El rugido de la selva

Por María José Zorrilla

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Regresé de un viaje por Chiapas que me cambió por completo la impresión sobre ese bello estado del Sureste mexicano.  No conocía esa región y la ocasión no pudo ser mejor al viajar acompañada por 7 amigas desde el TEC.  Héctor nuestro guía, se encargó de organizar la travesía con esmero de manera que pudiéramos recorrer lo más posible dentro del apretado itinerario.  Pasamos ciudades, valles, lagos, ruinas, montes y selva.  En todo el recorrido me sorprendió la gran vocación turística de sus habitantes y las habilidades comerciales mejores a las que nunca antes me había enfrentado.  Con astucia y mucha seguridad, los chiapanecos se encargan de que uno adquiera sus productos porque están convencidos de la calidad y unicidad de los mismos.   A pesar de contar con altos índices de pobreza, el estado que me tocó apreciar, dista mucho de parecer sumido en una  pobreza perenne imposible de superar.  El chiapaneco parece estar dispuesto a enfrentar las adversidades que les han impuesto años de atraso y de explotación, porque cuentan con grandes recursos naturales que están aprendiendo a defender a capa y espada.  De Tuxtla hasta Palenque pasamos por pequeños poblados donde sobresalían casas de material a media construcción y muchas otras más allá de la obra negra.  Después de visitar San Cristobal, San Juan Chamula, El Velo de Novia, el lago Pojoj y una finca maderera nos internarnos en plena Selva Lacandona para pasar una noche en el Canto de la Selva, un hotel con todas las comodidades, totalmente ecológico y autosustentable, operado por indígenas.  Por la madrugada a eso de las 4 am nos levantamos asustadas por una especie de rugido, que pensamos era un jaguar en celo rondando por los alrededores del hotel.  Paty mi compañera  y yo supusimos que o se trataba de un felino o de una bomba de agua del hotel.   De tratarse de un felino, la situación habría sido más peligrosa, pues  las terrazas orientadas hacia la selva no disponían de puertas salvo unos mosquiteros para evitar el ingreso de insectos y alimañas.   Los decibeles de aquel canto selvático inidentificado iba “in crecendo” con el paso de los minutos, que después se transformaría en horas.  Hasta que aparecieron los primeros rayos de sol, pudimos estar más tranquilas porque los rugidos parecían desvanecerse en la lejanía.  Ya bañadas y listas para adentrarnos en las aguas del río Lacantún para ver la flora y selva del lugar, acudir a un mariposario y apreciar diversas especies hasta los espectaculares morphos  y ver si teníamos la suerte de encontrar algunas guacamayas, David, el gerente del hotel y nieto del indígena que se propuso rescatar y preservar ese pequeño espacio de la Lacandona, nos dijo que se trataba de saraguatos.

Una especie de mono de los más grandes del continente de aproximadamente 60 cms, que tienen la capacidad de aullar como ningún otro en el sureste Mexicano.  Es endémico de Guatemala, Belice, Yucatán y de las selvas de los estados de Tabasco y Chiapas.  Su aullido que no es rugido, es la manera en que delimitan su territorio. Ojalá los mexicanos aprendiéramos a  defender nuestros   derechos como el de la seguridad, la salud y la educación,  con la fuerza y vitalidad de nuestro mono aullador.  Ojalá tuviéramos la capacidad de realizar proezas como el esfuerzo titánico que han emprendido estos indígenas por sacar adelante este gran proyecto ecológico y social de puertas abiertas, en medio de la selva y sin cero apoyo gubernamental.  La experiencia valió la pena.  El aprendizaje también. En Chiapas la vocación hacia el turismo es enorme y el aprecio por la naturaleza empieza a ser ejemplar, después de haber aprendido que la erosión y la deforestación les causaron más problemas que beneficios.  Lástima que el aprendizaje ha tomado más de 500 años y la Lacandona no es ahora ni siquiera el 30% de lo que fue anteriormente.