La biblioteca es un tiempo

El poeta, el escritor, es el olmo que sí da peras.
– Octavio Paz.

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Por Adriana García (*)
direccion@bibliotecalosmangos.org

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Podríamos tener la impresión de que yendo por la avenida Francisco Villa, llegando al mil uno, veríamos una arboleda de mangos y que en ese espacio se encuentra nuestra querida biblioteca. Podríamos pensarlo hasta que entremos en ella. Al poner los pies en el edificio, el silencio, la disposición espacial de estantes, mesas, computadoras y salas, el olor inconfundible de los libros, delatan que estamos dentro de un presente infinito, lleno de nuestros ayeres, de historias, de amores y de errores, de alegorías y futuros posibles.

Entramos al tiempo de la imaginación. Escribió J. L. Borges (en su ensayo El Libro) que los inventos son extensiones del ser humano, y que así como el telescopio es una extensión de la vista, los libros son una extensión de la memoria y de la imaginación. La pérdida de estas preciadas conquistas del hombre, solo la explica la sensación de espanto con la que revivimos el incendio de la biblioteca de Alejandría, la memoria de la humanidad, o sus afamadas repeticiones, como la de Eco en El nombre de la Rosa. Tal vez lo propio del hombre no sean la razón ni la risa, sino la imaginación que les da forma y las provoca.

La biblioteca es tiempo de encuentros con almas sensibles, que exceden la infundada idea de “normalidad”, que desarrollan sus capacidades esenciales más allá de la los límites establecidos por los clasificadores de aptitudes. La biblioteca es tiempo de desafío y de inclusión, tiempo de cronopios: de dibujos fuera de margen, de poesías sin rima.

Es tiempo de ilusión que se refleja en los ojos de los niños que llegan para mezclar formas, colores y sonidos al dibujar ojos redondos y llorosos con extremidades muy largas,  aprender danzas clásicas, salsa o merengue, guitarra, lenguas o cantos… que podemos concebir como otros materiales de la literatura, que cobran forma en El Cascanueces, manga, la poesía del más conmovedor de los cantos, el más rebelde de los cuadros  o la más transformadora de las obras de teatro.

Es el tiempo de los que sospechan que la biblioteca es mucho más que un lugar, por eso prefieren leer allí sus periódicos o asistir para ver el cine que vale la pena, el de arte, el de autor, el que muestra al que está solo, al que espera, al que piensa de otra forma, al que  siente que no encaja; el cine que construye utopías y distopías, mundos más allá del universo y que no se conforma con entretener: quiere perdurar. Y después conversan, llenan de vigor la biblioteca, de fantasía porque platican sobre el mundo que tenemos, sobre el mundo que hacemos, sobre el mundo que queremos.

Necesitamos leer, expresar y compartir lo que un libro es, desde el universo en que fue escrito hasta el universo en que lo leemos. El club del libro es vida que se propaga en conversaciones ardientes y apasionadas que, inexorablemente, no se pueden acabar porque se habla alrededor de una mesa mientras detrás aguardan, en los gabinetes mágicos, encantados, los mejores espíritus de la humanidad, que se desencantan cuando una voz le da vida a las palabras: al abrir un libro estos grandes espíritus despiertan  (la metáfora es de R. W. Emerson, en Ensayos).

La biblioteca parece un lugar, o quizás lo es pero solo en un continuo inseparable del tiempo, porque entre libros, siempre es tiempo de crecer, transformar, trascender, Es tiempo de soñar, imaginar, ilusionarse, caerse y levantarse. Es tiempo de hacer y tiempo de ser.

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(*) Directora ejecutiva de la Biblioteca Los Mangos de Puerto Vallarta.