El síndrome del eterno retorno

De reversa, ni para agarrar aviada…
Expresión coloquial mexicana.

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Por Octavio Urquídez

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Estoy a punto de romper una promesa personal. Como muchos de mis compatriotas, estoy harto de las campañas políticas, tan llenas de nada y carentes de todo. Me había hecho el propósito de ya no escribir sobre el actual proceso electoral, por muchas razones, una en primer lugar: no he podido encontrarles el ángulo positivo.

Hay motivos para ello, muchos, uno sobre todos: el negativismo que las envuelve. Una actitud que los candidatos se han empeñado en cultivar con mucho éxito: se agreden, se burlan, se llenan de adjetivos hirientes. Con decirles que la única idea, si podemos llamarle idea, francamente importante aún y cuando no sea original, ha salido del llano intelecto del señor Bronco: cortarles las manos a los ladrones. Fuera de eso, no salen de sus vacuidades. Están ayunos de ideas constructivas, de dictados de esperanza, de afirmaciones alentadoras.

Sin embargo, señor Reyes Brambila, voy a escribir no sobre las campañas y los candidatos, sino sobre el sentimiento de retroceso, de vuelta al pasado que ha surgido en el ánimo de muchos electores y que, por desgracia, está normando su decisión sufragante. Eso no es una novedad. Ha ocupado los cánones históricos de muchas sociedades antiguas, modernas y contemporáneas que, de la utopía que forjaron por obra y magia de un verbo iluminado, pasaron a una dolorosa distopia, al sufrido despertar de una pesadilla.

Frente al espectáculo por demás frustrante, en ocasiones ridículamente escenificado ante miles de televidentes, Don Ángel Verdugo, excelente articulista de Excélsior, se preguntaba recientemente con no disimulada angustia: “¿Qué hay en tantos mexicanos que nos impulsa a aceptar, ciega y acríticamente, que el pasado es posible recrearlo sin dilación alguna, al simple conjuro del que juega hoy el papel de hechicero? […] ¿Qué explica pues, ante una realidad del mundo que está frente a nosotros a cada instante de nuestra vida y en toda actividad, que aceptemos sumisos —intelectualmente hablando—, que el retroceso nos devolverá ese paraíso añorado, y en él seremos felices por siempre? …”

Pregunto: ¿cómo caímos los mexicanos en el llamado “síndrome del eterno retorno? ¿De dónde brotó el temor que nos ha robado la noción de futuro, el goce de la confianza, el estímulo de la solidaridad? ¿Todavía habrá en el espíritu nacional un rinconcito para la esperanza?

A don José Ortega y Gasset se le ha otorgado la paternidad de una sentencia intimidante: “los pueblos que olvidan su historia corren el riesgo de repetirla”. Y repetir lo pasado es como lanzar una moneda al aire y apostar el futuro de la patria a águila o sol. Es suponer que la historia es circular, que va y viene mostrando siempre los mismos acasos. Es olvidar la leyenda del Ave Fénix, que surgió de sus cenizas, no la misma, sino renovada y dueña de un nuevo destino. Finalmente, es permitido aceptar que todo fin trae la semilla de un nuevo comienzo, la esperanza de un futuro mejor, el hallazgo de una tierra más próspera y feliz. Aún entre tanto absurdo, creemos en la posibilidad de no olvidar el pasado porque, a fuer de ser sinceros, debemos reconocer que en México no todo tiempo pasado fue mejor y que todavía tenemos senderos de progreso pendientes de recorrer.

¡Vaya! Después de todo, creo que romper mi promesa me está sirviendo de catarsis. Repito: sigo viendo negativismo en casi todo, y no solamente en los candidatos. Porque “miren ustedes”, como decía don Paco Malgesto: no me parece que sea muy positiva, y que le abone algo al optimismo, la decisión de Tribunal Electoral de aprobar las candidaturas senatoriales de Napito, de Miguel Ángel y posiblemente muy pronto la de la jefa de la policía comunitaria michoacana. Sin embargo, creo que los ciudadanos podemos aportar una buena dosis de positivismo, sobre todo reflexionando el voto no en función del candidato, ¡válgame el Señor! sino del destino propio y de nuestros familiares y compatriotas.

Empecemos por reconocer que pasado y presente no son dos periodos sueltos en el tiempo, sino dos etapas de un proceso vital, en donde el ahora es una etapa de transición, de construcción del futuro mediante el manejo de la experiencia y el aprendizaje que adquirimos en el ayer. Ahora, pues, es el momento de forjar el mañana que queremos.

Hay una situación digna de análisis: muchos de los nuevos votantes carecen del conocimiento cierto del pasado, de aquello que nos turbó y que hoy constituye la promesa tramposa de un paraíso futuro. Ya lo dice la conseja popular: “prometer no empobrece; cumplir es lo que aniquila…” Valoremos las promesas: sin duda se concluirá en el hecho de que nuestro voto bien merece una misa, y no la palabra vacía y engañosa que hoy nos llega a raudales y nos ensordece y turba el pensamiento.

Voy a hacer poco usual: doy la voz a los lectores, a aquellos que emiten sus opiniones unos y sus críticas otros, pero que con frecuencia nos dan la pauta y nos muestran manera de entender las cosas que se viven todos los días y que el articulista no las vive, las interpreta. Empecemos con don Juan Carlos González Chávez, un inteligente lector, que expresó de manera muy clara y convincente el tema que estamos tratando: “La disyuntiva no es lo viejo o lo nuevo sino lo malo o lo bueno. Ni todo lo nuevo está destinado necesariamente a ser bueno, ni todo lo viejo, como ustedes estarán de acuerdo tiene que ser execrable”.

Por su parte, don Rodolfo Salinas, asiduo participante en la sección de Cartas del Lector, desde la norteña ciudad de San Antonio nos ofrece una firma sugerencia para la reflexión personal: “Toda acción [que se toma] para regresar al pasado solo por nostalgia, garantiza el regreso a una vida vieja que ya no es parte de un mundo moderno… No esperemos un voto racional, ya que en una democracia tal como la aplicamos, gana la mayoría no la razón…”

Tanto el comentario del señor González como el del señor Salinas, los tomé de la sección de comentarios al artículo de don Ángel Verdugo que acredité líneas arriba.