De fogones y marmitasDe fogones y marmitasGente PV

La vida en rosa

  • Disfrutamos un festín gastronómico en uno de los restaurantes del pueblo donde dimos cuenta del original y genuino plato de la cocina vasca.
  • Fernando García Rossette y Nacho Cadena de Gala.

Por Héctor Pérez García

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Los nostálgicos acordes de La Vie en Rose y los carteles de Touluse-Lautrec de la maravillosa Ciudad Luz, me hicieron retroceder algunos años en el tiempo, tanto para visitar de nuevo, virtualmente, las estrechas y torcidas calles del París de siempre, sus avenidas y bulevares; como sus monumentos emblemáticos.

Tal vez jamás he caminado tanto en mi vida como lo hice en las calles de París. Tal vez jamás habré visto tanta gente aparentemente feliz como la que se pasa todo el tiempo sentada en las terrazas de los innumerables cafés.

La última vez que estuvimos en París nos hospedamos en un pequeño hotel en la calle Richelieu, <El siniestro Cardenal y Estadista francés> en plena zona elegante de la Ville Lumiere. Lo bello de visitar una ciudad se encuentra en la libertad. En sentirse libre para salir a la acera y decidir hacía dónde caminar. Nosotros teníamos un abanico para escoger: hacía el Oeste a la Academia Francesa y más allá el Louvre con sus invaluables tesoros artísticos y el gran paseo de los Campos Elíseos, al Este los alrededores de La Madeleine y las cercanías.

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La fuga fortuita y el regreso infortunado

Habíamos viajado a París para asistir a un Grand Chapitre o reunión mundial de La Chaine des Rotisseurs que se celebraba en esa ciudad. Con tiempo de sobra decidimos junto con mi esposa fugarnos a San Sebastián en el País Vasco español. Abordamos un tren de alta velocidad y emprendimos el viaje dejando nuestro equipaje encargado en el hotel Richelieu.

El verdadero propósito era conocer un pequeño pueblo cercano a la ciudad: Aguinaga. “las mejores angulas del mundo se sacan de las aguas de Aguinaga”, se sabía en el medio profesional de la gastronomía. Nuestro propósito sufrió un revés inmerecido. No era época de pesca para las angulas. De cualquier manera, disfrutamos un festín gastronómico en uno de los restaurantes del pueblo donde dimos cuenta del original y genuino plato de la cocina vasca: Merluza en salsa verde y un Centollo relleno, de antología. Todo acompañado de un fino y fresco vino blanco del terruño.

Nos habíamos hospedado en el hotel María Cristina operado entonces por Westin Hotels, una antigua mansión adaptada con todas las comodidades de la hostelería moderna donde a la mañana siguiente disfrutamos de un Smorgasbord esplendido compuesto con las mejores viandas de la cocina vasca.

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Parte del espléndido smorgasbord del hotel María Cristina

Habiendo regresado a París apenas a tiempo para la cena inaugural del evento formal de La Chaine, cual no sería la sorpresa al ver que mi smoking había desaparecido del equipaje. Sin smoking no podríamos asistir a la cena, y sin nuestra presencia se frustraba el propósito del viaje. Pero ¡oh sorpresa¡, justo frente al clásico edificio de La Madeleine un pequeño local anunciaba el servicio de un sastre italiano capaz de cortar y cocer un traje en 24 horas. Ni tordo ni perezoso acudí al local donde encargué un nuevo smoking a precio impredecible. Esa misma noche lucía en la recepción un lindo smoking de seda que aún conservo como trofeo de una batalla perdida

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Por las calles de París

Y atrás de nuestro hotel el Paláis Royal con su profusos jardines y áreas arboladas, con sus antiguos edificios y arcadas que en su conjunto proyectan nobleza y poderío, además de arte y buen gusto.

A sólo dos cuadras de nuestro hotel con acceso desde la calle Richeleiu y frente a una de las arcadas del Paláis Royal, una joya gastronómica de rancio abolengo e interesante historia: Le Grand Vefour; un restaurante famoso por servir comida de exquisita belleza, utilizando los mejores ingredientes conocidos por la humanidad.

En las cercanías de nuestros pasos, algunos de los mejores restaurantes de la ciudad; el jamás olvidado Café de la Paix frente a L´Opera donde nos gustaba tomar el aperitivo en la terraza ante el interminable escenario de la gente de París con sus mil caras y apresurado caminar. No muy lejos Fouchon, para encontrar bocados de ensueño a precios de jeque árabe; Lucas Carlton, otro restaurante con historia y tradición centenaria y decenas de pequeños cafés a donde se asiste a ver, ser visto y degustar un ajenjo con hielo.

Pero los acordes de La Vie en Rose marcados por la trompeta, me llevaron también a la dulce voz de Édith Piaf; a un sueño más cercano: La Petite France. Su típico quiosco de periódicos pintado en azul y rojo sobre la acera avisando el restaurante, su hermosa barra redonda al entrar al lugar donde degustábamos un Blanc Cassis con tostaditas de rillete de cerdo cuya esencia nos llevaba una vez más a las calles de la inmortal París.

Por las noches uno aspiraba el inconfundible aroma de los Escargots Bourguiñone, el Coq au Vin o la Cassoulet Toulousainne. Aun cuando mi plato favorito siempre fue el Ragout de veau Nicoise.  Platos todos ellos de las cocinas familiares de las provincias francesas.

Desde los muros del restaurante, las escenas de Toulouse-Lautrec; La Goulue, le Moulin Rouge y el Divan Japonais no nos quitaban la vista de encima como si fueran los guardianes de Nacho Cadena que en su ausencia me dejaba encargado de cuidar nuestra aventura culinaria.

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El autor es anlista turístico y crítico gastronómico.
Sibartia01@gmail.com
Elsybarita.blogspot.mx