En los zapatos del otro

Por María José Zorrilla

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Mientras navegaba por Facebook, ese espacio que se ha convertido en punto de encuentro,  comunicación, escape, evasión, exposición, terapia y ocio, me encontré con un video de dos bebés de escasos meses de nacidos, que mucho llamó mi atención.  Me parecieron hermanos dado que estaban en un mismo espacio, tipo cuna.  Uno lloraba desconsoladamente y el otro como pudo, tomó un chupón y con destreza se lo puso en la boca.  La acción resultó doblemente conmovedora no sólo por la inteligencia emocional mostrada a tan corta edad, sino porque el nene que parecía entender qué le pasaba al otro, carecía de antebrazos.  Desarrolló una acción totalmente coordinada entre vista, localización del objeto del deseo –el chupón, con tan sólo la parte superior de sus brazos.  Dos pequeños muñones que no le impidieron concretar su trabajo, porque él estaba concentrado en ayudar al otro.  Vaya lección que nos ofrece este bebé.   Esta acción de empatía, de percibir o interpretar lo que otra persona puede sentir, es una condición que de adultos más difícilmente logramos desarrollar.  Inmersos en un mundo cada vez más egoísta donde impera el yo, -“I” en su traducción al inglés- con el I Pad, I Phone, I Tunes,  nos hemos olvidado de nuestros sentimientos instintivos y quizás primarios, de ponernos en el lugar del otro. No sólo ponernos el zapato del otro, sino tener la capacidad de dar respuesta a esos sentimientos que precisan de ser consciente de uno mismo, observar con detenimiento a la otra persona.  No sólo se trata de entender al otro para nuestro propio beneficio, sino entenderlo en el suyo.   La empatía es parte esencial de la inteligencia emocional y el gurú moderno de esta temática, Daniel Goleman quien rompió esquemas al afirmar que la gestión positiva de las emociones era más determinante para la vida que el coeficiente intelectual, afirma que  “Las emociones descontroladas pueden hacer a personas inteligentes unas estúpidas”.    La preocupación para muchos analistas políticos hoy día, es cómo va a actuar López Obrador, el ganador de un triunfo apabullante en las pasadas elecciones, pero también protagonista de acciones que muestran cierta carencia de inteligencia emocional.  Carencia de ecuanimidad ante los problemas, como el asunto del Fideicomiso creado por Morena para los damnificados del temblor.  No se trata de vengar lo que aparentemente le ha hecho el sistema o del supuesto robo de la elección del 2006.  Su posición hoy es otra, y tampoco se trata de ponerse los zapatos de líder de Morena.  Si algún calzado habría de tener son los zapatos de una nación que grita desesperadamente querer paz, justicia y honradez.  Es imposible responder por las conductas individuales de cada persona que milita en un partido determinado.  Verbigracia el asunto de la senadora electa de Baja California, quien  pasada de copas realizó tremendo desmán.  El hecho no significa que todos los Morenistas sean iguales, pero si hay responsabilidades y maneras de controlar esas conductas.  Si algunos Morenistas incurrieron en faltas en el asunto del Fideicomiso,  López Obrador debería asumirlo y dejar que las autoridades competentes tomen cartas en el asunto.  AMLO  no puede ser solamente líder de Morena y como presidente electo tampoco puede ser juez y parte.  Juan Pardinas habla de la diferencia entre un jefe de partido y un jefe de estado, marcando la diferencia que mientras un jefe de estado mira el todo de la Nación, el dirigente partidista sólo mira por el bienestar de una fracción.  Andrés Manuel tendrá  que ponerse  enormes zapatos que abarquen los casi 2 millones de kilómetros cuadrados de nuestro territorio y ejercer como jefe de una nación.  El reto es enorme. Goleman, dice que “El liderazgo no tiene que ver con el control de los demás, sino con el arte de persuadirles para colaborar en la construcción de un objetivo común”.  Y ese no es Morena, es México.