Todos los días son días para amar

Por Nacho Cadena

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Hoy viernes 3 de agosto día de amar, de dar y recibir, de compartir. Hoy es el día de querer y ser querido; es buen día para declararse enamorado, de decir te quiero, te necesito, te extraño, me haces falta; es el día de mostrar con detalles, con pequeños detalles el acto de amar, el gusto por estar juntos, de disfrutar las cosas de la vida los dos y todos juntos.

Mañana 4 de agosto, también es buen día para expresar amor y también el 5 y todo el mes de agosto y octubre y diciembre y marzo… y toda la vida.

Amar es el sentido de vivir, amar a una mujer, al tiempo, a la lluvia, a las ilusiones, a una piedra de río a los recuerdo, a los árboles y a las flores, a los buenos momentos, al mar, a las caricias, al sol, al trabajo, a la luna, a la marea roja, a los niños, a un buen amigo.

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PARA AMARTE A TI (JAIME SABINES)

“Me quité los zapatos para andar sobre las brasas
me quité la piel para estrecharte
me quité el cuerpo para amarte
me quité el alma para ser tú”.

Era un 8 de octubre, día del amor y la amistad (quedamos que todos los días sirven para amar) escribí un librito, un cuento para niños, que después resultó para adultos, pero que creo que hoy viene al caso.

Lo transcribo hoy para que lo conozcas y sobre todo para que me sirva de inicio al tema de hoy. El cuento lo titulé…

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EL NIÑO QUE ENCONTRÓ SU SOMBRA

Y si descubres una cierta similitud entre el pueblecito de Pascual y alguno que tú conoces, no es mi culpa. El cuento dice así:

“En un rincón lejano del planeta vivía un niño llamado Pascual. Vivía en un lugar hermoso, privilegiado. Nunca hacía frío ni calor; había frente al pueblo un inmenso mar color cobalto, ambos tendidos bajo el manto del cielo azul. Había muchos pájaros, de todos tamaños, formas y colores; muchas mariposas, casi todas amarillas con puntitos negros y también había jardines con flores donde las mamás paseaban a sus hijos y se sentaban a disfrutar los bellos días y a ver a los papás sacar del mar sus redes llenas de peces plateados.

“Una cosa más tenía el pueblo de Pascual: todos los días, sin que faltara uno solo, salía por la mañana un sol brillante, alegre y aventurero. Nunca dejaba de aparecer, sin cansarse, era como un reloj asomándose tras la colina donde nacía el pueblito.

“Al salir los pescadores, se adentraban en la mar perdiéndose en el horizonte, las mariposas amarillas y las aves de colores despertaban cantando y bailando y con ellas las mamás y los niños. Pascual salía de su casa caminando hacía la orilla del mar, de oriente a poniente y junto a él, siempre al frente, al mismo tiempo, nunca antes ni después, la sombra de Pascual, su incansable compañera.

“Ambos se sentaban en la playa a observar las velas de los barcos que invitaban al viento a bailar las canciones que cantan las olas del mar. Juntos platicaban, cantaban, silbaban, brincaban, caminaban, corrían y hacían piruetas. Por la tarde, de regreso a casa, Pascual y su sombra caminaban de poniente a oriente, siempre juntos, uno adelante y el otro atrás, pero siempre juntos: el niño y su sombra.

“Pascual, aunque siempre platicaba y soñaba junto a su sombra, nunca le decía cuánto la quería, cuánto disfrutaba su compañía y el tiempo que juntos pasaban. Pascual no lo creía necesario, estaba seguro de que su sombra lo sabía.

“Un día como cualquier otro en el pueblo de Pascual, los pescadores salieron al mar por los peces plateados, las mariposas y los pájaros cantaron y Pascual salió a pasear, de oriente a poniente hacia la orilla del mar.

“Después de un rato de platicar sin escuchar respuesta, volteó hacía el suelo y descubrió que su sombra no estaba; era Pascual sólo, sin sombra, sin amigo.

