Cuando el futuro se esfuma…

Los árboles más viejos dan los frutos más dulces.
– Proverbio alemán.

.

Por Octavio Urquídez

.

El martes primero de noviembre de 1994, el presidente Carlos Salinas de Gortari rindió su último informe de gobierno. Durante la lectura del mismo, la bancada perredista, cuyo líder era Porfirio Muñoz Ledo, lo interrumpió para inconformarse sobre distintos aspectos de su gestión. Al calmarse la audiencia y concedida que le fue continuar con su lectura, Salinas de Gortari pronunció una frase que significó un rechazo al derecho ciudadano de petición: ni los veo, ni los oigo y que se interpretó en el sentido de que la opinión de la izquierda no tenía valor alguno para su gobierno.

Independientemente de lo justificado o no de la expresión, su aplicación se ha extendido a lo largo de los años: el gobierno no escucha al pueblo. Desde luego, la generalización, como siempre es inválida. Es probable que haya algunos gobernantes, como casi la mayoría de los “representantes populares”, que poca o ninguna atención pongan a los cuestionamientos sociales. Sucede. Ellos se encierran en su burbuja y se mueven según sus personales intereses, sin atender para nada las voces que llegan de afuera… si les llegan.

Pasa entonces que numerosos problemas, y los grupos ciudadanos que los padecen, son considerados invisibles y mudos: ni los ven ni los escuchan. Pasan de noche, como se dice, bajo la consigna común pero nada justificada, de que “el de atrás paga…”, cosa que nunca sucede. Ya lo dijo el presidente Fox: ¿y yo porqué…?

Uno de esos sectores invisibles y carentes de voz es el que conforman las personas de la considerada “tercera edad”, sobre las cuales se arrojan una serie impresionante de adjetivos con el fin de justificar el abandono en el que se les tiene, muchos de ellos atentatorios de sus derechos humanos básicos: salud, vida digna, laborales, no discriminación, desconocimiento de la identidad, por señalar algunos, expectativas adversas, por cierto casi siempre basadas en la ignorancia o en premisas falsas.

Durante el proceso electoral de 2018, todos los candidatos, por no dejar, se pronunciaron por ofrecer una dádiva (alguno le puso precio: $1,500 pesos mensuales) a los integrantes de la tercera edad, patentizando una ignorancia supina acerca de su realidad social y de su circunstancia vital. De haberse preocupado por este sector, se habrían percatado de que en el país ya hay más personas mayores de 60 años  que niños de cinco años. Si a esto aplicamos dos índices: el de envejecimiento de la población (38%) y la esperanza de vida (80 años para 2050), pasará que en este año (2050: ¿qué son veinte años en la vida de una nación?), uno de cada cinco mexicanos pasará de los sesenta años.

Para quienes hoy pelean por el poder político y el manejo de la vida nacional, estas cifras carecen de interés y no suscitan su preocupación. Después de todo, sus efectos no les tocarán a ellos. Cosa en la que, por supuesto, se equivocan: les corresponderá tomar las decisiones más importantes sobre el futuro del país y la atención a los adultos mayores no es la menor de ellas. Sucede que no estamos preparados para lidiar con esta situación, como no lo estuvimos hace 40 años cuando se advirtieron los problemas educativos estructurales que hoy padecen los jóvenes (y toda la sociedad mexicana con ellos) y que los orilla a la mendicidad, la delincuencia, el desempleo y la carencia de competencias educativas y laborales para enfrentar su situación. Y a pesar de ello, no falta quien anuncie a bombo y platillo que dará reversa a las reformas que el actual régimen se atrevió a implementar, a costa aún, de su propia supervivencia.

Volvamos a la tercera edad. Quizá el problema más serio que enfrenta este sector es el de la salud, precaria por razones naturales, y que de manera tan directa afecta su calidad de vida. Según información proporcionada por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística y Geografía) 14% de los mayores de 60 carecen de protección social y del 86 % restante, la inmensa mayoría carece de atención médica especializada, toda vez que en el país se cuenta con solamente 600 especialistas certificados, según cifras proporcionadas por el Consejo Mexicano de Geriatría. No hay indicios de que se estén tomando las medidas pertinentes para que se cubra el déficit de 2,770 geriatras que se requerirán para el 2040.

Por otra parte, tengamos en cuenta dos hechos preocupantes: Primero, el actual índice de obesidad de los mexicanos, posible precursor de numerosas enfermedades, da por resultado que México sea el país con más niños obesos del mundo. El 70% de los adultos y el 35% de los adolescentes y niños padecen sobrepeso u obesidad. Entre los adolescentes la cifra es de 35 por ciento y en los niños casi alcanza ese mismo porcentaje (a 2013). Segundo, más de un tercio de las personas mayores vive con, al menos, dos enfermedades crónicas, siendo diabetes e hipertensión las más comunes; en contrapartida, sólo el 40% de ancianos del género masculino y 30% de mujeres, gozan de buena salud.

Y aún hay más, cual decía don Raúl Velasco: en este reducido catálogo de males que aquejan a la tercera edad no hemos considerado que un tercio de esta población sufre una doble violencia: en su casa y en la calle, a más de abandono, soledad, depresión y numerosos males sicológicos, según una investigación del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP).

La tercera edad no tiene nada de  “dorada” como señalan algunos despistados. Ni tampoco es invisible: basta con darse una vuelta por las calles y los mal llamados centros de asistencia al adulto mayor. Así, pues, a los ancianos todo mundo los ve, pero nadie los mira y tampoco los escuchan… Mudos e ignorados ¡bendito sea Dios…!