Aventuras de un pintorGente PV

Hallar Otras Posibilidades (fin)

Por Federico León de la Vega

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Este artículo es continuación del anterior, en el que me extendí demasiado relatando cómo una descompostura de la luz de mi motocicleta me había llevado a buscar hospedaje una noche en Sherwood Forest.

Cuando me preparaba para dormir en una cochera de la mansión, me sorprendió en dueño y, después de cuestionarme me invitó a dormir en una de las lujosas habitaciones. Esto ocurrió después de las olimpíadas de la CDMX, y aquellos tiempos eran diferentes. La gente era más confiada y lo mexicanos teníamos fama de pacíficos y amistosos. Paseé entre los invitados, todos vestidos de blanco y negro; yo iba todo de negro, pero sucio de lluvia y lodo de la carretera.

Una vez dentro de la lujosa habitación y viendo la gran tina, me tomé un buen baño, me puse unos jeans y un suéter cuello de tortuga negro. Mientras bajada las amplias escaleras de piedra, la orquesta comenzó a tocar “Cielito Lindo”. Esto me llenó de emoción, pues me sentí bienvenido como mexicano.  Esa noche bailé todas, con todas, aunque era yo el más joven de los comensales. También comí opíparamente y bebí muy buen vino. Al final, cuando se fueron todos los invitados, ayudé a levantar y luego, muy muy cansado, dormí sobre una espléndida cama.

A la mañana siguiente me costó un trabajo bárbaro despertar. Habían sido muchos días en la carretera, quedándome en hostales y pasando gran parte del día a horcajadas sobre mi ruidoso vehículo. El frío de las mañanas inglesas me tullía las manos y la quijada; mis dientes castañeaban hasta que el sol calentaba. Cantaba para no congelarme. Pero esa mañana no desperté sino hasta las diez, cuando la señora M tocó a mi puerta. Abrí la puerta en pijama (nunca duermo sin ella) y me ofreció una charola con huevos fritos, pan tostado, jugo de naranja y humeante café; fue la primera vez que probé tomates fritos y mermelada de pera con menta. La misma señora de la casa me pidió que al terminar le acompañara. Pensé que se le ofrecía algún servicio, pero no. Sólo quería ofrecerme un paseo.

Luego de mostrarme los falsos muros de la ancestral mansión, entre los cuales había estrechos espacios para esconderse y celebrar la misa católica en tiempos de persecución (la mansión fue construida en época del rey Enrique VIII) fuimos en su auto a conocer el pueblo y los alrededores.

Conocí, entre otras cosas, el árbol donde presumen que se escondía Robin Hood, dentro de un enorme tronco hueco en lo profundo del bosque de Sherwood. Al final, después de una afectuosa despedida por parte de la Sra. M y su esposo, me obsequiaron de modo que después parecería increíble. Me contaron que unas semanas antes en mi misma habitación se había quedado un grupo de roqueros de creciente popularidad, así que tal vez querría yo llevarme una foto autografiada:  me regalaron nada menos que ¡una foto de los Beatles!

En fin, que lo que comenzó como un molesto percance de carretera con dificultades de hospedaje, concluyó de modo fantástico. Es por eso que décadas después, cuando recuerdo esta aventura pienso que en verdad no nos perdemos, solo hallamos otras posibilidades.

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