Un hombre llamado “Diablo”

Por Dr. en la ley Miguel Ángel Rodríguez Herrera

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Era un hombre grave y resuelto, de andar majestuoso y de un mirar quimérico. En su infancia provocaba severas riñas y gustaba de enfrentarse con aquellos de mayor edad y desmedida fuerza.

Pasó largos años en muchas y distintas penitenciarías, acusado siempre por el mismo delito: homicidio en riña. Tenía sus manos bañadas en sangre humana.

Una buena mañana decidió su destino y partió como mercenario en una guerra tribal en algún lugar de África.

Ahí se distinguió por la violencia asombrosa que usaba en los más terribles combates cuerpo a cuerpo.

Así, la suerte lo protegió y prosiguiendo en decenas de guerras adquiriendo cada vez más poder letal. Le fascinaba la sangre, ver caer a los cuerpos desmembrados, matar de la manera más dolorosa, oír los temidos alaridos de aquellos que caían en sus manos.

Matar, matar y más matar cada vez con mayor frenesí se convirtió en una obsesión. Amaba hasta el extremo, el dolor, el odio y a la muerte.

En una marcha triunfal en algún sitio del Senegal entró como el mismo espanto de la muerte, atrás de él desfilaban enormes cancerberos que arrastraban con cadenas a mil humanas cabezas de los que habían sido sus enemigos y en amplios camiones cargueros cinco mil cuerpos mutilados dejando al pasar arroyos de sangre pestilente y grandes nubes de moscas que  se disputaban los despojos  de los guerreros. Las fanfarrias y tambores sonaban con estrépito.

La multitud, arrobada y entusiasmada gritaban feroces su infame apodo bien ganado: ¡Diablo, Diablo, Diablo…! Mientras a su paso todos se arrodillaban enloquecidos por el envilecido espectáculo.

Repentinamente detuvo su carro y de su boca babeante y espumosa de sangre brotaron como truenos guturales palabras que dijeron: odio al perdón, amo la muerte y al odio sin final.

Sus ojos se encendieron de un rojo vivo y su extraviada mirada escrutó a la arrodillada multitud y dirigiéndose a ella les vociferó: y odio también a los cobardes.

Acto seguido les ordenó a sus guerreros, ¡matadlos a todos! Y, ¿por qué no? ¡TAMBIÈN MATADME A MÍ!

Diablo vivió y murió bajo el embrujo de sus quimeras: el odio, la muerte y el no perdón.

Tú también sigue, fiel, a tus propias quimeras, pero no te aconsejo que sean las de Diablo.