Aguas con perder el objetivo

Por María José Zorrilla

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En vísperas del segundo debate, escribo mi columna esperando que en esta oportunidad los candidatos hayan podido explicar los “cómo” de sus propuestas y no se hayan perdido en el camino tratando de minimizar al otro.  Fácilmente se pierde el objetivo cuando lo que se busca no es resolver, sino denostar.  Hay que tener eso muy claro.  A fin de cuentas el enemigo no es López Obrador, tampoco los son Meade, Anaya, o el Bronco.  El enemigo a combatir son los problemas que vivimos los mexicanos de corrupción, impunidad y falta de oportunidades.  Tras del telón, se impone una triste realidad: la incapacidad que hemos tenido para construir un proyecto transparente, honesto, viable y funcional en el que nos sumemos todos.  Que abarque los más diversos segmentos de la población y las más diversas corrientes ideológicas, como en sus inicios fue el PNR. Los beneficios de esa unificación post revolucionaria, derivaron muy buenos dividendos en las décadas posteriores a la dolorosa guerra intestina que asoló al país a principios del siglo XX.    Los tiempos han cambiado radicalmente, las circunstancias también, pero el sentido de unidad debiera prevalecer.  La guerra no es contra los candidatos y allí creo los presidenciables se han empantanado inútilmente.   En resumidas cuentas, todos los candidatos, parecen tener buenas intenciones para sacar adelante al país.  Podrán unos gustarnos más que otros, o el día de la votación decidirnos por lo que consideramos el menos peor, pero a mí me encantaría ver un proyecto similar a lo que propone Enrique Olivares Flores de un México unido.  Un país con un gobierno de Representación Proporcional.

El catedrático de ciencias políticas de la UNAM, le ha dedicado muchos años de estudio a su propuesta, la ha llevado al salón de clases para generar nuevas dinámicas, pues argumenta que hoy día, no hay verdaderas propuestas.

“Cada quien viene y avienta un rollo y al final no hay deliberación, acuerdos, ni resultados producto del diálogo.   La culpa es lo obsoleto del método para abordar los problemas.  La sociedad, argumenta Olivares está dispersa, cada quien pide lo que necesita y no hay una demanda colectiva por el bienestar común.  Unos quieren agua, otros piden diversidad sexual, otros derechos humanos y es así como se acentúa la dispersión.  Tiene que haber un reclamo unido por las demandas fundamentales para ejercer presión hasta conseguir respuesta a esas demandas.  Su idea es que si todos los candidatos buscan el bien común, entonces deberían unirse”.  “Si se logra la voluntad y renunciación, esto implicaría que las posiciones del gobierno se distribuyeran de manera proporcional a las votaciones”.   Esa sería una de las grandes virtudes, por que gane quien gane, va a compartir el poder, en el caso específico de la administración pública: secretarías, subsecretarias, oficialías mayores, direcciones. Pero quiero que quede claro que esto no es un reparto ni un acuerdo en lo oscurito porque todo se tendría que hacer frente a la opinión pública, frente a los medios de comunicación”.

Suena utópico, pero no sería descabellado acceder a otras formas de gobierno.  A instancias antes impensadas e innovadoras, que sumen, que debatan, que logren obtener las mejores opciones para un país que le ha llegado tarde el siglo XXI.  México está roto, no necesitamos que los candidatos hagan un rompecabezas aún mayor de nuestra geografía ya muy erosionada por las ambiciones de unos, las malas decisiones de otros y la complicidad de una sociedad que hoy más que nunca requiere unidad y solución.   Aguas con perder el camino.  El objetivo es México.