“Buscó en todas direcciones, pintó su nombre en el viento, pero ella no respondía. Volteó hacia el azul cielo y descubrió una enorme y blanca nube que envolvía por completo al astro rey, el sol se había escondido y con él, su sombra.

“Pascual sintió tristeza y soledad, no estaba su amigo con quien compartía la belleza que lo rodeaba. Brincó, cantó y saltó, pero su sombra nunca apareció; y al mirar al horizonte, tampoco encontró las velas de los barcos bailando con el viento y se preguntó: “Ahora que no encuentro a mi sombra, porqué nunca le dije cuánto la quiero”.

Así, mucho más temprano que otros días, regresó a casa, caminando de poniente a oriente sin la compañía de su sombra y, sin comer, lleno de tristeza, se fue a su cama a dormir.

Al día siguiente, los pescadores salieron al mar, las mariposas y los pájaros cantaron y pascual con ellos corrió de oriente a poniente hacia la orilla del mar. Sorprendido y alegre encontró a su sombra junto a él, y entre lágrimas y risas se abrazaron. Por primera vez pascual le dijo cuánto la quería y necesitaba… y así juntos, locos de alegría, corrieron hasta llegar a la orilla del mar donde bailaron y cantaron, con las velas de los barcos, las canciones que cantan las olas del mar.

Pascual y su Sombra miraron al cielo despidiendo con una gran sonrisa a la blanca nube que tan bella lección les había dado. TÚ, ¿YA LE DIJISTE A TU SOMBRA CUÁNTO LA QUIERES?”.

Cómo se lamentaba Pascualito, el niño que por un día perdió a su sombra y al día siguiente la encontró; la encontró de a de veras, el no haberle dicho un día cualquiera de esos que bajaban a la playa, cuánto la amaba, cuánto la quería, cuánto la disfrutaba, cuánto la necesitaba. La sombra en este caso era la pareja de Pascual (una pareja no siempre tiene que ser de las que llamamos de amor) y nunca supo lo mucho que se le quería… aunque a decir verdad la sombra tampoco tomó la iniciativa.

Tú y yo tenemos más de una sombra: tu mujer, tu hermano, tu amigo, tu socio, tu empleado, tu jefe, tu alumno, tu maestro, tu padre y tu madre, tu hijo, tu hija… sombras que nos llenan de alegría, de felicidad, de ganas de seguir y de tantas cosas más. También son nuestras sombras la montaña, los ríos, el aire, los parques, la naturaleza, el agua y todas esas cosas.

Es muy común que sepamos querer, pero no lo es tanto que sepamos expresar nuestro querer. Si me caes bien, déjame decírtelo; si me gusta cómo haces tal o cual cosa, déjame decírtelo; si te quiero, si te amo, si te adoro, déjame decírtelo.

Conozco el ejemplo de un hijo que cada vez que podía tomaba al padre de la mano y le decía cuánto lo quería, cuánto apreciaba lo que había hecho por él, lo que su figura había representado en su vida… el viejo murió con la sonrisa en la boca, con una gran tranquilidad sabiendo, estando seguro que su hijo -no hay duda-, lo quiso mucho en vida.

Estos días y estos tiempos están muy necesitados de amor, de comprensión, de quereres, de simpatías. Propongo; te propongo a ti iniciar una cruzada de hablar con nuestras sombras, con aquellos que queremos y, decírselo, sincerarnos, expresarnos. Perdamos el miedo de decir te quiero, decir muchas gracias por ser así, decir qué bien me caes.

Una cruzada de sonrisas, de optimismo, de buenas vibraciones y así lograr un prójimo más feliz y una comunidad más alegre y más sana.

Pensemos en Pascual que no supo hacerlo a tiempo, tú y yo tenemos la lección y la hemos aprendido.

Hoy desde mi balcón inicio esta cruzada y desde aquí te digo a ti Irene, Lola, María José, Jorge, Pepe, Pascual, Jacobo, Martín, Ernesto, Ruperto, Leoncio, Héctor, Teodomiro, Ponciano… a todos ustedes ¡gracias por leerme!

Por hoy fue todo, muchas gracias. Hasta el próximo viernes.