaje a Guadalajara y otro, cuando tuvo que permanecer en casa al cuidado de su mamá, que sufría una pulmonía. Sin embargo, a través de alguna amiga se enteró que ahí había estado su admirador, en la banca de siempre.

Al principio ambos se sonrojaban cuando sus miradas alcanzaban a cruzarse. Ella se ponía muy nerviosa, juntaba sus manos y las sentía sudar. Él desviaba los ojos mirando al techo, como apreciando la arquitectura o tal vez buscando el favor de algún santo. Con el tiempo el nerviosismo inicial dio paso a una suave y agradable confianza que mutuamente expresaron a través del idioma de sus miradas. Éstas fueron tornándose más largas y dulces, acompañadas de discretas sonrisas. En los pueblos de la sierra de Jalisco es fácil caer en la crítica y los chismes. Son muy católicos. Había sido muy difícil que la relación entre los chicos avanzara; ambos temían que sus sentimientos fuesen descubiertos.

Un día llegó la alta tecnología a instalar una torre: por fin el pueblo tendría señal para teléfono celular…y eso cambió todo. No tardó cada quien en conseguir un modelo barato, pero con perfecta capacidad para el “texteo”. Alguna amiga le hizo llegar a él el número de ella, y con dígitos que temblaban debido a los fuertes latidos del corazón, se estableció la primera comunicación. Secreta, desde luego, pero muy precisa.

Quedaron de verse junto al río, una tarde de esas en que el calor que precede a las lluvias hace caer al pueblo en un sopor que lleva a sus habitantes a la siesta. Hubo el primer beso, siguieron las caricias y muy pronto el incendio de las pasiones. Todas las sospechas que las miradas furtivas habían ido sembrando fueron confirmadas sin titubeos. La comunicación fue ininterrumpida desde entonces. Hubo oportunidad expedita de hacer planes, promesas y preparativos. Aquello iba en serio.

De pronto él desapareció del pueblo. No se le vio más en misa. Como no se trataba de algún notable, pasó casi desapercibido. Ella mantuvo la calma, aunque por dentro sintiera alguna inquietud y lo extrañara insoportablemente. Pasaron cuatro semanas ¡un mes sin verlo! Ah, pero el celular cubre enormes distancias y reafirma las relaciones.

Este miércoles de ceniza, con la excusa perfecta de acudir al templo, salió ella a encontrarlo en la parte trasera del patio, con una incontenible ilusión de verla y además con empleo en una industria lejana. Con el perro del pueblo como único testigo, a un lado de la torres y a la sombra de la cruz, intercambiaron juramentos y emprendieron el vuelo juntos.

Nunca supe sus nombres, era gente común, de pueblo. Sólo conozco el del perro: “Casino” se llama, porque casi-no come.  En el pueblo, a pesar de la alarma inicial, no hubo gran sorpresa, sino más bien mucha envidia de la buena.

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